La herencia del bien: Un legado de bondad

El regalo póstumo

¡Ay, Carmencita! ¡Justo a tiempo! ¡No sé qué hacer!

Carmen dejó caer una bolsa de la compra rebosante en el banco de la plaza, soltando un suspiro que parecía rodar por todo el Madrid de sus sueños.

¿Qué ha pasado, Doña Soledad?

Tranquila, Carmen, recuerda: cortesía, siempre cortesía. Con los mayores, hasta con las las más quisquillosas.

Y de lo quisquillosa que era Doña Soledad Valbuena corría fama por todo el barrio de Salamanca, en esta versión onírica donde las aceras brillan de reflejos verdosos y los plátanos de sombra tienen nombres de monarcas olvidados. Era, sin duda, la señora con más arte para armar líos tras una sonrisa tan dulce como un caramelo de anís, pero lograba sacar de quicio hasta las farolas del paseo.

Ama, está usted equivocada decía alguien, y Doña Soledad bajaba la mirada como si pensara en Cervantes.

¡No me llame ama, por favor!

Ay, pobre de nosotras. En mi época, ser amable era bendición y ahora… ¡En fin! ¡Generación perdida! Pero limpie usted lo de su perrito.

¿Y si no?

Entonces, querida, todo el bloque sabrá de usted mañana.

La amenaza de Doña Soledad, lejos de ser hueca, estaba respaldada por hechos surrealistas: rápidamente, las fachadas del ensueño se cubrían de carteles pegados por sus dedos finos, mostrando la foto del infractor y el texto estampado que nunca variaba: NO NOS ENORGULLECEN. El uso del ordenador y la impresora se lo había enseñado el vecino de enfrente, y papel tenía de sobra gracias a una generosa pensión y la ayuda de sus hijos, de quienes sólo recordaba el número de cuenta bancaria.

Self-impuesta guardiana del equilibrio vecinal, no le importaban las pequeñas multas que los jueces de este Madrid etéreo le ponían de cuando en cuando. Las afrontaba con cortesía, haciendo reverencias a los jueces, ya habituados a tenerla entre los presentes como un hongo tras una buena tormenta, cada vez más convencidos, unos para bien y otros para mal, de que ella era el mal necesario o la salvadora silenciosa.

De vez en cuando la agradecían. Como cuando, gracias a sus campañas, el Ayuntamiento arregló la red de alcantarillado tras una batalla de diez años, con mil y una noches en vela y no menos peleas con funcionarios de todos los calibres y peinados. Los conductores agradecidos la saludaban con un gesto reverente cada vez que la veían pasar, preguntándose si la próxima foto impresa sería la suya, y respiraban tranquilos sólo cuando comprobaban que la mano de Doña Soledad sujetaba apenas sus propias pertenencias.

Sufrían de sus ataques los dueños de perros incapaces de recoger los excrementos de sus mascotas, madres ajetreadas que preferían cerveza al cuidado infantil, deudores crónicos de pensiones alimenticias, borrachos silenciosos y ruidosos, y todos aquellos vecinos convencidos de que las normas de convivencia son una molestia arcaica.

Está claro que no todos la aplaudían. Una vez, la emboscaron en un callejón fantasmagórico de Lavapiés una noche oscura y la apalearon sin entusiasmo, pero suficiente para que una pierna quedara maltrecha y, así, convirtiera el hueso en barómetro meteorológico personal.

Mira el lado bueno decía, suspirando: siempre sé si coger paraguas…

El castigo a los responsables llegó pronto. Para entonces, Doña Soledad tenía enchufes soñados en comisarías, tres policías de barrio y un inspector de paisano a los que recurría sin pudor. Nadie decía que no a la doña enjuta y formal, y menos aún Alejandro, agente bigotudo y vecino de felpa, cuya madre temía más a Doña Soledad que al coco.

La culpa, quizás, era de ese día en que Valbuena convenció a la suegra de Alejandro de que dejar al hijo emancipado en paz era un acto de maternidad tardía y necesaria:

Pero señora, ¿no lo educó bien? ¿Entonces por qué seguir metiendo el pañuelo en el bolsillo de su hijo? Una madre es madre, pero el resfriado lo debe llevar cada uno

Curiosamente, después de aquel encuentro, la madre de Alejandro visitó a su hijo notablemente menos, lo cual permitió la paz y el agradecimiento de esos que tocan fondo en el hogar del policía.

