Mi suegra, que parece haber nacido con el gen de la inflexibilidad y otro extra de cabezonería, ha hecho imposible que mi marido y yo encontremos algo parecido a la paz en nuestro día a día. Su afán de meterse en nuestras vidas y sus discusiones dignas de la radio de madrugada habrían mareado hasta a un santo. A pesar de que ella parecía desaprobar cualquier cosa que hacemos, por motivos familiares nos vimos obligados a compartir techo con ella después de casarnos. La situación era de telenovela: nos dedicábamos a actividades rurales como recoger moras en las afueras de Segovia, supuestamente para hacer mermeladas y conservas. Por supuesto, las sobras nunca llegaban a nuestra parte del congelador. Todo iba directo al suyo, como si estuviéramos llenando el cochinillo para la fiesta que sólo ella disfrutaría.
Al principio, me unía a estas excursiones únicamente los fines de semana, porque tenía que cumplir con mi trabajo en la oficina, que aunque no sea en la Gran Vía, también cansa. Pero tras el nacimiento de mi hija, pasé de ser visitante de fin de semana a “cuidadora de moras profesional” casi a diario. Mi suegra sostenía, con la firmeza de una señora que lleva años en el puesto de mercado, que lo suyo era madrugar para recoger la fruta cuando la brisa de la mañana da vida a los campos, aunque en realidad lo que había era calor pegajoso, mosquitos por doquier y barro hasta los tobillos. Y, por supuesto, toda la fruta acababa siendo congelada escrupulosamente y guardada bajo tres llaves.
La cosa se calentó cuando mi marido, ya harto de la situación, le habló por fin sobre la falta de apoyo económico que sufríamos. Porque en algún momento, hasta los jóvenes de Salamanca merecen una mano. Esto terminó en una bronca monumental donde mi suegra, nunca corta de recursos, decidió vengarse sirviéndonos un caldo con un trozo de carne tan mísero que ni el gato de la vecina lo hubiera tocado. Me sentí tan humillada y cabizbaja que acabé encerrada en el baño, llorando a lágrima viva, como si estuviese protagonizando una tragedia de Lorca.
Finalmente, tomamos la sabia decisión de alquilar un piso y largarnos de allí, invirtiendo nuestros ahorros en euros en un modesto apartamento en Valladolid. La tranquilidad volvió, y pudimos respirar de verdad por primera vez en meses. Aunque seguimos haciendo alguna visita ocasional, he elegido como acto de protesta secreta rechazar el té que ella ofrece en su casa, como quien se niega a participar en un brindis de sobremesa. Ella sabe muy bien por qué lo hago, pero, como suele ocurrir, seguro que le importa más bien poco.
Y ahora dime, ¿qué opinas tú de todo esto? ¿A quién le da la razón tu sentido común? Porque en esta historia de nueras y suegras, quizá sea imposible encontrar la respuesta perfecta.





