No estoy
¿Otra vez has comprado esa porquería? Genaro dejó la bolsa sobre la mesa con tal fuerza que dentro sonó algo de cristal. Te lo dije: nada de “Velours”. Caro y absurdo.
Nieves Segura estaba de pie junto a la ventana, mirando al patio. Allí, la niña de los vecinos, de unos siete años, espantaba a las palomas, que alzaban el vuelo en nube agitada, desperdigándose antes de volver a reunirse en el asfalto como si nada hubiera pasado. Nieves las observaba y pensaba que ya no recordaba la última vez que había comprado algo para sí misma. Sólo porque le apetecía, sin más.
Es una crema de manos, Genaro. Trece euros con veinte.
Trece con veinte, trece con veinte ¿Se te ha olvidado sumar o qué?
Ella no contestó. Se giró, recogió la bolsa, sacó el tarro pequeño con tapa dorada y lo dejó en el alféizar junto a su maceta de geranios. Los geranios no florecían desde hacía meses. Nieves siempre pensaba que tenía que averiguar por qué, pero nunca encontraba el momento.
Nieves, te hablo.
Te oigo, Genaro.
Ella entró en la cocina, abrió el frigorífico y empezó a pensar en la cena. Detrás escuchaba los pasos pesados y tranquilos de su marido, y luego el portazo del despacho. Suspiró.
Tenía cincuenta y ocho años. Vivía en Valladolid, en un piso de tres habitaciones en la calle Victoria, casada con Genaro Pérez de Ayala treinta años. Tienen un hijo ya mayor, Antonio, que vive en Barcelona y llama los domingos, aunque a veces se le pasa. Tienen un pequeño terreno a cuarenta kilómetros, un Seat que sólo conduce Genaro, y ella trabaja en la biblioteca municipal, donde lleva diecinueve años de jefa de sala.
Había tenido vida. Nadie le quitaba eso.
Sacó la pechuga de pollo, la puso sobre la tabla y cogió el cuchillo. La niña ya no estaba fuera, las palomas habían desaparecido y el patio se veía gris, vacío, la hierba del año pasado brotando entre grietas del cemento.
Nieves se dio cuenta de que estaba parada, cuchillo en mano, sin cortar nada.
Dejó el cuchillo, fue hacia la ventana, abrió el tarro de crema. Olía discreto, con una nota floral. Se la untó en el dorso, y su piel absorbió rápido el producto, dejando la extraña sensación de que alguien le había cogido la mano sólo para tranquilizarla.
Cerró el tarro y se puso a cortar el pollo.
Aquella noche no tuvo nada especial. Genaro cenó en silencio, vio las noticias y se fue a dormir. Nieves se quedó en la cocina con una taza de té frío, hojeando una revista vieja de jardinería. No leía, simplemente estaba allí.
A la mañana siguiente llegó a la biblioteca y encontró a Lidia Casanova llorando, apartada tras la estantería de prensa.
Lidia, ¿qué pasa?
Lidia Casanova, tres años mayor que Nieves, lleva en la biblioteca desde siempre y se conoce el lugar al dedillo. Nunca la había visto llorar.
Bah, nada, nada Lidia agitó la mano y cogió un pañuelo. Perdona, es personal.
Si quieres, cuéntamelo.
No vale la pena se sonó la nariz y guardó el pañuelo. Ayer hablé con mi hija. Me soltó que soy una anticuada. Literalmente. Anticuada.
¿Anticuada cómo?
Tal cual. Le di un consejo sobre cómo hablar con su marido, a mi manera, y me dice: “Mamá, tus ideas son del siglo pasado. No entiendes cómo vive la gente ahora”. Lidia enderezó una pila de revistas. Igual tiene razón.
No la tiene dijo Nieves.
¿Y tú cómo lo sabes?
Nieves no supo qué responder. Se quedaron las dos allí, en ese silencio que olía a papel y madera envejecida, y cada una volvió a lo suyo.
