LA NOVIA

DIARIO DE LUCÍA

Hoy he entendido, quizá del todo finalmente, por qué mis fieles animales nunca han podido soportar a mi prometido, Óscar. Este invierno he sido testigo, a través de la vieja ventana de la sala, de cómo la sonrisa falsa de Óscar se transformó en rabia pura cuando vio que Tana, mi pequeña teckel, pisaba sus deportivas blancas con las patas sucias y él, sin pensarlo, la golpeó. Al instante, mi querida Rayo, mi perra mestiza, intentó defenderla, y recibió un golpe seco con una correa de cuero en la cara. Me sangraba el corazón. Ahora lo comprendo todo.

Me quedé sentada, absorta, mientras la noche caía sobre Madrid y en las ventanas de los edificios se encendían las luces. No sabía si fuera era ya de madrugada, si seguía siendo de día, ni tampoco me importaba. Mi mente revoloteaba entre un millar de recuerdos y pensamientos que no me permitían levantarme.

No me puedo quejar tengo un bonito piso en Chamberí, un trabajo estable como sanitaria en una ambulancia, y no vivo peor que la mayoría, pero en el amor siempre naufrago: las amigas del colegio están todas casadas, criando niños, y yo aquí, con la única compañía incondicional de mis animales. A veces siento que el tiempo pesa, y me pregunto si mi destino es convertirme en esa chica simpática y sola de la que todos hablan, siempre al margen. Pero, ¿por qué yo no, si tampoco soy menos que nadie? Eso me repito, mientras mis suaves compañeros se me acercan buscando caricias.

Me crio mi abuela Puri, después de que mis padres fallecieran, uno tras otro, cuando todavía era una adolescente. Desde entonces, decidí que quería ser médico. No pudo ser: no pasé la nota de corte para la Universidad Complutense y tuve que entrar en la Escuela de Técnicos Sanitarios para terminar de enfermera. Llevo ya años de guardias y turnos eternos en SUMMA 112.

Mi abuela, tan generosa conmigo, se mudó hace años a un pequeño chalet en las afueras de Alcalá de Henares, para dejarme espacio y vida, aunque la ironía es que el amor sigue resistiéndose.

De pequeña soñaba con gatos y perros por toda la casa, pero a mi madre le dieron inmediatamente ataques de alergia la primera vez que, feliz, llegué con Panecillo, aquel gatito callejero. Hubo que llevarlo a casa de mi abuela para no poner en riesgo la salud de mamá. Cuando mis padres ya no estaban, apareció otro gato, Trasto, que recogí junto a un contenedor. Si quería un perro, mi abuela se negaba, le asustaba la responsabilidad.

Y mira tú por dónde, con el paso de los años, la vida me fue llevando a rodearme de una auténtica pandilla. Rayo llegó primero: la encontré acurrucada, tiritando, al lado de un supermercado Día. Era diminuta, llena de pulgas, y la eché a mi bolso y me la llevé a casa. Se movía por la casa como un torbellino y le puse Rayo porque la velocidad era su naturaleza. Pronto se hizo amiga inseparable de Trasto.

Al poco, Tana, la teckel, fue abandonada por unos vecinos que se mudaron al centro y no querían que una perra pequeña les estropeara la nueva decoración. Se quedó llorando bajo la lluvia durante días frente al portal. Al final, las vecinas me lo contaron y a casa que se vino. Le costó meses curarse de la otitis crónica, pero resultó ser una perra casera y entrañable, con un aire de señora mayor en sus andares cuando, en invierno, la sacaba a pasear envuelta en un pañuelo de esos de lana gruesa, que le daban una pinta de abuelita que derretía a cualquiera en el parque.

La siguiente en aparecer fue Duquesa, la gata. Un amanecer, corriendo al hospital para una guardia, ella, un ovillo blanco y mugriento, se me plantó a los pies, como caída del cielo. La metí en el portal, la acerqué al radiador y la alimenté con pan y jamón. Para que no la echasen, dejé una nota: Por favor, no la molesten; esta tarde volveré por ella. Lucía, piso 2ºA. Cuando la recogí, ya tenía nombre: Duquesa, por la dignidad que mostró nada más instalarse. Pronto puso orden y se convirtió en la indiscutible jefa del grupo, hasta patrullaba la casa por las noches vigilando que estuviese todo en calma.

El último en llegar fue Chico, un gatito que rescaté en el Retiro, al que estaban a punto de atacar dos urracas. Siempre ha sido silencioso y obediente. Mis cinco rescatados viven en sintonía, tratando de no darme disgustos.

Claro que sé que no es sencillo encontrar pareja con tanto animal. Mi abuela me lo ha advertido mil veces:
Lucía, hija, ¿cómo vas a mantener tantos animales? A los hombres no les suele hacer gracia
Pues no quiero a alguien que no los acepte, abuela, contestaba siempre.

