El ángel que pesaba cien kilos y olía a café barato
En la sala de juegos del ala de oncología reinaba un silencio espeso, solo roto por el susurro de folios y el ya célebre quejido de los rotuladores. Era un silencio especial frágil como una copa de vino fino. Demasiado cargado de gravedad adulta para ser un grupo de niños que aún no llegaba a los diez. La consigna era clara: dibujar a su Ángel de la Guarda. Los niños estaban aplicadísimos.
Para Inés, una joven voluntaria, aquel día era casi una prueba de fuego. Estaba hecha al buen gusto tradicional, a esa estética de frescos de iglesia donde los ángeles son jovenzuelos alados, rubios, con ojos de un azul celestial y cara de no haber pisado nunca una losa. Caminaba entre las mesas, maravillada: el ángel de Javi tenía una espada gigante; el de Lucía, unas alas esponjosas como nubes de merengue. Todo quedaba muy canónico, precioso y para qué engañarse, un poco repetitivo.
Entonces llegó hasta Carmen.
La niña tenía siete años. Su cabeza, tras varias sesiones de quimioterapia, era lisa como una bola de billar; su piel, casi translúcida, parecía papel cebolla. Carmen dibujaba con extremo cuidado, sacando la lengua, completamente concentrada.
Inés se asomó por encima del hombro y casi no pudo reprimir un bufido de sorpresa.
En el folio, en vez de un celestial mensajero, había dibujado una criatura peculiar. Era un hombre redondo, masivo. Ocupaba casi toda la página. Sin alas. Eso sí: tenía una barriga enorme embutida en una bata blanca, una cabeza calva como una patata, y unas gafas grandes y torcidas que descansaban sobre su nariz como un botón desabrochado.
Carmen preguntó Inés con cautela, agachándose a su lado. ¿Quién es este? Que estamos dibujando ángeles
Es un ángel contestó convencida la niña, sin levantar la vista de su labor ni un segundo.
Pero es un poco diferente titubeó Inés, buscando las palabras. ¿No tiene alas? Y es tan grandote
Claro que tiene alas replicó Carmen, como si fuera obvio. Las esconde debajo de la bata. Si no, aquí se le pondrían perdidas de porquería. Este sitio está lleno de bichos.
Inés sonrió, indulgente. Así de curiosa es la imaginación infantil.
En el pasillo del hospital, a menudo se escuchaba una respiración bronca, un resuello que venía acercándose como una locomotora. Chas, chas. Pasos pesados que hacían temblar el linóleo.
La puerta se abrió con esfuerzo y allí apareció él.
Pablo Ramírez, el jefe de reanimación. Era un gigante. Gordo, con tres barbillas y esa bata blanca siempre a punto de reventar. El sudor le iluminaba la cara con un brillo mate, la tez era color tierra. Las gafas, gruesas como el fondo de un vaso de chato, bajaban resbalando por la nariz y él las empujaba con su dedo rechoncho. Olía digámoslo claro a tabaco, sudor, y café instantáneo barato del hospital. Llevaba tres días en el hospital, viviendo prácticamente en la salita de guardia, durmiendo en un sofá vencido.
A ojos de Inés, no era más que un hombre agotado y dejado, al que hacía tiempo que tendrían que haber jubilado o, al menos, mandado a la ducha.
Bueno, ¿qué tal, artistas? tronó su voz de ultratumba, como saliéndole directamente de la panza. ¿Seguimos en este mundo?
¡Seguimos, don Pablo! contestó el coro, cada uno en su tono.
Avanzó con paso pesaroso entre filas de sillas, apoyándose en los respaldos como un titán.
Se paró junto a un niño conectado al gotero, pajizo y callado. Le posó la enorme mano en la frente.
Aguanta, fenómeno musitó. Tengo los datos. Lo vamos a conseguir.
Después se acercó a Carmen. Inés notó cómo se le iluminaban los ojos a la niña y cómo estiraba los brazos hacia aquel hombre grandote, humeante de café y tabaco.
¿Estás dibujando? preguntó. Y tras sus gafas de botella, Inés distinguió de pronto no unos ojos mustios, sino un azul sin fondo, avivado por muchas noches en vela.
A ti susurró Carmen.
El doctor bufó, recolocándose las gafas.
A mí no me dibujes. Ese folio no aguanta tanto cuerpo.
De pronto, por el pasillo, rompió el aire el chirrido agudo de la maquinaria. Alarma en vena.
Pablo Ramírez cambió al instante. Desaparecieron el resuello y los pasos arrastrados. Giró sobre sí mismo como si no pesara cien kilos y salió disparado hacia la puerta.
¡Todo el mundo quieto! bramó ya desde el pasillo. ¡Teresa, equipo de reanimación, corriendo!
Inés se quedó allí, la manos apretadas al pecho. Tras la pared llegó el bullicio: órdenes cortas, el ruido metálico, y la voz grave que ya no era dulce sino acero templado.
¡Respira! ¡Vamos! ¡Aguanta! ¡Quédate aquí, respira!
Aquel grito era estremecedor.
Llevaba súplica y autoridad todo a la vez. Inés cerró los ojos, aterrada y pequeña.
Cuarenta minutos pasaron. Eternos, elásticos como un chicle de fresa. Nadie dibujaba. En la sala, todos miraban a la puerta.
Por fin se abrió. Pablo Ramírez entró, sujetándose al marco. Empapado, la bata blanca chorreando, el brazo manchado de sangre. Se quitó las gafas, se frotó los ojos, esparciendo el cansancio por toda la cara. Después, con un quejido de mueble viejo, cayó sobre una sillita de niño, que gimió bajo su peso.
Lo hemos logrado jadeó al vacío. Está dormido.
Inés miró a Pablo. Y de pronto, como si le hubieran arrancado una venda de los ojos, entendió.
Volvió la vista al dibujo de Carmen. Aquella criatura torpe, redonda. Y luego al auténtico Pablo Ramírez.
De repente no vio grasa, ni sudor. Vio la masa. Una tremenda masa de amor contundente, necesaria como un ancla para sujetar aquí, a la tierra, a esas almas frágiles y livianas de los niños, cuando intentan marcharse. Allí, un ángel fino y dorado valdría de poco demasiado ligero, se iría volando con ellos.
Lo que hacía falta era alguien así pesado, sólido, oliendo a tierra y café, capaz de atrapar la vida que se escapa con sus enormes manos y gruñir: De aquí no te me vas.
Su calva brillaba con la luz de neón; no era corona dorada, sino una aureola currante, sudada de tanto esfuerzo.
Carmen se bajó de la silla y fue hasta el médico, que seguía con la cabeza gacha. Le abrazó la pierna, que era hasta donde llegaba.
Ya lo decía yo murmuró, mirándole a Inés con ojos de vieja sabiduría. Esconde las alas. Para que no nos entre frío.
Pablo Ramírez apoyó su mano grandota en la cabecita lisa de la niña.
Le temblaban los dedos.
Aguantad un poquito más, campeones susurró.
Inés se giró hacia la ventana, porque no podía mirar más.
Y entonces, al fin, esas lágrimas que tanto había luchado por ahogar, salieron. Lloró no de tristeza, sino de vergüenza por no haber visto antes lo que era el verdadero milagro. Porque ella buscaba belleza en lo etéreo y limpio, y el verdadero Belleza estaba sentado delante, en una silla rota, limpiándose el sudor con una manga pesado, imperfecto y, aún así, lo más sagrado del mundo.



