Mamá querida

¡Eh, bigotes! ¿De quién eres tú? exclamó Inés, quedándose parada ante el enorme gato naranja que estaba sentado junto a la puerta de su nuevo piso en Madrid.

El gato, como era de esperar, no le contestó. Ni siquiera se inmutó ante la presencia de Inés; siguió en la misma postura, tan solo su oreja desgarrada se movió, como diciendo: ¡Vale, vale, que te oigo! Pero no me pidas explicaciones.

¡Pues no hace falta! farfulló Inés, algo ofendida, mientras rebuscaba las llaves en su bolso.

El gato, como si supiese lo que hacía, se apartó un poco en el felpudo, sin marcharse, y la observó con atención mientras ella se afanaba en meter la llave en la cerradura.

Aquel piso, modesto y pequeño, lo habían comprado ella y Marco hacía apenas un par de meses, tras mil esfuerzos. Era solo de dos habitaciones y en un bloque viejo de Lavapiés, pero para ellos era su mayor logro. Nadie podría quitarles esa felicidad conquistada, ni aunque otros les dijeran que debían aspirar a más.

Medio año antes, ni se atrevían a soñar que algún día tendrían un lugar propio. Antes vivían en la casa del abuelo de Marco, compartiendo baño y paredes con vecinos ruidosos y algún que otro cotilla. Pero lo agradecían; al menos podían vivir solos, sin tener que pedir permiso para cada cosa.

Inés, cuidaos de llevaros bien con los vecinos le aconsejaba la madre de Marco mientras le ayudaba a limpiar la habitación antes de la boda. Que aunque a veces se tomen una copa de más, son buena gente.

¿Y en eso consiste ser bueno? ¿En saber beber? respondía ella con una sonrisa mientras enjuagaba la bayeta y apartaba su eterno alboroto de rizos morenos del rostro.

Aquella melena enloquecía a Marco, pero para ella era un incordio, sobre todo al limpiar. Da igual cuántas horquillas y pasadores utilizara: los bucles se escapaban y le revoloteaban frente a la cara como si fuera un diente de león enfadado.

Es complicado de explicar decía Consuelo, madre de Marco, negando con la cabeza. Han sufrido mucho en la vida, y no todo el mundo sabe superar sus desgracias.

Eso Inés podía comprenderlo. Para ella, huérfana de madre y criada en una familia de acogida que la dejó marchar nada más cumplir dieciocho años, estaban muy claros los mecanismos de la autocompasión. Sabía de sobra lo mucho que puede doler no tener a nadie que cuide de ti.

Su madre la había dejado en la estación de Atocha cuando apenas tenía tres años, con una nota en el bolsillo del abrigo y un conejo de peluche descosido de una oreja. Inés esperaba, sentada en un banco, llorando en silencio, apretando contra sí a Orejitas. Le dolía la tripa y tenía miedo de moverse: si lo hacía, pensaba, su madre volvería y le reñiría.

Pero la madre nunca regresó. En su lugar, apareció un guardia de uniforme impecable, que le hizo varias preguntas, a las que Inés decía que no con la cabeza, demasiado asustada para articular palabra. Solo cuando el policía acarició la oreja deshilachada del peluche y preguntó su nombre, la niña susurró:

Orejitas

El hombre, comprensivo, la acarició en la cabeza y preguntó:

¿Hace mucho que mamá se fue?

Entonces Inés se desmoronó. Lloró tanto que asustó al policía y a los pasajeros alrededor, que durante horas ni siquiera se habían fijado en la niña sola en mitad de la estación, como si la soledad infantil estuviese perfectamente integrada, invisible.

Muchos años después, ya viviendo en una casa de acogida junto con otros seis niños, Inés supo el motivo por el que su madre la abandonó. La mujer reapareció un día a la salida del instituto, alzando los brazos y exclamando:

¡Hija mía, por fin te he encontrado! ¡Dame un abrazo, que te he echado tanto de menos!

Pero Inés, que nunca había sentido verdadera cercanía ni con esa madre biológica ni con los padres de acogida que daban techo y comida, pero nunca cariño, no corrió a abrazarla.

