Estos no son mis hijos: ayuda a tu hermana si quieres, pero no a mi costa. Ella rompió su familia y …

Qué casa más bonita os ha quedado, hermano. De verdad, qué envidia me dais.

Macarena pasó el dedo por el mantel, examinando la cocina con ojo crítico. Jimena colocó la ensaladera en la mesa y se sentó frente a su marido. Esteban le sonrió a su hermana, sin darse cuenta de cómo su mujer apretaba la servilleta en el puño.

Nos lo hemos currado, sí, dijo él. Tardamos meses en encontrar algo decente.

Para conseguir esa casa vendieron el piso y se mudaron allí, a las afueras de Valladolid, cerca de la familia de Esteban. Su propio terreno, huerto, tranquilidad… Jimena llevaba soñando con esto años. Dos meses atrás lo habían conseguido por fin.

Yo no he tenido tanta suerte con mi familia, suspiró Macarena, bajando la vista. Han pasado tres meses y todavía me veo perdida. Me despierto y no hay nadie al lado. Los niños preguntan por su padre; no sé ni qué responderles.

Concha, la madre de ambos, acarició la mano de su hija mayor con ternura.

No te preocupes, hija mía. Ya se arreglará. Lo importante es que los niños estén bien. Y ese canalla se arrepentirá de haberos dejado, ya lo verás.

El pequeño Gonzalo, su sobrino de cuatro años, se descolgó de la silla y salió disparado al salón. Enseguida, un estruendo: algo había caído de una estantería.

Gonzalo, ¡ten cuidado! gritó Macarena, sin levantarse.

Y Alba, que acababa de cumplir tres, empezó a lloriquear en brazos de su madre pidiendo atención. Macarena la mecía distraída en su regazo, hablando entre tanto:

Menos mal que ahora estáis más cerca. Porque mamá, después de la operación, apenas puede moverse y no hay nadie más que le ayude.

Me han tenido que traer casi a rastras en taxi, saltó Concha, frotándose la rodilla. Vivo en un cuarto sin ascensor y con la tensión por las nubes. Subiendo, pensé que me caía redonda. Yo ya no puedo con nietos.

Jimena fue a traer el plato principal. En el alféizar, tras la ventana, estaban los plantones de tomate que había cuidado con mimo en semilleros de turba. Aún faltaba un mes para trasplantarlos a la huerta; serían sus primeros tomates, algo que siempre había querido.

¿No os importará si de vez en cuando os dejo a los niños? la voz de Macarena le llegó desde la encimera. Solo en casos de apuro, eh. Que me tengo que poner a buscar trabajo, ir a médicos, reuniones con el abogado ¿Y los niños dónde los dejo?

Jimena giró la cabeza. Macarena miraba a su hermano con esa fragilidad calculada que Jimena ya sabía de memoria. Veintisiete años y aún domina el drama a la perfección.

Esteban asintió, mirando con compasión a su hermana.

Claro, Maca. Os echamos un cable, no te preocupes, ¿verdad, Jime?

Tres pares de ojos se clavaron en ella, esperando la respuesta correcta.

Sí, por supuesto dijo Jimena. Si hace falta.

Macarena rompió a sonreír.

Sois mis salvadores. Sólo será un rato, lo prometo. Un par de horas, como mucho.

Las visitas acabaron cerca de las once. Esteban pidió un taxi para su madre, la ayudó a bajar el portal con cuidado; Concha se quejaba en cada peldaño. Macarena metió a los niños dormidos en su viejo Ibiza y se fue también, gritando por la ventanilla ¡Gracias por la cena, sois los mejores!

Jimena recogió la mesa, amontonó los platos en el fregadero. Esteban apareció por detrás y la abrazó, dándole un beso en la cabeza.

¿Ves? Ha estado bien. Mamá contenta, Maca más animada. Ha sido buena idea venirse para aquí.

¿Te pasa algo? ¿Estás cansada?

Un poco.

Jimena no quiso explicar lo que le rondaba por la cabeza. Si hace falta, esas palabras sonaban a será cada día porque es lo cómodo.

Una semana después, Macarena la llamó temprano.

Jime, hazme un favor, me ha salido una consulta del médico y mamá no puede con los críos. Te los dejo tres horitas, a la hora de comer vengo.

