La última petición

La última petición

No, no voy a volver a casa suspiraba Luis, encogiéndose de dolor. Y a Helena no la volveré a ver nunca más. Justo quería pedirle matrimonio. No me ha dado tiempo ¿Por qué a mí todo esto?

No te agobies así, anda sonrió la enfermera al ver el rostro pálido del joven recién llegado de urgencias. Ya verás como todo va bien.

Lo dudo mucho logró articular Luis.

Después, con ojos de espanto, ni pudo articular palabra mientras preparaban el quirófano.
*****

Luis siempre había detestado los hospitales.

Desde pequeño. Allí no hacía más que pasarlo mal y, peor aún, nadie se molestaba en disculparse por el sufrimiento anímico.

Pero hombre, Luisito, no llores así solía reír una enfermera mientras le sacaba sangre del dedo. Si ya eres un chico mayor, pronto entrarás al cole, ¿no te da vergüenza llorar como una niña?

Luis, entre lágrimas, pataleaba, intentaba escaparse del gabinete, pero nada funcionaba. No sentía vergüenza. Dolía y le daba rabia.

Cuando salía con su madre de la consulta, el camino de vuelta a casa consistía en la misma letanía: nunca más volvería al hospital. Jamás.

Prefiero morirme, antes de volver ahí, proclamaba, rotundo.

Hijo, ¿cómo dices esas cosas? intentaba tranquilizarle su madre. Los médicos están para que la gente no enferme y pueda vivir más. No hay que tenerles miedo.

Sí, sí, sollozaba Luis, mirando su dedo del que le habían extraído media vida. ¡Que se curen ellos entre ellos, que a mí me dejen en paz!

¿Hace falta contar cómo lo pasó cuando sus padres lo arrastraron, literalmente, a la consulta del dentista para arrancarle una muela?

Gritó tanto que se le oía hasta por la calle, aún con la ventana cerrada.

Un recuerdo para olvidar.

Por eso, ya de adulto, Luis evitaba hospitales y médicos todo lo posible.

Pero la suerte quiso que, un buen día, no le quedase otro remedio. Aquel dolor de estómago lo retorció tanto que Helena, con quien iba a cenar, acabó llamando a una ambulancia.

No, de verdad, no hace falta, que ya se pasa le rogaba Luis.

¿Te has vuelto loco? ¡Si estás fatal! Igual tienes apendicitis. Yo pasé por eso, es parecido.

Y así, contra su voluntad, Luis acabó en el Hospital General de Madrid, planta de Cirugía.

Allí ya sabéis lo que hay.

Solo de imaginar a los cirujanos escarbando en sus entrañas, el ánimo se le fue por completo. Ver cómo por el pasillo pasaban dos celadores con una camilla rumbo a la morgue tampoco ayudó.

Ya está, no vuelvo más a casa jadeaba Luis. Y Helena, ya nunca la veré. Quería proponerle matrimonio, y ni eso me han dejado

No hay que pensar tan negro sonrió una vez más la enfermera. Todo irá bien.

No lo creo

No exageres. Es una operación sencilla y has llegado a tiempo. Si hubieras tardado, podría haber complicaciones.

La operación fue como la seda. Sin sorpresas. Ni dolor, ni nada. Primera impresión positiva de un hospital en años. Inesperadísimo

La anestesia le hizo dormir en la misma mesa de quirófano y, al despertar, el susto ya había pasado. Pronto le trasladaron a planta.

Aquella noche, Luis durmió profundamente, interrumpido solo por los cambios de gotero.

Por la mañana

Al abrir los ojos, vio que en la habitación ahora había un hombre mayor.

Solo faltaba esto, otro que vendrá a contarme su vida, pensó con fastidio. Solo quería silencio, paz, estar solo.

Ni siquiera le mandó un audio a Helena.

Solo un mensaje, Estoy bien, no te preocupes. Escondió el móvil y se quedó mirando el techo, lamentando estar allí.

