Diario personal
Hoy siento la necesidad de poner en orden mis pensamientos. Llevo ya tres años casada con Javier. Su familia, especialmente sus padres, nunca han terminado de aceptar que su hijo es un hombre divorciado. Han pasado más de cuatro años desde esa separación y, aún así, no dejan de buscar la reconciliación imposible entre Javier y su exmujer. Viven anclados en el pasado, insistiendo en reunir pedazos que ya no encajan.
Recuerdo perfectamente cuando le conocí; Javier ya había pasado por el divorcio. Se decía que había sido una separación amistosa. Su exmujer incluso se casó poco después, y siempre sospeché que el amor que la llevó lejos de Javier fue decisivo para la ruptura.
A veces me asaltan las dudas, preguntándome si cometí un error al casarme con él. Mi madre fue quien más insistió en formalizar nuestra relación. La exmujer de Javier se quedó embarazada, y él reconoce que, si no hubiera ocurrido aquello, jamás habría dado el paso del matrimonio. No estaba enamorado, ni siquiera especialmente ilusionado. Sólo salía con ella, nada más. Me casé porque iba a ser padre, me confesó Javier en su día.
Nunca sentí temor por la exmujer; más bien, al principio sólo observaba a Javier y trataba de ver si arrastraba aún aquel matrimonio fallido. Pronto entendí que, para él, esa etapa estaba completamente cerrada. No le importaba ya esa familia, ni sentía nada por su exmujer. Se limitaban a hablar únicamente de su hijo en común. También noté que ella estaba ajena, enfrascada en su nueva vida y en absoluto interesada en retomar nada con Javier.
Sin embargo, la madre de Javier mi suegra, Carmen, no soporta esta realidad. Ni tampoco su padre. Se esfuerzan, una y otra vez, en unir los lazos rotos de una familia que ya no existe. Jamás han visto con buenos ojos mi relación con su hijo.
Todavía eres joven, la vida está por delante. ¿Por qué meterte en una familia rota? me preguntó Carmen cuando una vez nos quedamos a solas.
Respondí con calma que, si Javier hubiera estado casado, yo nunca me habría involucrado. Pero cuando empezamos, él era un hombre libre. Mi suegra pareció querer decir algo más, pero entonces entró Javier en la habitación y prefirió callarse. En ese momento supe que jamás tendría una relación cercana con ella, y la verdad, tampoco me quitaba el sueño.
Nuestra vida juntos ha sido tranquila; apenas mantenemos contacto con Carmen, salvo en fechas señaladas como Nochebuena o alguna otra reunión familiar. Es entonces cuando tengo que soportar sus lamentos por la familia perdida y su nostalgia de la exnuera. Javier procura cortarle las alas, pero al final la historia se repite, una y otra vez.
No sentimos ninguna prisa por tener hijos. La maternidad nunca ha sido una prioridad para mí, y Javier ya tiene a su hijo, algo que a su madre le brinda cierto regocijo. Cuando se divorciaron, Carmen acogió a la exnuera con los brazos abiertos. La invita cada Navidad, suspira por el pasado que jamás volverá, y siempre encuentra un motivo para elogiarla.
La verdad, la exmujer de Javier se mantiene al margen. Va a las reuniones familiares porque, simplemente, le toca. Se nota que la situación le resulta indiferente, y esa pasividad es palpable cada vez que aparece.
Carmen intenta avivar viejas emociones, crear celos donde no hay ninguno. Me llama para preguntarme si sé dónde está mi marido. Si no lo sé, insinúa que está con su exmujer o le manda recados para ella. Mil y una artimañas que no logran más que resultarme agotadoras.
No siento celos. Entre Javier y su ex nunca hubo ni habrá nada. Comparten un hijo y nada más. Él le pasa mensualmente la pensión correspondiente, algunas veces llama a su hijo o le trae a casa. La relación es correcta, civilizada, sin rencillas. Ella nunca intenta chantajes, ni le pone obstáculos a Javier para ver a su hijo. Lo nuestro es simple cordialidad y respeto por las historias de cada uno.
Pero Carmen no parece comprenderlo. Siempre está conspirando. ¿Cuándo se detendrá? ¿Cuándo aceptará las cosas como son? Javier espera que, si algún día le doy un nieto, por fin su madre dé un paso atrás. Pero yo no lo tengo tan claro…
A estas alturas, sólo deseo paz. Ojalá mi suegra encuentre pronto la serenidad que tanto necesita… y nosotros podamos vivir nuestro presente sin las sombras de ayer.






