El tío que se ofreció a llevarme hasta la casa de mis padres resultó ser bizco perdido. Me dejó tirado en el orfanato, menudo pájaro desplumado.

El cigüeñón, al que se le ocurrió acompañarme hasta la casa de mis padres, resultó estar más bizco que una plaza de toros durante la Feria de Abril. Me soltó en el portal del hospicio, como quien suelta una gallina desplumada. Y a partir de ahí ya todo fue cuesta abajo y sin frenos.

Eso sí, para cuando cumplí cuarenta logré salir del pozo al que me lanzó aquel pájaro medio lelo. Me construí una casa, me casé, me compré un coche de segunda mano Que no se diga. Solo me quedaba plantar algo y criar a alguien decente.

De criar, con Leonor podríamos encargarnos de uno, pero lo de repetir nadie lo tenía en mente.

Precisamente en esas divagaciones sobre plantar, criar y el asqueroso lunes lluvioso estaba yo, mientras preparaba un café con aroma a resignación. El viento del pasillo agitaba mis calzoncillos de cuadros familiares, que, por cierto, llegó antes la ropa interior que la familia. Menuda ironía.

De repente, un golpecito en el cristal del balcón. ¿Otra vez los críos del barrio lanzando piedras a las palomas? Anda que no os hace falta cigüeña a vosotros, gamberros.

Otra vez: toc, toc. Y otra. ¿Quién narices llama? Que estamos en un tercero, por favor.

Miro por la cortina y ahí lo veo, pavoneándose en el balcón: el mismo cigüeño bizco de mis peores pesadillas infantiles.

¡Fuera, bicho! le grité, el susto haciéndome soltar el café y el bocadillo en un triple mortal hacia el suelo.

Perdón, Perales, de verdad Perdón mete el pescuezo por la puerta entreabierta, pidiendo clemencia. Cúlpame, acepto mi culpa. Si tienes que picar, mejor del ala derecha, que pesa más.

Largo de aquí, intento empujarle fuera con las dos manos. Que salga cola fuera, donde le toca.

Peraleees, no seas brutooo tose el bicho. Escúchame un segundo hombre

¿Pero ahora hablas, encima? ¿Quieres que te haga una bufanda con ese pescuezo? sigo yo, que paciencia poca.

Vengo a pedir disculfas se le tuerce el pico de la vergüenza.

Has llegado tarde, narigón.

De pronto, timbrazos urgentes. Leonor ha vuelto.

Vuela de aquí, le digo al pájaro, logrando echarlo al balcón. Quiero que para cuando salga no quede ni la pluma.

Me doy la vuelta casi por inercia y salgo hacia la puerta.

Perdún, Perales Perdún. Ya lo he arreglado todo susurra la cigüeña desde la ventana.

Entra Leonor empapada y más feliz que una niña con zapatos nuevos, el pelo pegado a la cara, los ojos brillándole como faroles. ¿Se habrá encontrado también al pájaro loco este?

Sin darme tiempo ni a abrir la boca, lanza el paraguas lejos y se cuelga de mi cuello.

¡Cuatro! ¡Cuatro, cariño! grita por toda la casa.

¿Cuatro qué? le contesto, con la misma comprensión que una rana en una charca.

¡Que vamos a tener cuatrillizos! ¡Cuatro niños, Perales, cuatro! Leonor casi baila de la emoción.

Entonces me cuadra todo: las disculpas del cigüeño y la sorpresa de la mañana. Salgo disparado al balcón. El cigüeño bizco ya solo se ve en el cielo, moviendo las alas como si huyera de Hacienda.

Intento agarrarle el trasero con una mano, pero ya es tarde.

¡Quieto ahí, desgraciado! ¡Ven aquí, narigón!

¡Ya lo arreglé todo! escucho el eco desde arriba.

Me doy la vuelta. Leonor está detrás, llorando de alegría. Y todavía me quedan calzoncillos para repartir.

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MagistrUm
El tío que se ofreció a llevarme hasta la casa de mis padres resultó ser bizco perdido. Me dejó tirado en el orfanato, menudo pájaro desplumado.