Por mucho que lo deseara. Porque Inés había soñado tantas noches con ese momento; tener una madre, familia, que le dijese te quiero como a los demás niños que compartían clase.

Sin embargo, cuando la mujer apareció con lágrimas y lamentos, Inés notó, con un dolor frío, que nunca podría fiarse de esas lágrimas. Recordaba la estación, los bancos de madera y el miedo de saberse una niña abandonada, aunque los adultos insistieran en que era demasiado pequeña para retener recuerdos tan nítidos. Inés había aprendido a guardar para sí esos recuerdos, como un pequeño tesoro de identidad difícil de compartir.

Fue su hermana Clara, hija de otro desastre familiar, la que se plantó entre la desconocida y la temblorosa Inés, apartándola con firmeza:

¿Quién es esa, Inés? dijo Clara, protectora.

No lo sé balbuceó Inés, sintiendo que el mundo giraba deprisa y todo perdía sentido.

Señora, se ha confundido, aquí no hay ninguna hija suya. Vamos, Inés. Clara le sujetó la mano y tiró de ella fuera del patio. Ya hablaré yo con mamá. No nos moleste.

Inés agradeció el gesto, y aquel día volvieron a casa de la mano. La madre de acogida pareció sorprenderse, pero ambas respondieron al unísono:

¿Qué pasa?

Ese día, sin proponérselo, Inés encontró una hermana. Clara, cuya madre la había dejado por culpa de un padre alcohólico, deseaba, igual que Inés, tener un lazo cercano, aunque no fuera de sangre.

Finalmente, tras insistencia de Clara, Inés aceptó hablar con su madre biológica una última vez:

¿Por qué me dejaste?

Fue difícil, cariño Nadie me ayudó, tu padre me echó de casa.

¿Por qué?

Le dije que tú no eras hija suya

¿Y es verdad?

No

¿Y entonces?

Tuvimos una discusión y yo, joven y tonta, huí. ¿Adónde iba yo con una niña? Pensé que dejarte en la estación era dejarte a salvo. Escribí una nota, dije que volvería por ti

¿Y de verdad creías que bastaba esa nota? No voy a perdonarte. Ni siquiera sé si lo quiero.

Su madre lloraba. Inés, hastiada, se levantó y se marchó sin mirar atrás. Decidió en ese momento que no dejaría nunca más que nadie decidiese por ella.

Clara lo entendió:

Tú decides, Inés. Haz lo que te salga del corazón. Y, sobre todo, no vuelvas a dudar de ti misma.

Ambas aprendieron también que nadie, ni siquiera los adultos, saben siempre la forma correcta de vivir. Con los años, Clara, ya madre de una niña, llegó a decirlo abiertamente:

Lo único que tiene sentido es vivir con alegría, intentando que los tuyos estén bien. Nadie debería envidiar la vida de los demás ni vivir mirando telenovelas ajenas.

Inés encontró refugio en esas palabras. ¿Qué más daba el piso pequeño? Estaba en pleno centro, y, gracias a un poco de esfuerzo y a la ayuda de Consuelo, la madre de Marco, hasta el apartamento más humilde podía convertirse en un hogar acogedor.

Los vecinos, aunque afligidos por la pérdida de una hija y dados al vino, nunca molestaban. Y aquello, con el tiempo, ayudó a Inés a aprender algo que nadie le había enseñado: la compasión auténtica.

Consuelo era una mujer de energía inagotable, y aunque su ofrecimiento desbordante de ayuda desconcertaba al principio a Inés acostumbrada a valerse por sí sola, con el tiempo terminó agradeciéndola.

Inés, ¿me acompañas al centro comercial? preguntó un día Consuelo. Entre Marco, que no tiene paciencia para comprar, y yo, que agarro lo primero, necesito a alguien de buen gusto. ¿Me ayudas?

Y así, tras cada salida de compras, Inés volvía a casa con más bolsas de las que le correspondían; Consuelo le compraba lo que veía que le hacía falta e incluso algún capricho.