Vivía con Helena desde hacía más de un año, y justo anoche quería pedirle matrimonio. Había reservado mesa en el restaurante, pedido a los músicos que tocaran su canción favorita, el camarero debía traer un plato especial con el anillo.

Luis quería que todo fuese perfecto.

Pero no pudo ser. El destino, de nuevo. En vez de estar con su novia planeando la boda, ahora estaba en una cama, acompañado por un desconocido.

Para su sorpresa, aquel jubilado no era nada pesado. Le saludó y poco más. Solo mascullaba cosas para sí mismo, cuando llamaba a alguien con su móvil.

Llegó la noche, y el teléfono del anciano murió. No había traído cargador. Nadie con uno compatible en el hospital.

Al ver la pantalla negra, los ojos del anciano se llenaron de lágrimas. Ahí, a Luis le dolió el alma y se sintió culpable por haber pensado mal del hombre.

Pasados unos minutos, Luis se acercó, se sentó en el borde de la cama y preguntó si necesitaba algo.

No logro contactar con mi hijo murmuró el anciano. Me tiene bloqueado.

¿Es que no sabe que está aquí, ingresado? se sorprendió Luis.

Sí lo sabe contestó el hombre. La enfermera lo llamó cuando me ingresaron. Pero no quiere hablarme. Discutimos hace seis meses, poco antes de mi cumpleaños. Quería mandarme a una residencia, para vender la casa. Yo me negué. No por la casa, sino

Le contó cómo había entrado en el hospital por un infarto unos días antes. Los médicos lo estabilizaron, pero le dejaban claro que había que operar.

En dos días me operan, creo dijo. Pero temo que no llegaré a la operación.

¡Anda, no diga tonterías! Luis intentó animarlo. Los médicos están aquí para ayudarnos. Mira, a mí ayer me sacaron el apéndice y aquí estoy, tan pancho.

El hombre sonrió, sin entrar en el tema de la diferencia entre corazón y apéndice.

Solo me queda mi perro, Chispa dijo. Está en la calle. Le quería pedir a mi hijo que se ocupe de Chispa, si me pasa algo. O que lo lleve a una buena familia. Los vecinos no van a hacerlo, tienen bastante con lo suyo. Mi hijo podría cumplir al menos mi última petición. No le pido más: total, la casa será para él, hace años que la quiere vender. Pero no contesta. Ni siquiera cuando la enfermera llamó quiso hablar conmigo. Así es mi hijo

Vaya murmuró Luis.

Solo me preocupa Chispa. ¿Qué va a ser de él? ¿Quién lo cuidará? Está solo en la calle

Menudo personaje el abuelo, pensó Luis. A dos días de la operación y pensando en su perro.

Pero cuando el anciano le contó cómo se conocieron, Luis cambió totalmente de opinión. Porque entendió que Chispa era mucho más que una mascota para ese hombre.

Lo encontré justo el día de mi cumpleaños, hace medio año contaba el jubilado. Mi hijo no me felicitó; no tengo más familia. Mi mujer, que en paz descanse, falleció hace cinco años. Y lo curioso es que la noche antes del cumpleaños, soñé con ella. Aparecía con un perro. Me sonreía, me saludaba con la mano El perro tiraba de la correa para acercarse. Pues ese mismo día, al ir al súper, veo a un perrete atado a una valla. Llovía, hacía frío. Pregunté por los tenderos, pero nadie sabía nada. Me quedé horas allí, esperando a los dueños pero nadie apareció. Lo abandonaron.

Y se lo llevó usted, ¿no?

Sí, me lo llevé a casa. No podía dejarlo. Aunque suene a locura, siento que fue mi mujer, desde donde esté, enviándome un regalo de cumpleaños suspiró el anciano. Vio que estaba solo, peleado con mi hijo, y me dejó un amigo.

Estas cosas, a veces, pasan dijo Luis, para no desairar al hombre, aunque no creía en ello.

