Ni se te ocurra cantar

No te atrevas a cantar
Sonríes mal.

Marta no se dio cuenta al principio de que iban por ella. Miraba sus manos, perfectamente alineadas sobre el regazo, como dos soldados aburridos. Llevaba un vestido azul muy oscuro que jamás hubiese elegido por sí misma: demasiado estrecho en los hombros, demasiado brillante, tan ajeno como un traje de astronauta. Era el uniforme de esposa decorativa.

Marta. Te he dicho que sonríes mal. Demasiado tensa. La gente se da cuenta.

Luis hablaba en voz baja, sin girar apenas la cabeza. Seguía mirando el salón donde ya se acomodaban los invitados al vigésimo aniversario de su empresa. Un festejo a lo grande. Noche importante. El rol de Marta en la velada estaba pactado de antemano, como una cláusula más en un contrato: sentarse a su lado, conservar el tipo, no hablar más de la cuenta, beber solo una copa, ni asomarse a un socio sin permiso expreso.

Perdona murmuró ella.

No pidas perdón, hazlo bien.

El restaurante era de esos donde el dinero se percibe físicamente. No presume, se siente: en la pesadez de los manteles, el lustre delicado de las lámparas, la forma casi etérea de moverse de los camareros, como si deslizaran sobre nubes de nata. Marta había pisado ese sitio varias veces y siempre le quedaba la misma impresión: era una extraña. No la esposa de un exitoso empresario, sino una intrusa. Una persona con nombre, historia propia y una vida que antes bullía por dentro.

Acababa de cumplir cincuenta y cinco. Veintiocho de ellos, casada con Luis Abascal. Se conocieron en el último curso de conservatorio. Ella era chispeante, con voz de campanario y enamorada de Falla y Granados. Él, un joven empresario madrileño con esa mirada impaciente de quien cree que todo está a la venta, incluso el propio mundo. Al principio la contemplaba como si ella fuese ese mundo. Luego resultó que solo quería moldearlo a su capricho.

Luis, ¿puedo ir a saludar a Carmen? Está allí sola.

Carmen puede esperar. No tienes nada que hacer en la mesa de los Mendoza.

Pero la conozco desde hace veinte años…

Marta. Su tono no tenía enfado; era el resignado de quien explica una y otra vez la tabla del dos a un niño disperso. Esta noche es importante. Siéntate y sonríe. Punto.

Así lo hizo Marta: una sonrisa reglamentaria, casi robótica.

El salón se llenaba de invitados: socios, clientes, políticos municipales, esposas inmaculadamente depiladas de políticos municipales. Todos animados con mesura, todos con el discurso aprendido para estos actos. Marta escuchaba retazos de conversación y cavilaba que no recordaba cuándo fue la última vez que habló de algo realmente suyo. Música. Cómo se construía una fuga. Por qué el segundo concierto de Falla todavía la desarma por dentro aunque solo lo oiga en la radio.

Radio que apenas sonaba en su casa. Luis detestaba la música clásica. Decía que le ponía nervioso.

En la mesa de al lado, una señora vestida de rojo reía a carcajadas con una naturalidad envidiable, como de mantequilla y sal. Marta la miró con una pizca de envidia no por el vestido ni por la juventud ni el peinado, sino por reírse así, sin pedir permiso a nadie.

La cena pasó entre brindis, discursos huecos sobre veinte años de éxito y el futuro prometedor. Luis fue conciso y elegante, manejando la sala con el aplomo de un torero veterano. Marta aplaudió al unísono con todos pensando que, tal vez, ella también supo hacerlo una vez. Sostener un público. Cantar frente a desconocidos y cortarles el aire en seco.

La última vez había sido veinticuatro años atrás. En una velada conservatoria, de la que Luis la recogió antes de tiempo porque le interrumpió un negocio.

El maestro de ceremonias propuso después del postre un pequeño concurso de talentos, confidencial y un poco ridículo quien quisiese podía salir al rincón-escenario del local y demostrar lo propio: un chiste, un truco, una canción. Luis frunció el ceño.

Esto sí que es vulgaridad dijo en voz baja.

Marta no respondió. Solo miraba el escenario: el micro. El pianista, un chaval bonachón que durante la cena acompañó con piezas suaves. Marta se había fijado ya desde el inicio en sus largos dedos y ese leve cabeceo al tocar, como si navegara sobre las partituras.