Jimena miró la pantalla del portátil, con las tablas del informe trimestral abiertas. La clienta lo necesitaba para el viernes.

Maca, tengo el informe corriendo

Son buenísimos, ni los notas. Pones la tele y ya está. Por favor, Jime, me hace muchísima falta.

Media hora después, los niños estaban allí. Se pasó la comida y Macarena no llegaba, y se fue haciendo de noche.

A las seis, Esteban volvió. Vio a los niños viendo dibujos en el salón.

¿Maca no los ha recogido aún?

No. Prometió venir a la hora de comer, luego ha dicho por mensaje que se retrasaba.

Bueno, tampoco pasa nada, dijo él cogiendo una cerveza de la nevera. Total, no son extraños. Que se queden.

Jimena calló. Gonzalo había tirado zumo en la alfombra, y a Alba se le habían acabado los pañales: solo quedaba uno en la mochila.

Macarena llegó cerca de las nueve, sonriente, oliendo a café y con buen color.

Perdonad, se me ha liado el día. ¡Gracias de corazón, me habéis salvado!

Jimena terminó el informe a las tres de la mañana, con dolor de cabeza y el runrún de los niños aún el los oídos.

Al cuarto día, tocó repetir. Una entrevista de trabajo, súper importante. Macarena dejó a los pequeños a las nueve, juró que los recogía a las tres. Esteban estaba en casa porque venía de turno de noche. Se levantó hacia la una.

¿Siguen aquí?

Ya ves.

Bueno, darle importancia tampoco, se preparó un té y se puso el fútbol. No te agobies, aquí estoy yo.

Él estaba viendo el partido en el salón mientras Jimena corría entre los críos y el portátil. Gonzalo fue dos veces a pedirle a su tío que jugara, pero Esteban, fijo en la pantalla: Luego, primo, que ahora estoy liado.

Macarena recogió a los niños a las ocho.

Al cabo de tres semanas, estas visitas eran la norma: tres días a la semana, a veces cuatro. Médicos, abogados, entrevistas, amigas. El un rato se convertía en toda la tarde.

Una noche, ya tarde, con los niños recién marchados, Jimena se sentó frente a su marido.

Esteban, esto no puede seguir así.

¿El qué?

Esto de quedarnos con los críos tres veces a la semana. No me da la vida.

Frunció el ceño.

Jime, está pasando una mala racha. El marido la ha dejado, está sola con dos niños. Somos familia.

Lo entiendo. Pero siempre dice que viene a la hora de comer y aparece a las diez de la noche. Esto no es ayudar, es…

¿El qué?

Jimena quería decir aprovecharse, colgarse de nosotros. Pero, mirándolo, se mordió la lengua.

Mi madre insiste, siguió Esteban. Dice que Maca necesita tiempo, que es joven, que la vida le ha dado un vuelco. Soy el hermano, tengo que ayudar.

¿Y yo?

Eres mi mujer, lo dijo como si fuese obvio. Somos una familia.

Jimena desvió los ojos a la ventana. Ya era de noche, los plantones esperaban el trasplante que ella había reservado para el sábado.

Discutir no servía.

El viernes, Esteban al llegar a casa dijo:

Macarena ha llamado. Que si mañana nos quedamos con los niños. Tiene dos entrevistas y deja el coche en el taller.

Jimena cerró el portátil y lo miró de golpe.

Esteban, lo hemos hablado. No puedo tragarme esto cada fin de semana.

No seas así, colgó la chaqueta en la silla. Es mi hermana. ¿Te cuesta tanto? Si total, estás en casa

No estoy “en casa”. Trabajo desde casa. No es igual.

Lo haces mientras los niños ven dibus. No es para tanto.

Jimena quiso replicar, pero él tenía esa cara de agotamiento e irritación que conocía bien. Y ella pensaba en trasplantar los tomates, que ya tocaba.

Vale, que los traiga.

El sábado, sobre las once, apareció Macarena. La cuñada, monísima, con un vestido nuevo, el pelo arreglado y maquillada como si tuviera una cita, no una entrevista.

¡Gracias, sois lo más! empujó a Gonzalo y Alba al recibidor. A las cinco vuelvo, máximo las seis.

¿Y la mochila?

Uy, está en el coche, ahora la traigo.

Volvió al minuto, le puso la mochila en la mano a Jimena.