A la hora del almuerzo, Nieves salió a la calle. Abril era fresco pero luminoso. Caminó hasta la plaza, se sentó en un banco y cerró los ojos. El sol atravesaba los párpados en anaranjado. Pensaba en Lidia, en su hija, en esa palabra: anticuada.
Luego pensó en sí misma.
Se llamaba Nieves Segura Pérez. Nació en Valladolid en 1966. Licenciada en filología hispánica por la Universidad de Valladolid. Se casó tarde para su época, a los veintinueve. Genaro era ingeniero, serio, parecía de fiar. Al año nació Antonio. Nieves cogió la baja, luego pasó a media jornada, luego llevó a su madre a casa hasta que falleció, y después volvió a trabajar. Todo se fue tejiendo sin ruido, sin demasiados sobresaltos.
Y en esa vida ordenada, algo quedó atrás, algo que ya no sabía nombrar pero sabía que había existido. Y que hacía tiempo que no estaba.
Abrió los ojos. Justo enfrente florecía un ciruelo, con flores blancas tan frágiles que casi dolía mirarlas. Nieves recordó que hacía, tal vez, treinta años que no dibujaba. En la universidad pintaba a pastel, para sí misma. Luego, el tiempo desapareció, luego la timidez, luego el olvido.
Sacó el móvil y llamó a Antonio. Su hijo respondió al tercer tono, se notaba ocupado.
Hola, mamá, ¿todo bien?
Sí, sí, sólo quería saludarte.
Mira, estoy a punto de entrar en una reunión, ¿te llamo luego?
Claro. Llámame.
No llamó. Lo normal.
Nieves volvió a la biblioteca, trabajó hasta las seis, compró pan al volver, y caminó por la misma ruta que sabía ya de memoria, tras diecinueve años, cada loseta y cada esquina.
A casa llegó Genaro antes que ella. Estaba leyendo en el ordenador. Ella se descalzó y fue a la cocina.
¿Quieres cenar?
Más tarde.
Ella puso agua, encontró restos de sopa en la nevera. Calentando, miró el tarro de crema todavía en el alféizar. Era pequeño y bonito. Pensó que Genaro tenía razón. Trece euros con veinte. ¿Por qué lo había comprado?
Luego recordó el olor y lo dejó donde estaba.
Pasaron dos semanas igual que siempre. Hasta que, un martes, apareció Sol en la biblioteca.
Nieves la reconoció enseguida. Una mujer de unos cuarenta y cinco, abrigo color granate, pelo corto y postura erguida. Fue al mostrador y se presentó: quería hacerse socia y buscar libros de psicología y, si había, algo sobre acuarela.
¿Acuarela? repitió Nieves.
Sí. Pintaba algo de niña y me gustaría retomarlo.
Nieves le hizo el carné, le indicó la sección. Sol paseaba entre los estantes con soltura, hojeando, escogiendo, devolviendo libros. Nieves no la perdía de vista, y notaba en ella una especie de calma autosuficiente; daba la impresión de bastarse consigo misma.
Media hora más tarde, Sol apareció con dos libros y preguntó:
¿Lees tú alguno de estos?
Hizo un gesto hacia los de psicología.
De vez en cuando.
¿Llevas mucho aquí?
Diecinueve años.
Sol la miró con atención; no para juzgarla, sino como quien escucha de verdad.
Eso es toda una vida.
Sí.
¿Te gusta?
Nieves tardó en responder. Era una pregunta sencilla con una respuesta nada sencilla.
Me gustan los libros. Me gustan las personas. El lugar es habitual.
Habitual repitió Sol, probando la palabra. Entiendo.
Se fue con los libros.
La siguiente semana volvió. Devolvió uno y pidió otro de acuarela. Nieves le enseñó un catálogo fino de reproducciones, ella lo aceptó y, de pronto, preguntó:
¿No querrías probarlo tú?
¿El qué?