Salieron dos valientes: uno contó un chiste malo, otro tocó la armónica con más voluntad que arte. El público mostraba un afecto circunspecto, de compromiso. Luego el maestro de ceremonias pidió más voluntarios y en la sala se instaló un silencio expectante.

Marta notó, como con un muelle viejo, que algo dentro de ella se movía. No fue un arrebato ni golpe de tambor, más bien como una puerta cerrada mucho tiempo que de pronto cede, despacio. Dejó la servilleta en la mesa. Se levantó.

¿A dónde vas? preguntó Luis.

Al baño.

No fue al baño. Se acercó al maestro de ceremonias y le susurró algo. Él la miró sorprendido, luego asintió. Después habló con el pianista, ambos conversaron breve y cómplices. Interés en la mirada de él.

Cuando el maestro anunció su nombre, Luis tardó unos segundos en entender. Luego lo comprendió. Marta no quiso saber cómo la miraba. Caminó hacia el escenario con la vista clavada en el micrófono.

Solo tres escalones, y ya estaba ante la sala, rebosante de extraños con trajes impecables y vestidos relucientes. Casi nadie prestaba atención: algunos cuchicheaban, otros aumentaban el volumen de su copa. Un puñado la miraba con esa cortesía fosilizada del que espera el siguiente numerito.

Asintió al pianista.

Él pulsó los primeros acordes, y el público aminoró el volumen. Aquello no era ni copla de sobremesa ni canción ligera. Era Falla. Era la vocalización de la Nana. De los fragmentos más difíciles y bellos que Marta había interpretado en su examen de fin de carrera. Sin letra, solo voz y música.

Cantó. Y en los primeros compases Marta casi no se creyó a sí misma. Que su voz estaba ahí, que no la había matado el silencio, ni el tiempo, ni el miedo. Que lo seguía teniendo, cambiado con los años, más oscuro, con matices nuevos, pero vivo. Real.

Al tercer compás, la sala enmudeció. No gradualmente. De golpe. Nadie habló. Todos miraban. Marta apenas lo notaba. Solo pensaba en mantener el aire, en hilar la frase, en no pensar ni en Luis, ni en su cara, ni en el después.

El después importaba muy poco. Solo importaba ese instante.

Al terminar hubo un silencio. Solo unos segundos, pero largo como un siglo. Luego, el salón de pie. No todos al unísono, pero de pie. Los aplausos eran sinceros. La señora de rojo gritó ¡bravo!. El pianista la miraba sorprendido, como quien asiste a un milagro.

Marta descendió del escenario. Le flaqueaban levemente las piernas, el corazón marcaba un compás nervioso pero estable. Caminó hacia su mesa y vio el rostro de Luis.

Él no aplaudía.

Siéntate dijo él.

Se sentó.

¿Sabes lo que acabas de hacer?

Cantar.

No seas lista. La voz gélida, bajísima. Te has exhibido delante de mis invitados. Sin mi autorización. ¿Sabes cómo queda esto?

¿Cómo queda?

Como si mi mujer echara de menos el protagonismo. Como si nunca tuviera suficiente. Tomó la copa y la dejó otra vez, con el gesto de un presentador. Nos vamos en diez minutos.

Luis, aún no han servido…

Diez minutos, Marta.

Tres personas llegaron a su mesa antes de que pudieran esfumarse. La señora de rojo Rosa, se presentó, le apretó la mano: Eres increíble, ¿de dónde sales?. Un viejete con perilla académica le soltó un: Insuperable. ¿Dónde estudiaste?. Carmen se abalanzó a abrazarla: olía a café y hogar, y Marta casi rompe a llorar allí mismo.

¿Dónde estabas metida estos años? Dios mío, qué voz…

Carmen, nos vamos entró Luis con ese timbre de orden. Cogió a Marta del brazo, ni brusco ni dulce, pero sus dedos la apretaron hasta sentirlo a través del vestido. Perdón, a Marta le duele la cabeza. Nos marchamos.

En el coche, ni una palabra. Aquella mudez era peor que una colleja. Marta miraba Madrid desfilar por la ventanilla, las farolas, los escaparates, y sentía dentro una quietud rara, ni alegría ni miedo. Algo nuevo. Tal vez el eco reciente de haber recordado su verdadero nombre.

En casa, Luis colgó la chaqueta, se volvió hacia ella.

Así que esto es lo que hay. Entiendo que te aburres. Que buscas algo para ti. Pero hay límites. Lo de hoy me ha dejado ante mis socios en mal lugar.

He cantado. Y han aplaudido.