Hay pañales y ropa de cambio. Bueno, que llego tarde.

Cerró la puerta. Jimena se quedó sola con los críos y una mochila medio vacía. Esteban andaba en el garaje, liado ayudando a un vecino.

A la una, Gonzalo se cansó de los dibujos y empezó a dar vueltas por la casa. Alba lloriqueaba, quería brazo, quería comer, quería agua Jimena iba de la cocina al salón, intentando preparar la comida.

A las dos, Esteban apareció:

¿Qué tal por aquí?

Bien, Jimena, limpiándose las manos. ¿Te puedes quedar tú? Voy a sacar los plantones antes de que se eche la tarde.

Sí, en cuanto me lave las manos voy.

Jimena salió al jardín, preparó las herramientas y se agachó a hacer los agujeros para los tomates. A los diez minutos, un estruendo y un llanto.

Dejó la azada y corrió dentro.

En el salón, Esteban en el sofá con el móvil. Gonzalo de pie junto a un tiesto roto, la tierra y los tallos de los tomates volcados por el suelo. Los que ella había estado cuidando dos meses.

¿Qué ha pasado?

Se ha subido al alféizar, Esteban ni levantó la vista. No me ha dado tiempo a evitarlo.

Jimena miraba la tierra, los tallitos quebrados. Dos meses de cuidados.

Tía Jime, ¿estás enfadada? preguntó Gonzalo, asustado.

No, se agachó a recoger los restos. Ve con el tío Esteban.

Él por fin apartó el móvil.

Bah, eran unos tomates. Plantas nuevos y fuera.

No contestó. Un nudo en la garganta. No eran solo tomates. Era su ilusión, otra vez pospuesta por hijos de otros.

A las cinco, Macarena no llegó. A las seis, un mensaje: Me retraso un poco más. A las siete, nada. Jimena llamó, pero no tenía cobertura.

A las ocho, el ruido de un motor fuera. Al asomarse, un SUV negro paró en la puerta, nuevo y reluciente, desde luego no del taller.

Del coche se bajó Macarena: sonriente, colorada, tambaleando en tacones. Al volante, un tipo de unos cuarenta.

¡Gracias, Alex! Nos hablamos.

El coche se fue. Al girar hacia la casa, vio a Jimena.

Ay, hola. Perdona el retraso. Al salir he visto a un conocido y me ha acercado. Olía a vino y a algo dulce, quizá licor o cóctel. Lo de la entrevista y el taller, mentira.

¿Qué tal la entrevista? preguntó Jimena, serena.

Bien, me llamarán.

¿Y el taller?

Macarena titubeó.

Para la semana que viene, está a tope.

Otra mentira.

Sacó el móvil mirando los mensajes.

Oye, el miércoles, ¿puedes otra vez? Me ha salido otra entrevista.

No.

La palabra salió seca, rotunda. Macarena la miró sin comprender.

¿Cómo que no?

Que no puedo el miércoles.

¿Por? Si igual estás en casa

Trabajo en casa. Y tengo mis cosas.

Frunció el ceño, después le tembló el labio, se le empañaron los ojos.

Jime, sabes por lo que estoy pasando. Sola con dos niños. Pensé que me apoyaríais vosotros, que no tengo a nadie. Y ni un día puedes…

Llevo apoyando tres semanas. Pero no soy niñera ni guardería.

¿Qué te pasa? el tono se hizo áspero. Total, si son tus sobrinos.

No son mis hijos, Macarena. Son tus hijos. Tu responsabilidad.

En el umbral apareció Esteban. Había escuchado el final.

¿Qué pasa aquí?

Macarena se volvió a su hermano, con tono lastimero:

Esteban, tu mujer no quiere ayudarme. Te lo pido solo un día y…

Sollozó, poniéndose la mano en el pecho.

Ya ves como estoy y pensé que vosotros al menos… Pero claro.

No terminó, agitó la mano y bajó hacia el coche. Ya desde la puerta gritó:

Te falta más corazón, Jimena. Más corazón.

Sacó el móvil, pidió un taxi, se sentó en las escaleras sin mirar a nadie. Cuando llegaron, recogió a los niños dormidos y se fue, sin despedirse.

Jimena se quedó en el porche, revuelta por una mezcla extraña de culpa y rabia. Quizás se había pasado.