Carmen, que trabajaba como asistente social desde hacía años, conocía todas esas historias. Por eso, al ver llorar a la invulnerable Doña Soledad en el banco del portal, se asustó.

¿Por qué llora usted?

Carmencita su tutelada… Doña Remedios…

¿Qué pasa con ella? Los ojos de Carmen volaron al piso de Remedios.

Allí está Alejandro ahora. Remedios ya no está

El ensueño se volvió denso, y Carmen se sentó en el aire, casi sin sentir el banco bajo ella.

¡Menudo día! Por la mañana, la casa inundada por una tubería rota y los niños llegaron tardísimo al colegio. Pelea monumental con su marido Paco por una bombilla: él, bueno, fiel, trabajador, de esos que ya no quedan, pero hoy… La tontería de siempre, piensa Carmen, una bombilla que bien podría haber cambiado ella sola.

Nervios, ¿la edad? ¿Cosas de mujeres? ¡Bah! Una tontería más Puedes querer mucho a alguien y aun así terminar chillando por el catarro existencial de vivir.

Ayer mismo Remedios le encargó pienso para sus gatos, hoy… ya no está.

Carmen lloró, sin poder contener la pena, tapándose el rostro con un pañuelo que Doña Soledad, siempre digna, le ofrecía.

Ese pañuelo le evocaba el que Remedios le regaló en Nochevieja.

Es para ti, Carmencita. Un regalo humilde, porque la pensión no da para más.

¡Qué preciosidad! ¿Es bordado?

Sí, con tus iniciales.

¡Da pena usarlo!

Solo es un pañuelo, Carmen. Y yo no puedo regalarte más. Ya lo sabes.

Mi abuela decía que el mejor regalo es que se acuerden de ti.

Sabia tu abuela. ¿Aún vive?

Ya no. Mi familia son mi marido y mis niños.

Qué pena. No me malinterpretes. Yo lamento no tener marido ni hijos. Me gustaría, pero la vida… Y, mira: aún teniendo familia, a veces te quedas sola. Más sola que la una. A mí solo me quedan gatos.

¿Por qué no dejó que su sobrina se quedara con usted? Algo de compañía…

No lo entiendes. Querían que renunciara a mi piso. Sí, sí. Para la niña, para estudiar, casarse y llenarlo de nietos. Yo, a la residencia. Mi hermana ya lo tenía todo atado.

¡Eso es inhumano! Usted no es ninguna incapaz.

Para ellos sí, para ellos siempre he sido demasiado torpe para tomar mis propias decisiones. Y, con todo, sigo queriéndolos. Ya he dejado el piso a repartir entre todos en el testamento, no soporto la idea de dejar a uno sin nada. Pero me horroriza pensar qué harán con mis gatos; los detestan. A la basura irán, dicen.

¡Eso no pasará!

¡Ay, Carmencita, tú no los conoces!

¡Ni quiero! Oiga, ¿y si me deja sus gatos a mí? Sólo por si acaso.

¿Cómo?

Sí, los gatos son bienes materiales; póngalos en el testamento a mi nombre. Yo los cuidaré. Eso sí es un legado bueno. Nadie debe sufrir así, menos aún los animales que usted tanto quiere.

¡Eres un ángel! ¡Nunca se me habría ocurrido! Pero es una carga…

Por favor, llamadas cargas. Ya sabe, sin gatos la vida es aburrida dijo Carmen rascando tras la oreja a Manolo, el gato viejo, mientras la más joven Dulcinea le mordisqueaba un dedo.

Uno era regalo de la propia Soledad, otro lo rescató ella junto al Mercado Maravillas. Pronto, Dulcinea parió cinco gatitos preciosos y Manolo resultó ser padre ejemplar. Carmen y Remedios reían mirando a la camada, preguntándose cómo no notaron la barriga de Dulcinea.

¡Pensaba que comía mucho! ¿Qué haré con los gatitos?

Yo te ayudo. En mi huerto caben unos cuantos. Y si no, Doña Soledad moverá cielo y tierra.

Y así nació la herencia bienhechora: ese mismo día, Carmen se llevó la cesta con la familia gatuna. Alejandro, el agente, la ayudó hasta el portal.

¿Me guardas uno? Los niños insisten y mamá ya no se opone.

Elige, cuando crezca un poco será tuyo.

Gracias. Por cierto, ¿y los parientes?

Nada, que no tienen tiempo.

A Carmen casi se le cae la cesta: ¿así, sin más?