Te has hecho la artista en mi empresa. ¿Notas la diferencia?

No dijo Marta, más tranquila de lo que creía posible. Explícamela.

Él la miró largo rato.

Lo tienes todo. Casa, estabilidad, posición. No comprendo qué más te falta. Y casi ni me importa descubrirlo.

Te lo digo yo: me falto yo.

¿Eso qué significa?

Ya lo sabes.

Marta fue al dormitorio y cerró. Se tumbó vestida, mirando el techo blanco, tan regular como la fachada de su vida. Oía a Luis caminar por la casa, abrir y cerrar armarios. Luego silencio.

No pegó ojo. Recordó, años atrás, la renuncia a su puesto de profesora en la escuela de música. Luis se lo dejó claro: para la mujer de un empresario, eso era poca cosa, mal visto, el sueldo de risa, mejor dejarlo. Ella aceptó. Pensó en reinventarse, buscar alguna ocupación. Pero cada vez que lo intentaba, ahí aparecía otra razón por la que tampoco era adecuado.

Nunca la pegó, ni elevó la voz. Solo explicaciones pausadas de lo que es correcto y no. Y ella, durante veintiocho años, se acostumbró a escuchar tanto, que dejó de oírse a sí misma. De verdad. Incluso por dentro.

Hasta esa noche.

Por la mañana, mientras él estaba en la ducha, rescató de lo alto de un armario el viejo bolso. Metió documentos, pasaporte, título de conservatorio (encontrado en el fondo de un cajón), unas fotos, móvil. Algo de dinero en efectivo que había ido ahorrando disimuladamente en los últimos años por si acaso, aunque nunca supo cuál. Ahora lo sabía.

Se vistió sencilla: vaqueros, jersey, chaqueta. Cuando Luis salió, ella ya estaba en la puerta.

¿Dónde vas?

Me voy.

La pausa fue densa.

No digas tonterías.

No es tontería. Me voy.

Marta. Se secaba las manos con una toalla, con cara de padre cansado. Estás alterada. Descansa, lo hablamos luego.

Ya está hablado.

No tienes dinero. Ni trabajo. ¿A dónde piensas ir?

Ya lo veré.

Marta, haces el ridículo. Cincuenta y cinco años. ¿Dónde…?

Salió. Oyó la voz de Luis de fondo pero no distinguió palabras. Bajó en el ascensor, mirándose en las puertas metálicas: un reflejo desordenado, algo borroso, pero siquiera eso la hizo sonreír por dentro.

Caminó simplemente. Respiró por Madrid, otoño seco, olor a hojas caídas y café de una cafetería cercana. Se sentó junto al ventanal con un café, sacó el móvil y llamó a la única persona que podía marcar en ese instante.

Carmen, necesito ayuda.

Dios mío, ¿qué ha pasado?

Me he ido de casa de Luis.

Silencio. Luego:

¿Dónde estás?

Carmen vivía sola en una modesta casa a las afueras. Sus hijos hacía tiempo que volaron, el marido había fallecido unos años atrás. Abrió la puerta, vio a Marta con una bolsa a cuestas y no preguntó nada. Solo se apartó y dijo: Pasa. El agua de la tetera ya hierve.

Pasaron toda la tarde y noche en la cocina. Marta habló y Carmen escuchó sin interrumpir, sin suspiros ni ojitos de lástima. Solo recargaba la taza. Cuando Marta se quedó muda, Carmen soltó:

Te has ido. Eso es lo más duro. Lo demás se arregla.

Me bloqueará las cuentas. Seguro que ya lo ha hecho.

¿Bloquearlas?

Sí. El año pasado me lo avisó: si te vas, pruébalo.

Pues veremos dijo Carmen apretando los labios.

Luis no tardó en dar la lata. Al caer la noche, el móvil de Marta comenzó a zumbar: primero él, después su secretaria, luego la madre de Marta, a la que por lo visto ya había puesto al tanto. Su madre lloraba y juraba que Luis estaba preocupado, que había asegurado que Marta tuvo un episodio nervioso en la cena y necesitaba ayuda…

Mamá, no estoy loca.

Martita, él está destrozado. Dice que actuaste de forma extraña. Que deberías consultar…

Mamá, sólo canté. Me subí a un escenario. Eso no es un brote.

Él asegura que fue inadecuadísimo, que le dejaste en evidencia…

Mamá. Estoy bien. Estoy en casa de Carmen. Mañana hablamos.