Esteban miraba su coche alejarse, luego se giró a su mujer.

¿Era necesario así?

¿Así cómo?

Solo te lo pedía por favor… y tú… No terminó y se fue.

Pasó una semana sin noticias. Luego Esteban llegó y nada más entrar:

Ha llamado Maca. Que si una última vez. Te lo pido, solo esta. Si se pasa, me encargo yo.

Jimena lo miró. Agotado, dividido entre hermana y esposa.

Venga, la última vez.

A la mañana siguiente, Macarena llegó besando a sus hijos al vuelo.

Gracias, gracias, que me esperan ya.

Se quedó con Gonzalo y Alba. A mitad de mañana, Jimena abrió el móvil por inercia y vio una foto en Instagram: Macarena en una terraza, rodeada de gente con copas, con una mano masculina en el hombro. Pie de foto: Reencuentro con amigos del cole. Echaba de menos la vida normal.

Subida hacía veinte minutos.

Jimena lo vio todo claro. No había médicos, ni entrevistas. Macarena venía, dejaba los niños y se iba de marcha. Y el marido que la dejó, a lo mejor no era tan malo. A lo mejor simplemente se cansó.

Llamó a Esteban.

Vente a cuidar de tus sobrinos.

¿Eh? Pero estoy trabajando.

Pues que venga tu madre. Ya no pienso hacerlo yo.

Jime, ¿qué pasa ahora?

Entra al Instagram de tu hermana y dime dónde está ahora. Hablamos luego.

Pausa, luego un suspiro:

Vale. Salgo antes del curro.

Llegó dos horas después. Miró a los niños, a su mujer.

He visto la foto dijo bajo.

¿Y?

Igual… era un café con amigos…

Ella siempre vuelve con copas de más. El otro día la trajo un tío en un coche de lujo. ¿No lo ves?

Son mis sobrinos. Ellos no tienen la culpa.

¿Y yo sí? No son mis hijos, Esteban. Si quieres ayudar a tu hermana, hazlo. Pero deja de cargarme a mí con sus problemas.

¡Es mi hermana!

Ella lo destrozó todo y ahora nos planta a sus hijos para irse de juerga.

¡Cómo hablas!

Con la verdad. Siempre miente. Cuando se va, se va de copas, no a entrevistas ni al taller. Yo ya lo tengo claro. ¿Y tú?

Esteban calló. Se frotó la cara.

Vale. Te entiendo.

Macarena llegó tarde. Los niños dormían en el sofá. Entró hablando, excusándose: que si tráfico, que si sin batería, pero Esteban la cortó.

Maca, se acabó.

¿El qué? preguntó, sin entender.

Esto de plantarnos con tus hijos y desaparecer. No somos tu canguro.

Se volvió hacia Jimena, captando el mensaje.

Ya sé lo que hay. Así os las gastáis.

Se fue sin dar las gracias. Cerró la puerta de un portazo.

A la mañana siguiente, sentados a desayunar, sonó el teléfono: Mamá.

Esteban contestó, Jimena solo oía frases sueltas de la madre, con otro cabreo más.

¿Cómo que no ayudáis a vuestra hermana? Yo no puedo, ya lo sabéis

Mamá, nosotros tampoco. También tenemos nuestra vida.

Ah, sí. Tenéis casa nueva y ya no os acordáis de la familia. Así nos va.

Colgó. Esteban dejó el móvil y miró a Jimena.

Está enfadada.

Se nota.

Guardaron silencio. El sol entraba por la ventana, el tiesto vacío en el alféizar. Jimena pensó en por qué se habían mudado: buscaban paz, un pedacito propio. Lo que tenían era problemas ajenos y parientes que solo veían en ellos una obligación.

Esteban le apretó la mano.

Lo siento le dijo bajito. Debí pararlo antes.

Jimena no contestó. Solo apretó sus dedos. No se sentía una victoria. Su suegra enfadada, Macarena igual, y por delante sabían que tendrían semanas de ambiente helado. Pero, por primera vez en mucho tiempo, sentía alivio. Había dicho no. Y Esteban la había entendido.

Lo demás, ya se verá.

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MagistrUm
Estos no son mis hijos: ayuda a tu hermana si quieres, pero no a mi costa. Ella rompió su familia y …