Victoria, mi mejor amiga desde la infancia, y yo nunca nos habíamos separado. Fuimos juntas al parvulario, al colegio y hasta terminamos estudiando en la misma universidad en Madrid. Allí, en medio de un campus bañado de sol, conocí a un joven cautivador, con encanto y elegancia, como sacado de un poema de Lope de Vega. Yo sentía que mi alma volaba de amor por él, pero el destino tejía otras telarañas.
Una tarde de niebla dulzona, él vio a Victoria por casualidad. Ella, con su belleza española y una gracia misteriosa, le hechizó sin remedio. Él se enamoró de su risa como si fuera un canto flamenco.
Cuando Victoria, con voz de niña y ojos de aceituna, vino a preguntarme si podía jugar a seducirle, confesando que algo ardía también en su pecho por él, vacilé y murmuré que no me molestaba, aunque mi corazón decía otra cosa. En realidad, regalé mi propio amor como quien deja una rosa en el altar de la amistad.
La vida siguió, como un tren fantasma que cruza paisajes oníricos. Victoria y yo formamos nuestras familias en barrios distintos de Sevilla. Tuvimos hijos que parecían correr por la Plaza Mayor en nuestros sueños. Poco a poco, el recuerdo del joven se diluía como bruma sobre el Guadalquivir y yo me volqué en el calor de mi hogar.
Un amanecer imposible, Victoria me pidió que la cubriera, pretextando una cita secreta. Me pregunté por qué su marido no debía saber nada. Ella me confesó entre susurros que se había enamorado de otro hombre y no podía dormir sin pensar en él. Sin embargo, no pensaba dejar a su esposo, pues él era buen proveedor, amaba a los niños con todo su corazón y la trataba con ternura.
Me quedé perpleja y flotando en el aire como una mariposa sin rumbo. Su esposo era el padre ideal, exitoso en su trabajo y amable como un abuelo contando historias en la sobremesa. No lograba entender por qué le faltaba a su lealtad. Si hubiera sido frío o desatento, encontraría lógica en sus actos. Pero con tanto amor y cuidados, ¿por qué lanzarse al abismo de nuevos sentimientos inciertos, en vez de regar el jardín que ya florecía bajo su ventana de verano?