Y, efectivamente, las cuentas estaban bloqueadas. Marta lo comprobó en el cajero automático. El dinero ahorrado se fue esfumando, Carmen se negó a cobrarle pero no podía abusar de ello eternamente.

A los tres días, Luis le envió unas bolsas: dos desconocidos llamaron a casa de Carmen con ropa escogida al azar y sin sentido vestidos de verano en octubre, tacones imposibles, baratijas varias. Ni un solo abrigo. Ni un libro útil. Marta entendió el mensaje.

Un día después, su madre llamó: Luis había ido a verla para contarle que Marta era inestable y que él siempre lo había dado todo. Casualmente estaba muy preocupado, pero eso, necesitaba ayuda urgente. Su madre lo escuchaba. Siempre escuchaba al que habla calmado y con voz blanca.

Marta, igual deberías volver y hablarlo…

Mamá, me ha bloqueado el dinero y va diciendo que estoy loca. ¿Eso te parece normal?

Silencio.

Los hombres son así, Martita. Se sienten heridos y…

Colgó y miró la ventana. Sacó su diploma del bolso y lo dejó encima de la mesa. Encuadernación azul oscuro, letras doradas: Marta Romero Hidalgo, graduada en canto clásico. No lo había tocado en quince años.

Al día siguiente llamó al conservatorio. Preguntó por el profesor Don Federico Alvarado, su antiguo maestro. A veces pensaba que ya habría fallecido. Pero seguía ahí. Enseñando, pasados los setenta. Le dieron el número.

¿Don Federico? Soy Marta Romero. ¿Se acuerda?

Una pausa larguísima.

¿Romero? ¿La del cuarto curso?

Sí.

Por supuesto. ¿Dónde se metió, hija? Hace siglos que no la escucho.

Me… me perdí. Don Federico, necesito su ayuda.

Dos días después se vieron en un aula pequeña en la tercera planta. Alvarado era idéntico a su recuerdo: pequeño, enérgico, con ojos de lince y manos cruzadas sobre el regazo. Le echó una mirada intensa:

Estás mayor.

Usted también.

Buen síntoma. Le sonrió. Canta.

¿Ahora, sin más?

¿Qué pierdes?

Se lanzó. Al principio insegura. El aire no le llegaba, la voz temblaba en los agudos. Don Federico no la interrumpió: escuchó hasta el final.

Voz hay dictaminó. Técnica oxidada. Respiración regular. Pero hay voz. Y eso es lo importante, Marta. Lo demás se entrena.

¿Cuánto necesito?

Depende de ti. Si trabajas en serio, en dos o tres meses podríamos hablar de cosas serias. Pausa. ¿Por qué lo dejaste?

Me casé.

¿Y tu marido prohibía cantar?

No prohibía. Simplemente… se fue quedando atrás.

Don Federico la observó un buen rato.

Entiendo. Bueno, Romero, vamos a trabajar.

Y trabajaron. Todos los días. Marta llegaba a las nueve y salía a las dos. Su voz regresaba de manera caprichosa: algunos días fluyendo, otros, como la cartulina por la garganta. Don Federico era exigente, no disculpaba la edad ni el abandono: “La voz no tiene años. Hay técnica y hay voluntad. Lo demás, excusas.”

Carmen le encontró un empleo como monitora de canto en el centro cultural de barrio, con señoras jubilosas que cantaban solo por placer: sin carreras, sin metas, para el alma. Pagaban poco, pero eran su sueldo. Y, a decir verdad, era como un ungüento.

Entre tanto, Luis no aflojaba: a través de conocidos, Marta se enteraba de que él aireaba su propia versión: que ella estaba enloquecida por un profesor, que era inestable, que él había sido muy paciente pero ya no pudo más. Las versiones variaban según la audiencia, pero siempre él era la víctima y ella, la excéntrica. Algunos tragaban, otros callaban. Su madre llamaba poco, y sólo para preguntar, en voz baja y con mucho “precaución”.

¿Piensas en tu futuro? ¿En el techo?

Claro, mamá.

Luis dice que si vuelves, se puede hablar civilizadamente.

No pienso volver.

Pero podríais arreglar un divorcio, repartir todo…

Mamá, me bloqueó el dinero y me ha dejado tirada. Con gente así no se pacta nada, se acaba y punto.

Su madre suspiraba y cambiaba de tema. Marta no le guardaba rencor. Para ella, era como reprochar saber francés a quien nunca estudió ninguna lengua extranjera.