Pintar. Yo voy a un taller los sábados, somos un grupo pequeño. Es muy básico. Anímate.
Nieves estuvo a punto de decir que no. Pero en vez de eso preguntó:
¿Dónde es?
Sol le escribió la dirección: Espacio de Arte “Luz Blanca”, calle de la Platería, sábado, once de la mañana.
Esa tarde, Nieves miraba la nota una y otra vez: la guardó en el delantal, luego la dejó junto al tarro de crema. Genaro no preguntó qué era. En realidad, hacía tiempo que sólo le preguntaba cosas relativas al dinero o a la casa.
El viernes por la noche, durante la cena, Nieves mencionó:
Mañana por la mañana voy a un taller de pintura.
Genaro alzó la vista del plato.
¿Dónde?
En la Platería. Me invita una compañera.
¿Qué compañera?
Una usuaria nueva de la biblioteca.
Genaro pensó un poco, masticó su comida y dejó el tenedor.
¿Y cuánto cuesta?
No he preguntado.
Ya cogió pan. Bueno, si no tienes nada mejor que hacer…
Nieves le miró. Él ya no la miraba a ella. Pensó que llevaba oyendo frases así casi treinta años. ¿Otra vez? ¿Para qué? ¿Cuánto cuesta? ¿Si no tienes nada mejor?
Vale dijo. Iré.
Se levantó el sábado a las ocho, se lavó la cara, se puso un jersey gris y pantalones azul marino. Se miró en el espejo, dedicándose tiempo por primera vez en mucho. Su rostro no era joven, pero no le desagradaba. Los ojos, grises y despiertos. El pelo, ya con canas, pero abundante. Se lo arregló distinta. Volvió a ponerse un poco de crema en las manos y el cuello.
Salió pronto, sin prisas.
El “Luz Blanca” estaba en el segundo piso de una antigua casa de comerciantes, reformada por dentro: paredes blancas, suelos de madera, ventanales grandes. Subió la escalera y entró.
Sol ya estaba allí, junto a otras cuatro mujeres de varias edades y un hombre de unos cincuenta, robusto y de camisa a cuadros. Todas sentadas en torno a una mesa larga, con vasos de agua y papeles delante.
¡Nieves! Sol saludó efusiva. ¡Qué alegría que hayas venido!
Nieves se sentó junto a ella. La monitora se llamaba Zoe, explicó que hoy pintarían una rama de lilas. Nieves cogió el pincel y le tembló un poco la mano, no por nervios, sino por pura falta de costumbre.
No busquéis que salga bonito dijo Zoe. Pensad en el agua y el color. Nada más.
Nieves trazó la primera línea. El violeta se esparcía sobre el papel mojado, mezclándose con azul. Después otra, y otra. Miraba cómo la acuarela seguía su propia lógica, apartándose de la idea, y aquello le pareció fascinante. Cerca, Sol pintaba concentrada; el hombre, en cambio, fruncía el ceño y dibujaba con pincel diminuto, insatisfecho.
Una hora después, Nieves miró su papel. No se parecía mucho a una rama de lilas. Era algo difuso, morado y azul, pero había vida allí. Algo hecho por ella misma.
Está muy bonito le aseguró la señora mayor de enfrente, que se llamaba Carmen.
No lo creo dijo Nieves.
Pues yo sí. En tu pintura hay ánimo.
Nieves se lo quedó mirando. Tal vez. Tal vez, sí.
Tras el taller, Sol la invitó a un café cerca. Se sentaron al lado de la ventana y Sol preguntó sin rodeos:
¿Te ha gustado?
Sí. Mucho más de lo esperado.
Lo sabía respondió Sol, sosteniendo la taza con las dos manos. A veces te queda una mirada como si vieras algo, pero no te atrevieras a mirarlo de frente.
Nieves no supo qué contestar de inmediato. Luego preguntó:
¿Llevas mucho en Valladolid?
Tres años. Vine de Sevilla tras el divorcio.