Y le dejó hablar. El anciano seguía:

Nos entendimos muy rápido. Estuve semanas poniendo carteles por la ciudad. Pero nadie reclamó a Chispa. Me alegro, la verdad. Es más que un perro, es parte de mi vida, el sentido de mis días.

Aquella noche, Luis no dejaba de pensar en Chispa, solo y sin dueño. Y en el hijo que ni contestaba al padre, enfermo en un hospital.

No hay derecho, pensaba Luis.

Al quedarse dormido, soñó con un perro vagabundo, muy parecido a Chispa, merodeando por la calle, buscándolo. Y él, Luis, siempre detrás de ese perro, sin saber muy bien por qué.

Despertó bruscamente; el anciano jadeaba, con la mano en el pecho, buscando aire.

¿Llamo al médico? saltó Luis.

No, espera Solo Llama a mi hijo, Javier. Por favor. El número está en ese papel en la mesilla. Dile que venga, si puede. Quiero despedirme. Y si no viene, que se ocupe al menos de Chispa. No me quedan fuerzas Pero si sé que él estará bien, me puedo ir tranquilo

Luis dudó unos segundos entre ir por el médico y llamar. A la vez, cogió el móvil, el papel con los números y, con manos temblorosas, marcó.

¿Javier? Soy el compañero de cuarto de su padre Luis volvió a mirar al anciano, cayendo que ni el nombre conservaba.

Me llamo Julián Hernández jadeó el hombre.

de Julián Hernández. Está mal y le pide que venga. O que, al menos, se ocupe del perro.

¿Pero está está muriéndose? ¿En qué hospital era? ¿El General, verdad?

Sí, planta tres, habitación 314.

Luis dictó el mismo la dirección. Colgó, fue a buscar a la enfermera de guardia y le explicó a trompicones la urgencia.

Volvió corriendo al cuarto.

¿Julián Hernández? Ya avisan al médico. Aguante, ¿vale? Es pronto para irse. Su hijo dijo que vendrá. ¿Me oye? No cierre los ojos, por favor

El corazón de Julián dejó de latir antes de que entrasen la enfermera y el médico.

Este, somnoliento, comprobó el pulso, la carótida, las pupilas, y salió murmurando algo. Al poco, entraron los celadores de antes, y en silencio se llevaron a Julián.

*****

Su padre murió en mis brazos contó Luis a Javier, cuando el hijo apareció al día siguiente.

Bueno, mejor así respondió Javier, frío. Mejor que no haya sufrido. Ni que me toque a mí cuidar de él, ni de nadie. Tengo familia, tengo trabajo Prefiero así

Su padre le pidió que se ocupe de su perro, Chispa añadió Luis.

¿El perro? Bah, el chucho ese del que no se separaba. Y por ese perro no quiso ir a la residencia. Sería mejor para él, con atención, sin líos. Pero no, cabezón hasta el final

Era la última petición de su padre le reprochó Luis. ¿Tan difícil es cumplirla, ahora que usted se queda la casa?

Javier miró a Luis de forma extraña y se marchó, cogiendo el móvil y el papel de la mesilla. Ni se despidió. Dio un portazo.

Luis se tumbó, compungido. Qué pena le daba aquel viejo. Ya setenta y tantos años, pero podría haber vivido mucho más.

El destino es raro Y Chispa ahora estaba solo.

Dudo que Javier cumpla la última voluntad de su padre, reflexionaba Luis. Venderá la casa, y Chispa, en la calle. Con suerte, algún vecino le da algo y si no

Esa noche, Luis soñó con Julián buscándolo por las calles y llamando a su perro invisible, llorando. Luis, al ver aquel dolor, también lloró en sueños, aunque ni recordaba la última vez que había llorado de verdad.

Esos sueños extraños se repitieron incluso cuando volvió a casa. Luis amanecía cada día más pensativo. Y Helena lo notó.

Luis, ¿estás bien?