Mi primer novio serio, Jorge, nunca soportó la idea de animales en casa y la relación se acabó pronto. No sufrí por él. Después conocí a Óscar. Campeón autonómico de natación, divertido, carismático, incluso sacaba a pasear a Rayo y Tana conmigo. Pensé que por fin había encontrado a mi compañero. Pero con el tiempo, toda mi tropa comenzó a ignorarle: Rayo gruñía, Tana se escondía detrás de mis piernas. Ni los gatos querían acercarse, y Duquesa le bufaba.

Aquella tarde en la que vi cómo Óscar maltrataba a mis perros, sentí que tenía que protegerlos incluso de él. Le arrebate la correa, le abofeteé con ella y le eché de mi vida.
¿Pero tú estás loca? protestó, frotándose la mano.
¿Te duele? ¡Pues imagina a ellos! ¡Nunca te atrevas a ponerles una mano encima!
Y se fue, horrorizado de mi zoológico.

Me dolió. Yo ya me veía casada, imaginando una vida juntos. Me costó meses olvidar sus palabras crueles y la fea sensación de haber fallado. Y, sin embargo, la vida siguió. Un año después, cuando ya casi había aceptado mi destino, conocí a Alejandro, traumatólogo, durante una guardia larga.

Fue un flechazo, aunque no me creía capaz de esos arrebatos. Alejandro me buscó el número y empezó a llamarme. Era reservado y serio, pero notaba que le importo de verdad. Poco a poco nos fuimos acercando, y por primera vez sentía miedo de perderle. Así que escondí mi verdad: nunca le hablé de mi jauría ni de mis gatos. Pensé que, una vez casados, ya no habría vuelta atrás.

Durante medio año, Alejandro conoció a mi abuela, me presentó a su hermana Irene, viajamos hasta León para comer con sus padres. Pero a mi piso nunca le invité; siempre tenía excusas sobre familiares enfermos, virus, desorden. Las sospechas crecían y ya no podía seguir engañando.

Decidí que era mejor mover a todos mis compañeros al chalet de mi abuela en Alcalá. Allí, al menos, no estarían mal y no causarían problemas. Mi abuela se echó las manos a la cabeza:
Lucía, esto no está bien. Alejandro es buen hombre. Debes contar la verdad.
Abuela, si me deja por esto no lo soportaría. Pero tampoco puedo vivir sin ellos. Estoy perdida.
Bueno, pero ven cada día, ¿eh? No abandones a tus animales.

Así lo hice, entre la tristeza por ocultar mi hogar verdadero y la ansiedad por no saber qué pasaría. Al fin, Alejandro me pidió matrimonio: me regaló un anillo de plata con una amatista en forma de corazón.
Pero ya te aviso que no tengo gran dote me atreví a bromear, aún temblando de felicidad.

Todo era preparativos, invitaciones, menú para el banquete, idas y venidas a tiendas y floristerías. Hasta que, en una de esas tardes agotadoras, Alejandro, sin querer, descubrió una bolsa rebosante de latas y restos de comida para animales, entre la basura.
¿Y esto?
Nada, cosas que me dejó una vecina.

Luego, aquel mismo día, mientras mi abuela abría la puerta para conversar con la cartera y cobrar su pensión, Rayo y Tana escaparon junto a Duquesa, Trasto y Chico solo Panecillo se quedó dentro. Cruzaron Alcalá como una banda organizada, encabezados por Rayo, con Tana deslizándose como siempre, tapada con su pañuelo ladeado, robando sonrisas a los viandantes.

Cuando oímos unos arañazos y maullidos en la puerta de casa, Alejandro abrió y no pudo más que quedarse boquiabierto: toda mi tropa entró hecha una fiesta, nevados y triunfantes, Rayo meneando el rabo y Duquesa dirigiendo el cotarro. Yo no supe dónde esconderme de la vergüenza y terminando sentada, sollozando en silencio.
¿Son tuyos?
Sí. Estaban con mi abuela.

Mis perros lo rodearon, bufando y ladrando, Duquesa le enseñó los colmillos, y Alejandro sólo pudo bromear:
Vaya, y decías que no tenías dote

Sin decir más, cogió el abrigo y salió. Sentí que caía el mundo. No le llamé ni me atreví a buscarle. Abracé a mis animales, lloré. Lo merecía, pensé; por embustera no merece nadie, ni amor, ni boda.

Pasaron unas horas. Anochecía. Sonó el timbre y no podía creerlo: era Alejandro, sonriendo, cargado de sacos de pienso y golosinas para perros y gatos. Dejó todo eso en el recibidor y, al cabo, volvió con una correa en la mano.
No cierres aún.

Reapareció, trayendo una teckel vestida con un abrigo rojo.
Esta es mi perrita, Nika. Y esta, Maruja sacó una gata anaranjada de debajo del abrigo. ¿Aceptará tu equipo nuevos miembros?

Han pasado los años. Alejandro y yo siempre recordamos esta historia y ahora reímos juntos. Quién sabe si, de no ser por aquel dote, no estaríamos hoy tan felices, con nuestra casa llena de colas, ronroneos y pequeños líos, sabiendo que la mayor prueba del amor empieza, quizá, aceptando lo que para otros sería inaceptable.

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