Entiendo.
Nada grave dijo Sol sin patetismo. Al principio cuesta, luego fue mejor, ahora incluso interesante.
¿Interesante?
Vivir sola. Descubres mucho que no sabías de ti. Sonríe, cálida. ¿Llevas mucho casada?
Treinta años.
¿Contenta?
Nieves removió el café, aunque no hacía falta.
Depende.
Sol asintió y no preguntó más. Eso también lo agradeció Nieves.
Llegó a casa casi a las dos. Genaro veía fútbol, sin hacer preguntas. Ella calentó sopa, comió sola, y sacó su hoja con la pintura de lila deshecha que le había regalado Zoe. La apoyó junto a la maceta de geranios.
Los geranios parecían un poco más vivos. En un tallo asomaba un brote rojo. No se había dado cuenta antes.
Volvió al taller el sábado siguiente. Y al otro. Sol asistía cada vez, y pronto empezaron a charlar tras la clase, primero media hora, luego más. Nieves le contaba historias de la biblioteca, lectores, sus libros favoritos. Sol hablaba de su trabajo como contable en una inmobiliaria pequeña, de su hija y de Sevilla, donde vivía la niña con el padre y estudiaba inglés.
Una tarde, Nieves preguntó:
¿No te sientes sola aquí?
A veces. Pero es otra soledad, no la de antes.
¿Qué tipo de soledad?
Sol reflexionó.
Antes estaba acompañada y sola a la vez. Es la peor que hay. Ahora, estoy sola pero no me siento sola. ¿Me entiendes?
Nieves entendía. No lo dijo, pero dentro algo había cambiado, despacio, como hielos que se rompen en el río.
En mayo, la biblioteca anunció un concurso. El Ayuntamiento organizaba unas jornadas culturales; necesitaban actividades para los vecinos. La directora reunió al personal.
Se aceptan ideas. ¿Alguna propuesta?
Silencio. Nieves callaba, pero ya sentía bullir algo dentro.
Podemos hacer un recital literario sugirió Lidia. Leer, comentamos…
Eso lo hacemos todos los años. Busquemos otra cosa.
¿Por qué no algo sobre mujeres? propuso Nieves.
La miraron.
¿Mujeres… cómo? preguntó la directora.
Mujeres reales, sus trayectorias. Invitamos a vecinas de todas las edades, que cuenten sus historias, cambios, vivencias. Sin solemnidad. Y, si alguna hace manualidades o arte, lo exponemos también.
Hubo unos segundos de sorpresa.
Es poco habitual dijo la directora.
Pero sería vivo.
¿Quién se encarga?
Yo Nieves se sorprendió a sí misma.
La directora la observó un instante.
Vale, Nieves Segura. Adelante.
Nieves, emocionada, llamó a Sol nada más salir. Rieron juntas y Sol propuso incluir a Carmen, la señora del taller, que hacía figuras de cerámica. Carmen aceptó enseguida.
Nieves montó el programa en las noches, cuando Genaro se iba al despacho. Se sentaba en la cocina con su cuaderno, tachaba, reescribía. Sentía algo nuevo, la sensación de crear, no de sostener o asistir.
Una noche, Genaro la vio escribiendo.
¿Qué haces?
Cosa del trabajo. Preparando la actividad.
¿Otra vez cosas de la biblioteca?
Otra vez.
Se sirvió agua y se detuvo.
Últimamente siempre tienes algo.
¿Eso es malo?
Encogió los hombros.
Hoy la cena estaba fría.
Lo siento. Calentaré el próximo día.
Se fue. Nieves le miró. Había hablado de la cena fría, no de lo animada que parecía ella últimamente, ni lo interesante. Una cena fría.
Volvió a su cuaderno.
La actividad sería en junio, tercer sábado. Había reclutado a cuatro mujeres: Sol y Carmen, Natalia, maestra retirada que escribía poemas en secreto, y Zoe, la monitora de acuarela. Puso carteles, envió notas. Temía que nadie acudiera, pero el día fijado hubo más de treinta personas, casi todas mujeres, de distintas generaciones.