Sí, nada solo pensaba.

¿En qué?

Compartí habitación con un hombre mayor, jubilado. Entró por un infarto, le iban a operar, pero no llegó. Le quedaba solo un perro.

¿No tenía más familia?

Solo un hijo, pero hace tiempo ni se ven ni se hablan. El hombre, Julián, intentó llamarle muchas veces, aquí en el hospital, y nunca le cogió. Cuando el hijo apareció, el padre ya había muerto. Le dije lo del perro, pero no me dio buena espina. Solo pensaba en la casa. Ya llamaba a una inmobiliaria para vender y preguntaba si era obligatorio esperar seis meses para heredar. Me da pena el perro, aunque ni lo he visto. Si el dueño era buena persona, seguro que el perro también

¿Y por qué no vamos? Si el perro sigue en la calle, lo adoptamos propuso Helena.

¿En serio? No te importa tener perro en casa

Claro que no. Todo lo contrario. Estaría genial tener mascota. Pasear juntos Me encanta la idea.

Sí Está bien. Pero yo no tengo la dirección, ¿cómo lo buscamos?

Seguro que en el hospital la tienen sonrió Helena. Déjamelo a mí. Solo tenemos que pasar por el súper antes y comprar una caja de bombones y un buen café.

Una caja de buen café y chocolate obraron milagros: la auxiliar de registro, que reconoció a Luis, se negaba en redondo a dar datos privados. Pero cuando Helena le dio los dulces y le explicó lo del perro, la chica echó un rápido vistazo a su alrededor, garabateó una dirección y se la puso en la mano.

Cuarenta y pocos minutos después llegaron al barrio, aparcaron y buscaron. Ni rastro del perro.

Una vecina salió a la calle.

¿Buscáis algo? Allí ya no vive nadie.

Lo sé, compartí habitación con Julián, el señor mayor. Falleció conmigo delante.

¡Qué pena! Era buenísima persona, ya no quedan muchos así. Que Dios lo tenga en su gloria El hijo ni lo ha velado; ha hecho todo con prisas y ahora quiere vender la casa.

No esperaba menos de Javier ¿Y el perro de Julián, lo ha visto estos días?

¿A Chispa? Sí. No se movió del portal. Allí al lado de la verja, esperando a que volviera. Lloró toda la noche Cada noche. Le tiraban de la verja para que se fuese, pero no se iba. Pero Javier, que dormía allí, un día lo cogió y se lo llevó. Y ya ni el hijo ha vuelto por aquí. Habrá regresado a su ciudad, con su familia.

¿Y no sabe dónde llevó al perro? ¿Sabe cómo era?

¿Chispa? Pequeñito, precioso. Mira, tengo aquí una foto en el móvil.

La mujer sacó el móvil y enseñó la foto de Chispa.

¡Es un corgi! suspiró Helena. ¡Es monísimo! ¿Y Javier?

Le pregunté. Dijo que creía tenerle adoptante. Pero para él, ni hablar. No soporta a los animales, nunca los ha soportado. Ya era así de niño Y es raro, con el padre tan buena persona Menuda pieza.

Luis y Helena agradecieron a la vecina la información y se marcharon, tristes y en silencio.

En el fondo, ambos se culpaban por haber tardado tanto. Podrían haber rescatado a Chispa. Ahora solo cabía esperar que Javier hubiera cumplido el último deseo de su padre.

De todas formas, dieron algunas vueltas por el barrio, preguntaron a vecinos, sin suerte.

Luis intentó llamar a Javier, pero los mensajes no llegaban y las llamadas eran rechazadas. Javier lo había bloqueado.

Habrá que confiar en que esté bien dijo Helena, dándole la mano. Sabía que era poco probable, pero era mejor no perder la esperanza.

Entonces, el destino volvió a intervenir.

Encontraron un atasco y Helena decidió desviarse por una carretera secundaria.