Esta chaqueta es ideal para ti, ¿te gusta? Anda, pruébatela.

Los regalos y el intento de conversar con confianza provocaban rechazo en Inés al principio, pero al fin, vino a comprender que Consuelo sencillamente le estaba mostrando un afecto franco, desinteresado.

Con el abuelo de Marco encontró la misma candidez sabia de las personas que han vivido mucho:

¿Estás triste porque vendemos la habitación? le preguntó el abuelo, mientras repasaban los papeles para la venta.

No, don Julián. Ya nos apañaremos. Ahorramos un poco cada mes, aunque sean céntimos. Clara dice que hasta un pequeño colchón da seguridad. Y tiene razón: tener un objetivo ayuda. Todo llegará.

Así me gusta, independientes le respondía él, sonriendo.

¿He dicho algo gracioso?

Julián no respondió, solo la palmeó cariñosamente y pidió que pusiera el agua para el té.

Vaya, así que Consuelo nunca te regaña, ¿eh? ¿Seguro?

¡Nunca! Inés casi se ofendió. Ella me trata como a una hija, y eso jamás lo olvidaré.

El abuelo sonrió, satisfecho:

No está mal que te dejen acercarte. Y tampoco está mal que la gente se preocupe por ti.

No quiero que me compadezcan contestaba Inés.

Todo depende dijo don Julián, tomando aire. En España también decimos te quiero cuando abrazamos, pero antes nos acostumbramos a decir te cuido. A veces lo que necesitamos, cuando estamos mal, es que alguien nos entienda y nos arrope, sin más.

Así aprendió Inés que la compasión no es lástima vacía, sino preocupación sincera, y que no todos necesitan lo mismo. Hay que saber cuándo ayudar, y cuándo dejar que cada uno aprenda solo.

Justo ahora, mientras recordaba esa lección, se dio cuenta de que el gato anaranjado la observaba con ojos inteligentes. No rehuía su mano cuando le acarició la cabeza, pero en vez de entrar, subió de repente las escaleras, dejándola desconcertada.

Pues si no quieres entrar murmuró, a punto de cerrar la puerta.

Pero el gato volvió a aparecer en el rellano, ahora cargando por el pescuezo a un minino idéntico a él.

¡No me lo puedo creer! Inés recogió al diminuto felino, y el gato adulto volvió a subir.

Repetía la operación. Otro bebé pelirrojo, más travieso, que batallaba para soltarse. Inés reía al verlo forcejear y caerse un par de veces, pero el padre insistía hasta que logró depositar a su prole frente a la puerta.

¡Vaya, menudo padrazo estás hecho! Inés abrió la puerta de par en par. Venga, pasa, os estáis ganando la invitación.

El gato entró con cautela, vigilando a sus cachorros. Inés les hizo una camita improvisada y fue en busca de leche.

Aquella noche, reunió al consejo familiar:

Consuelo, si no te importa, me gustaría quedarme con los gatos. No puedo echarlos de casa; los cachorritos me dan lástima.

Inés, cariño le respondió Consuelo, acariciando a uno de los mininos, este piso es tuyo y de Marco. Decidid vosotros. Eso sí, cuenta conmigo para repartir manteca y cariño a quien lo necesite.

Creo que buscaré familia para los cachorros, pero al gato pienso dejarlo. Se nota que tiene mucho que enseñarme.

¿A saber cuidar? preguntó Consuelo, sonriendo.

Marco, que les observaba, asintió y le cedió a Inés la palabra.

Inés entonces, con voz emocionada, confesó lo que llevaba días guardando:

A aprender cómo ser buena madre… ¡Porque ahora voy a tener dos maestros! miró a Consuelo, miró al gato, y rompió a llorar de pura felicidad cuando ella la abrazó.

Y así, Inés comprendió que la familia no la elige siempre uno, pero la compasión sí: es un acto de generosidad sencillo, y regalarla, tanto a humanos como a animales, es la manera de sentirse en casa. Porque el verdadero hogar no es un piso propio, sino la suma de afectos y cuidados mutuos.

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