Nieves presentó la velada con unas frases sencillas: estábamos allí para escucharnos. Dio paso a Carmen, que habló de la soledad tras la jubilación, de su descubrimiento de la arcilla (“Me di cuenta de que tenía manos”) y el público se rió cariñosamente. Sol relató su mudanza y el miedo a lo desconocido. “Descubrí que no temía lo nuevo, sino lo de siempre”, dijo. Nieves grabó la frase.
Natalia leyó dos poemas; al principio la voz le temblaba, luego se templó, y una señora aplaudió rompiendo el hielo.
Al acabar, Nieves y Lidia recogían sillas y tazas de té.
Ha salido bien dijo Lidia. Lo digo en serio.
Ha salido mejor de lo esperado.
No me sorprende. Tú sabes manejar grupos. Siempre has puesto a los demás delante, ahora te pones a ti. Diecinueve años trabajando juntas, puedo decirlo.
Nieves colgó un pañuelo olvidado. Pensó que Lidia tenía razón, aunque era bonito y doloroso a la vez. ¿Por qué era la primera vez en tanto tiempo?
En casa, Genaro dormía. Ella se desvistió, bebió agua en la cocina. En el alféizar se alineaban los geranios, el tarro de crema y la lila pintada. Los geranios lucían cuatro flores rojas.
Nieves se echó crema, despacio. Miró la planta y pensó en Sol: No temía lo nuevo, temía lo diario”.
Por la mañana, Genaro preguntó:
¿Qué tal fue?
Bien. Vino mucha gente.
¿Por lo menos comiste algo?
Había té.
Eso no es comer volvió al móvil.
Nieves se sirvió café y salió al balcón. Aquel domingo la ciudad olía a tilos. Pensó en el cuidado de Genaro: preguntaba por su hambre, casi como si fuera su única preocupación. Treinta años aceptando eso como cariño, sin notar que algo más importante faltaba.
Eso no lo sabía. Apenas había empezado a mirar de frente.
En julio, Antonio llamó entre semana, algo extraño.
Hola, mamá, ¿cómo estás?
Bien, Antonio, ¿pasa algo?
No, sólo Sol me ha escrito.
Nieves se quedó paralizada frente a la nevera.
¿Qué Sol?
Tu amiga, la que pinta contigo. Me encontró en redes, me contó lo de tu actividad, el éxito que tuvo. No tenía ni idea.
Tampoco preguntaste nunca.
Silencio.
Mamá, perdona. ¿Me lo cuentas?
Y Nieves contó. El taller, Carmen y sus pájaros, Natalia con sus poemas, la sala llena. Antonio escuchaba. Al final dijo:
Mamá, eres increíble.
Gracias.
¿Llevas mucho haciendo esto?
No, la primera vez.
Deberías haber empezado antes.
Ya.
Se hizo el silencio. Antonio preguntó, más bajo:
¿Y tú y papá estáis bien?
Nieves se asomó a la ventana: dos chicos jugaban al fútbol bajo la luz de julio.
Estamos como siempre.
¿Eso es bueno o malo?
Todavía no lo sé.
Antonio no insistió. Dijo que iría en agosto. Nieves dejó el móvil y se quedó un rato mirando el cielo.
En agosto, Antonio vino unos días. Físicamente era Genaro, pero de carácter había algo de ella, sobre todo la atención para escuchar. Trajo queso y nueces, y se sentó a escuchar de veras.
Una mañana, mientras Genaro estaba en el chalé, Antonio le dijo:
Mamá, has cambiado.
¿En qué sentido?
No sé estás como más presente. Se río de sí mismo. Suena raro.
No es raro. Lo entiendo.
¿Estás contenta?
Nieves abrazó la taza.
Sí. Pero asusta un poco.