A los pocos meses, Don Federico soltó la bomba: estaban acabando una clase, ella recogía los papeles cuando él, sin mirar, dijo:

Dentro de dos meses habrá un gran concierto benéfico. Programa clásico. Buscan solistas. Podría recomendarte.

Marta se congeló.

Don Federico, llevo veinticuatro años sin pisar un escenario.

Lo sé de sobra.

¿Vendrá gente importante?

Canal autonómico en directo. Destinado al Hospital Infantil. Sí, la gente será exigente.

Me lo pienso.

Hazlo deprisa. No esperan.

A los dos días aceptó. Don Federico asintió como si siempre hubiera previsto ese desenlace.

Las siguientes seis semanas fueron las más intensas desde sus años de alumno. Rescataba arias, romanzas, y, por insistencia del maestro, en el final, otra vez Falla, pero una pieza todavía más compleja. A veces caía rendida en el sofá de Carmen sin cenar. Era cansancio distinto, eléctrico, vivo; nada que ver con el letargo sísmico del matrimonio.

Carmen se volvía una madre adoptiva, rebañando su plato y riñéndola por matarse a trabajar. Marta le decía que era justo como debía ser. En pocos meses, fueron más cómplices que en los veinte años previos a la fuga: compartir el día sin cortinas ni bufandas sociales acerca más que la amistad de toda la vida.

A tres semanas del concierto, comenzaron los problemas: primero fue una llamada del joven responsable del evento, titubeante:

Hay… dudas sobre tu participación.

El estilo de quien se juega el cuello.

¿Ha llamado Luis Abascal?

Silencio incómodo.

No puedo decir nada.

Lo imaginaba.

Llamó a Don Federico, que, nada más escuchar el relato, contestó seco:

Ven mañana. Hablo yo con los organizadores.

Así fue. Consiguió mantenerla en el cartel. Pero los líos no acabaron: una semana antes, Carmen la llamó alarmada:

Han venido dos hombres al portal. Dicen que de parte de Luis. Preguntan si vives aquí.

¿Qué has dicho?

Que ni idea. Pero no me fio, estarán por el barrio.

Marta sintió un frío nuevo, no miedo, sino certeza: no iba a soltarla. Para Luis el orden lo es todo. Su huida fue un cataclismo personal y legal. No lo asumiría en silencio.

Se lo explicó a Don Federico, que tras meditarlo concluyó:

Intentará boicotear el concierto.

¿Tú crees?

Es probable.

¿Da miedo?

Marta se lo pensó.

Ya no. He agotado el cupo de miedo.

Bien. El maestro sonrió. Va a venir Víctor Santisteban.

¿Quién?

Productor musical. Bastante famoso, trabaja con grandes salas. Le han contado lo de la noche del restaurante y ha querido verte en persona. Así que, canta bien, Romero.

Marta levantó la ceja.

¿Todo esto lo has organizado tú?

Llevo cuarenta años enseñando. He tenido tres alumnas con voz auténtica. Una se fue fuera y triunfa, otra murió joven. Y la tercera se casó y desapareció. Yo siempre pensé en esa tercera. Me alegro de que haya vuelto.

El día del concierto estaba gris. Marta llegó a la sala con dos horas de antelación, paseó sola por el escenario, escuchó el vacío de las butacas (ochocientas plazas, imponentes). Le encantaba ese momento: la sala aún callada y la escena latiendo con promesa.

Una hora antes, el responsable se acercó:

Sra. Romero, hay dos personas esperándola fuera. Dicen venir de su marido. Exigen que salga.

No es mi marido. Es mi ex.

Traen un documento médico, dicen que necesita internamiento.

Marta respiró hondo.

Pueden decir misa. Yo canto. Si quieren, que entren y escuchen.

El joven tartamudeó. Marta lo cortó:

Este es mi concierto. Nadie puede impedírmelo. ¿De acuerdo?

Sí… pero…

Llame a Don Federico ya.

Y, milagrosamente, se solucionó. Los mensajeros de Luis no pasaron del vestíbulo. Al poco vio a Santisteban: un tipo altísimo, elegante, charlando con Don Federico. Era él, seguro.

Marta salió en tercer lugar del programa. Sala llena, cámaras a la izquierda. Vestido gris oscuro, sencillo, elegido por ella. Miró al público. Cantó.

La primera pieza le salió cómoda, casi ligera. En la segunda estuvo a un paso de perder el hilo, pero remontó. Ya en la tercera, solo existía la música. Aquello era su patria, su idioma, su refugio. Allí estaba en casa.