No se preocupe, yo lo organizo todo. Porque una persona puede ser amiga en días, y la familia, a veces, no lo es ni en una vida entera.

¡Pues vas camino de parecerte a Doña Soledad! rió Alejandro. Yo te ayudo.

Carmen lo agradeció y se fue, cruzando la reja de su finca en Chamberí, un caserón heredado de abuelos, con muros fríos en verano y calientes en Navidad.

Carmen no podía entender cómo había gente incapaz de cuidar a sus mayores, de mimar a los suyos…

Al entrar en casa, el llanto volvía a tentarla. Olía a guiso, y Paco apareció, asegurándole que ya cambió la bombilla y arregló el grifo para los tulipanes: No llores más, mujer

No lloro mintió ella, entregándole la cesta.

¿Gatos? gritaron los chicos desde la cocina. ¡Quietos, no asustéis a los gatitos!

Los gatos se instalaron con rapidez. Manolo, en agradecimiento, le traía ratones a la puerta como pago por la hospitalidad. A veces, aún iba al corral de Doña Remedios, subía al olmo y miraba a las ventanas oscuras, llamando en voz baja a quien ya nunca le respondería. Nadie se quejaba: sabían que estaba de luto.

Le dieron a Remedios el último adiós rodeada de alumnos de física, de antiguos pupilos que aún la recordaban y, aunque el tiempo había hecho mella en su salud, su bondad la mantenía viva en la memoria de todos.

Pasaron los días. Carmen se quedaba despierta en las noches, una nueva inquietud creciendo en su interior, un secreto que aún no se atrevía a contar, ni siquiera a Paco, y que llenaba su vida de preguntas y esperanza.

Pronto volveré a ser madre confesaba en voz baja a Dulcinea, acariciando los nuevos gatitos. ¿Crees que sabré hacerlo? Hace tanto que mis chicos eran así de pequeños

Dulcinea ronroneaba fuerte, tanto, que Manolo se acercaba preocupado, como un guardián lanudo.

Justo cuando Carmen se armó de valor para revelárselo a Paco, sucedió algo que le recordó que nada, jamás, ocurre por casualidad.

Manolo desapareció por dos días. Nunca antes había sucedido, y Carmen temía que fuera a la casa de Remedios, pero nada. Ni Doña Soledad, ni Alejandro, que patrullaba diario, lo habían visto.

Duérmete, Carmen, si vuelve se rascará en la puerta decía Paco. Los gatos siempre vuelven. Cuando tenga hambre, aparecerá.

¡Lo encerraré, no lo dejo salir más!amenazaba Carmen, mirando a la lluvia por la ventana.

A punto de quedarse dormida en el sillón, no oyó a Manolo volver, pero el gato entró maullando y recorriendo la casa, tan escandaloso que parecía cabalgar por la Gran Vía. Pero la noche era fría, y todas las ventanas bien cerradas. Solo Dulcinea, atenta y miedosa, se desperezó, corrió hasta Carmen y la arañó en la pierna.

¡Ay! ¿Qué te pasa, muchacha? ¿Qué le ocurre a Manolo?

En ese momento, Carmen olió un humo leve e irreal: Manolo la llamaba desde el jardín, y de repente comprendió.

¡Paco! ¡Niños! ¡Se quema la casa!

Fue Dulcinea a despertar a los niños, uno a uno, a mordiscos suaves. Carmen los empujó fuera, con los gatitos en la cesta, y la familia se salvó. Los bomberos, que llegaron por arte de magia onírica, apagaron el incendio rápidamente.

Enhorabuena, lo han hecho bien. A tiempo.

Carmen abrazó a Dulcinea, dio gracias en silencio. Paco puso la mano sobre el vientre de Carmen, adivinando por fin el secreto.

Ya lo sabía, mujer. Lo sabía hace días, por eso cambié la bombilla y arreglé el grifo.

Me dan miedo tantas cosas…

¿Y a ti te da miedo la vida? Si tenemos un ejército: niños, gatos, hasta vecinos con bigote. Todo saldrá bien.

Sí… suspiró Carmen, mientras subía la vista al cielo, donde las nubes tenían forma de gatos y las estrellas cosquilleaban como hilos de oro en el aire de la noche.

Gracias, Doña Remedios, por tu bondad. Gracias por la vida y la compañía, aquí seguimos

Y durante un instante, todo el barrio de Salamanca pareció sonreír, con ese aire irreal y tierno de los sueños que no se olvidan nunca.

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