¿Por qué?
Si te ves a ti misma con nitidez, ves también lo de alrededor. Y no siempre es cómodo.
Antonio asintió.
¿Papá lo nota?
Papá nota la sopa fría le salió sin pensar. Se arrepintió al instante. Perdona, no es justo.
Sí lo es Antonio la miraba. ¿Le has dicho lo que quieres?
¿Sobre qué?
Sobre lo que tú necesitas.
Nieves miró el jardín. Agostado ya, amarillentado en las orillas.
No se me da bien. Últimamente, lo intento.
Inténtalo.
Antonio se fue. Recogiendo sus cosas, Nieves pensaba en esa palabra: inténtalo. Treinta años sin hacerlo de verdad. Hablando, sí. Pero no abriendo el gran tema. Callando, porque daba seguridad, porque Genaro ponía esa mirada que cortaba la conversación antes de empezar.
En septiembre, la directora la llamó: el Ayuntamiento quería repetir la velada, esta vez para toda la red de bibliotecas, y Nieves sería responsable.
Es mucho trabajo. También podríamos mejorar el sueldo.
Acepto.
La directora sonrió apenas.
Has cambiado este verano. ¿Te lo puedo decir?
Puedes.
Para bien. Ahora estás viva.
Nieves salió y volvió a su puesto. Saludó a un lector, registró libros, miró la sala. Estantes, mesas, la ventana bañada por septiembre.
Diecinueve años. Sólo ahora sentía que el sitio era suyo. No sólo porque estuviera, sino porque pertenecía.
En casa, algo cambiaba. Genaro notaba que volvía más tarde, que salía los sábados, que se rodeaba de mujeres desconocidas.
¿Quién es esa Sol?
Mi amiga.
¿Desde cuándo tienes amigas?
Desde febrero, la conocí en la biblioteca.
¿Todas las semanas con ella?
Casi.
Él la miró de otro modo. No irritado, no distante, sino… desorientado. Nieves lo entendió y sintió piedad.
No te lo prohíbo dijo él. Sólo que no estoy acostumbrado.
¿A qué?
A que tengas tanto mundo.
Nieves se sentó frente a él. Por primera vez le miró sin defensa, como a un desconocido tras años juntos.
Genaro dijo. ¿Te alegra que haga cosas? Más allá de la casa y el trabajo.
No sé. Supongo.
¿Seguro?
Te digo que no es habitual. Antes estabas siempre aquí. Ahora, todo el rato fuera.
Sigo aquí. Sólo que de otra manera.
Aquí, pero cambiada.
Ella miraba su espalda. Sesenta y un años, encorvada ya, y ella apenas lo había notado.
Genaro, ¿cuándo hablamos de verdad, solos, no de la cena ni del coche? Sólo tú y yo.
Él se volvió.
Hablamos…
¿De qué?
No contestó.
Eso mismo dijo Nieves.
Noviembre trajo frío y la gran velada en la biblioteca. Nieves la preparó tres semanas, sumó a ocho mujeres, organizó una exposición. Sol la ayudó mucho; se veían casi a diario, en la biblioteca, en una cafetería, o paseando por la ribera del Pisuerga, si no llovía.
Un día, en el paseo, Nieves confesó:
No entiendo cómo he vivido antes.
Vivías y punto contestó Sol.
No, era otra cosa. Estaba muy encerrada, muy al fondo de mí misma. ¿Por qué?
No es por qué, es como sale.
Pero podía haber sido diferente.
Claro Sol miró el río, de un gris hermoso y otoñal. Pero lo diferente llega cuando llega. No antes.
Tengo cincuenta y ocho.
¿Y qué?
Es mucho.
¿Eso piensas de verdad?
Sí.
Pues mira, conozco mujeres que a los treinta y cinco ya se dan por acabadas, como si fueran jarrones de museo. Y tú empiezas a los cincuenta y ocho. Es el mejor momento.
Vieron pasar una barcaza.