Con la pieza final de Falla el público enmudeció. Esa especie de recogimiento que solo sucede cuando la gente, de verdad, escucha de corazón. Marta sentía un torrente parecido al del primer paseo tras una gripe: el cielo seguía azul, había estado ahí todo el tiempo, y la esperaba.

Rematando la última frase, vio de reojo a Luis abrir paso por el pasillo, gesticulando y rojo de furia, escoltado por seguridad. Arrastraba el mundo antiguo como un remolque.

Marta no se inmutó. Cerró la pieza. El público se levantó al minuto.

Luis quedó clavado a la mitad de la vía principal, enfrentado ya con Santisteban, que hablaba tranquilo, casi sin mover las manos. Marta vio el rostro de Luis deteriorarse, ceder, hasta convertirse en un hombre que sabe de golpe que ya no pinta nada.

Se marchó.

Santisteban se acercó entre bambalinas:

Le había oído, pero hoy la he escuchado. Tenemos mucho que hablar.

¿Sobre qué?

Contrato. Gira. Localmente, después Europa. Tengo salas deseando un timbre así. Sonrió suave. Aquí, nadie más la molestará. Se lo garantizo.

Don Federico, a lo lejos, asintió. Ya estaba todo dicho.

Con su madre hablaron meses después, de verdad. Marta acudió a casa, sentadas en la cocina. La madre calló largo rato, jugueteando con el mantel.

Te vi por la televisión. En el concierto.

¿Sí?

Carmen me avisó, lo puse. Se calló, anudando y desanudando el trapo. No sabía que cantabas así.

Me oíste en el conservatorio.

Sí, pero entonces era tu madre y estaba tan nerviosa… Ahora te vi sólo a ti. Le apretó la mano. Marta, perdóname.

¿Por qué?

Por creerle más a él. Sabía exponerlo casi todo, tú callabas. Pensé que el que calla está bien. No lo entendí.

Marta le cogió la mano.

Mamá, al final lo entendiste. Eso es lo que importa.

¿No estás enfadada?

Ni pizca.

La madre lloró, suave y discreta. Marta la acompañó, sabiendo que perdonar no es fingir que nada ha pasado, sino decidir qué te llevas y qué no.

Pasó un año.

Marta esperaba entre bastidores en un auditorio de Viena. Eran los ruidos de siempre: roces de abrigos, voces contenidas, carraspeos de último momento. El teatro, pequeño y barroco, con ventanas altas. Fuera, nevaba.

Su vida era así: piso alquilado en Viena, modesto pero suyo, contrato firmado con Santisteban, maleta viajera por media Europa. Don Federico llamando cada semana; a veces programaban juntos por videollamada. Su madre viajaba cada pocos meses, alucinando con la nueva vida de su hija.

De Luis sabía poco y menos. Su negocio se tambaleó tras el escándalo, algunos socios se fueron. Se casó al cabo de seis meses, esta vez con una mujer discreta, poco conocida. Marta sintió solo una honda comprensión sin rastro de lástima o rencor: hay gente que solo busca a la siguiente persona manejable.

Pobre chica, pensó. Pero ya no era asunto suyo.

Su vida ahora tenía otros problemas: respuestas incómodas en idiomas prestados, trifulcas con directores, soledad en hoteles impersonales. Y tenía lo mejor: mañanas en ciudades nuevas, el derecho a cualquier vestido, a llamar a quien quisiera, a cerrar una puerta sabiendo que nadie la esperaría detrás con reproches o normas.

Pensaba a veces en los años perdidos. Sin dolor, solo con franqueza. Veintiocho años no son pocos. Podría haber cantado, podría haber sido otra. O quizás la misma, pero más pronto.

Pero pensar en lo que pudo ser suele llevar a ninguna parte. Eso lo había aprendido.

Ahora estaba ahí. Su voz, su tiempo, su escenario.

La regidora entró:

Marta Romero, salen en tres minutos.

Voy.

Acomodó su vestido oscuro y sencillo, elegido por ella, hizo ejercicios de respiración, cerró los ojos un instante.

La imagen de Luis en aquel restaurante asomó: Sonríes mal, le soltó él hace un año. Ella respondió: Perdona. Y sonrió mecánicamente, pensando que había olvidado su propia voz.

De pronto, no pudo evitarlo. Sonrió ahora sí, por puro antojo.

Y salió a escena.

El auditorio se apagó.

Y cantó.

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MagistrUm
Ni se te ocurra cantar