Al poco, Helena aflojó la marcha, y señaló una cuneta, donde un perro, idéntico al de la foto, estaba sentado, cabizbajo.

Luis, ¿no será Chispa?

Se parece Vamos a comprobarlo.

Aparcaron, bajaron y se acercaron con cautela.

¡Chispa! llamó Luis, intentando sonar animado. ¡Chispa!

El perro, que les daba la espalda, giró la cabeza, sorprendido.

¡Es él! exclamó Luis, mirando a Helena. Dio un paso adelante. No te asustes, Chispa. Conozco a Julián, él pidió que te cuidáramos. ¿Te vienes a casa con nosotros?

Luis se agachó. Chispa lo observó receloso, olisqueó De pronto, se quedó paralizado y olió las manos de Luis.

Era el olor de Julián: aún quedaba algo, aunque solo fuesen restos en la ropa.

Chispa movió el rabo, se acercó y apoyó la cabeza en la pierna de Luis. Y mientras Luis le acariciaba, el perrete le miraba con ojillos brillantes.

Y a Helena se le escaparon también las lágrimas, viendo a su chico y a Chispa, que ya se pegaba como si fuera su dueño de toda la vida.

Al poco, los tres estaban en el coche, rumbo a casa. Felices, sonrientes.

Luis y Helena se alegraban de haber tomado ese desvío, haber buscado a Chispa y, ahora, poder darle una familia.

Y Chispa Simplemente estaba feliz. Habían aparecido personas que no lo abandonarían nunca, gente buena de verdad.

*****

Mira que poner de excusa lo del perro dijo Luis, ya en casa. De haberlo dejado, seguía en la calle.

No pienses más en Javier. Lo importante es que Chispa está aquí. Su padre, donde esté, seguro que ahora descansa en paz sabiendo que está en buenas manos. Y a Javier, la vida le dará lo que merece. Siembra lo que recoges.

Tienes razón asintió Luis mirando a Chispa, dormido sobre el sofá, patitas moviéndose como si soñara. ¿A quién estará soñando? Seguro que a Julián.

Dale recuerdos a Julián de nuestra parte, pensó Luis, y muy sigilosamente fue por el cajón donde escondía la cajita con el anillo.

Esa misma noche, por fin, le pidió a Helena que se casase con él.

No fue en el restaurante, no hubo músicos, ni platos con anillo. Pero entendió que las ocasiones especiales hay que crearlas, aquí y ahora.

Y Helena, por supuesto, aceptó sin dudarlo.

Así terminó su historiaAquella noche, mientras afuera caía la lluvia suave sobre las ventanas, Luis, Helena y Chispa dormían juntos por primera vez. Como si el destino hubiera juntado las piezas de un rompecabezas invisible, llenando de luz los huecos que dejaban el dolor y la soledad.

Y cuando Luis ya estaba entre la vigilia y el sueño, sintió que algo cálido y sereno recorría la casa. Era como una presencia de gratitud, de alivio; el eco de una promesa cumplida que viajaba entre los sueños de un joven, el descanso de un viejo corazón y el ronquido apacible de un perrito en su nuevo hogar.

Al fondo, en su sueño más profundo, Luis vio a Julián. Sonreía, tranquilo, sentado en un banco soleado junto a una mujer de pelo canoso y un cachorro que correteaba a su alrededor. Julián levantaba la mano y le saludaba en silencio, agradecido. Y entonces Luis supo con certeza que, a veces, lo importante no es el final que uno imagina, sino el que elige construir, aun cuando la vida obliga a improvisar.

Chispa, acomodado entre ellos, suspiró profundamente, como si también se rindiera al milagroso consuelo de sentirse, al fin, en casa.

Así, entre promesas cumplidas y corazones que aprenden a sanar, la última petición de Julián quedó grabada para siempre: la certeza de que aún existen segundas oportunidades, y que, cuando menos lo esperamos, un pequeño perro perdido puede guiarnos de regreso al amor.

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