¿Sabes? dijo Nieves. Llevo nueve meses pintando cada semana.
Ya lo sé.
Hoy escribí mi discurso para el evento. Con mis palabras.
Lo leí. Es muy bueno.
Es vivo. Mejor ser vivo que bueno.
La velada, en viernes de noviembre, fue un éxito: setenta personas, sala llena, gente de pie. Nieves leyó su texto sirviendo de apertura. Habló de todas, de lo que cada una lleva dentro esperando verse, de que la edad abre puertas, no las cierra. Lo dijo con la emoción de quien lo acaba de comprender.
Al final se le acercó una anciana, sostenida por su hija.
Hija, ¿hablabas de mí?
De todas respondió Nieves.
No, de mí. Lo sentí. Antes bordaba, lo dejé por tontería. Igual a mis ochenta y tres años puedo retomarlo. ¿No es ridículo?
En absoluto.
¿Seguro?
Del todo.
La señora se fue, llevada del brazo.
Diciembre entró quieto. Nieves dirigía ya su propio club literario de los miércoles. Iban seis o siete personas, debatían; a veces se acaloraban tanto que Nieves apenas podía hablar.
En casa el ambiente era tenso, no violento, sólo denso. Genaro, reservado, pensaba algo que no compartía. Ella tampoco esperaba ya gestos suyos.
A mediados de mes, un domingo, entró en el despacho.
Genaro, necesito hablar.
Habla.
No así cerró la puerta, puso una silla junto a él y se sentó. De verdad.
Genaro cerró el libro.
¿Qué pasa?
Nada grave cruzó las manos. Sólo quiero decirte algo. Hace mucho que no lo hago, quizá nunca.
Genaro callaba, tenso.
He vivido mucho tiempo como si no existiese. Hacía la cena, iba al trabajo, cuidaba del campo, todo lo que tocaba. Pero por dentro, no estaba. Y sé que parte es cosa mía, por permitirlo. Pero también es cosa de ambos. De cómo vivimos juntos.
Él miraba la mesa.
¿Quieres separarte?
No sé lo que quiero. Sé que necesito que hablemos en serio, que me mires. No la cena o la camisa limpia: a mí.
Hubo un silencio largo. Nevaba fuera.
No sé hacerlo dijo él por fin, sincero. No me enseñaron.
Lo sé Nieves miró sus manos. No te culpo. Sólo quiero intentarlo. De otro modo. Pero quiero saber si tú también quieres.
Tardó en contestar. Miraba la nieve. Luego la miró a ella; Nieves volvió a ver el desconcierto real en él.
Has cambiado mucho este año.
Sí.
A veces no te entiendo.
Ya lo sé.
Pero no quiero… dudó. No quiero que te vayas. De aquí. O de mi vida.
Sesenta y un años, hombros caídos, y esa incapacidad de imaginar el después.
Probemos entonces. No será fácil. Pero probemos.
Enero llegó con frío intenso. Nieves seguía en la biblioteca, llevando el club, pintando los sábados. Sus obras se repartían entre la casa y Sol. Ahora los geranios prosperaban; supo trasplantarlos.
Sol y ella se veían menos, Sol tenía líos en el trabajo, pero hablaban por teléfono.
Un día, Sol le preguntó:
¿Piensas hacer actividades en primavera?
Sí, algo mayor. Un pequeño festival, quizás. Varios días.
Eso es mucho trabajo.
Me gusta.
Sol se rió.
Quién lo diría hace un año.
Ya ves.
Con Genaro seguía siendo difícil. Más comunicación, sí, pero a ratos él se encerraba en su mundo. Nieves lo aceptaba, sin intentar forzar.
En febrero, durante una cena corriente, Genaro comentó:
La semana pasada fui al médico. Un chequeo.
¿Pasa algo?
Nada grave, sólo la tensión. Me han dado unas pastillas.
Me alegro de que fueras.
¿No preguntas por qué no te lo dije?
Nieves dejó la cuchara.
¿Por qué?
No quería preocuparte. Es la costumbre.
¿Tienes la costumbre de no preocuparme?
Sí. Tú tienes tu vida.
Nieves notó que eso era importante, pero no terminaba de pillarlo.
Genaro, quiero saber si te pasa algo. No quiero que te lo guardes.
Te lo diré asintió.
Y yo, a ti.
Silencio. Fuera, nieve y viento, pero en casa cálido. En la ventana, crema y una nueva acuarela: una rama de almendro, blanca y delicada.
Bonito dibujo dijo Genaro. ¿Lo has hecho tú?
Sí.
Lo miró otra vez.
Tienes talento.
Estoy aprendiendo.
A finales de mes, Lidia llamó. Tarde, pasadas las nueve.
Nieves, perdona la hora. Vino mi hija.
¿Todo bien?
Sí, hemos hecho las paces. Me ha pedido perdón por aquello de anticuada.
¿Y tú?
Estoy muy contenta. ¿Puedo ir a tu taller de acuarela?
Por supuesto. El sábado, a las once.
Me da miedo hacerlo mal.
A todos los pasa al principio. De eso se trata.
El sábado, Lidia se sentó, cogió el pincel con torpeza, Zoe la corrigió. Los primeros trazos los vio horribles.
Nieves, mira qué chapuza.
Miro. Me gusta.
No es una rama, sólo una mancha.
Es tu primer intento.
¿No te da vergüenza consolarme?
No consuelo, es verdad. El siguiente será otro.
Lidia miró su papel y, de pronto, rió.
Bueno, volveré.
Marzo trajo los primeros calores. Nieves solicitó el festival, la dirección dio el visto bueno. Antonio avisó que vendría en abril al evento.
Una noche, tras la cena, Nieves apuntaba ideas en el cuaderno. El deshielo goteaba en la calle. En el alféizar, los geranios verdes, tres flores abiertas y otro capullo, a punto.
Miró el tarro vacío de crema. Lo mantuvo allí; compró otro igual, de la misma marca, el mismo precio. Genaro, esta vez, no preguntó.
En una página nueva escribió: “Cosas que sé ahora y no hace un año”. Miró el título un rato. Luego cerró el cuaderno. No hacía falta escribirlo. Ya lo tenía dentro.
El móvil sonó a las once. Era Sol.
¿Todo bien? preguntó Nieves.
Sí, mejor. Nieves, me han ofrecido trabajo en Sevilla, bueno, mejor pagado, donde vive mi hija. Me lo estoy pensando.
Nieves guardó un silencio.
¿Quieres irte?
No sé aún. Por eso te llamo. Dime algo.
¿El qué?
Lo que pienses.
Nieves miró la noche de abril tras la ventana.
Creo que ya tienes la respuesta. Sólo falta que la digas en voz alta.
Pausa breve.
Puede ser.
¿Entonces, a qué le temes?
A lo que dejo aquí: el taller, vosotras, Carmen con la cerámica, Natalia y sus versos.
Seguiremos aquí, sólo habrá que viajar.
Valladolid está lejos de Sevilla.
Sol Nieves cogió un bolígrafo, ¿te acuerdas de lo que me dijiste en el río aquel día, en noviembre?
¿Qué dije?
“Lo diferente empieza cuando empieza”.
Sol rió, con una ternura nueva.
Siempre he sido lista, ¿eh?
Y lo sigues siendo.
Nieves, te pregunto algo, sólo si eres sincera.
Dime.
¿Eres feliz?
Nieves miró la flor, la crema, los dibujos, el cuaderno en blanco.
He empezado a ser yo respondió. Supongo que eso es lo más importante.
¿Eso es la respuesta?
Sí.
Me alegro mucho de ti.
Y yo de ti.
¿Qué vas a hacer si me voy?
Nieves contempló la página en blanco.
Seguir dijo.



