Recuerdo a Rosalía, una mujer ya jubilada que vivía en un pequeño pueblo de Castilla, dedicada a cuidar su vieja casa y el huerto que con tanto esmero mantenía. La tranquilidad de su día a día se vio alterada cuando los problemas empezaron a golpear la familia de su hijo que residía en Madrid. Su nieto, Gonzalo, siempre había sido un muchacho educado y sereno. Destacaba en sus estudios, aunque decidió dejar de lado la universidad para buscar trabajo en una fábrica. Se casó joven y tuvo un hijo, pero su vida dio un vuelco peligroso cuando cayó en la trampa del alcohol.
Muchas noches se le veía acompañado de malas compañías, entregándose a hábitos destructivos que sólo traían conflictos y discusiones sin fin entre sus seres queridos. El matrimonio pendía de un hilo. En su afán de sostener a la familia y no ver a su nieto perderse, Rosalía le propuso venirse a vivir con ella al pueblo. Estaba convencida de que el aire nuevo y su compañía le harían bien, además de aliviar su propia soledad y ganar ayuda en las faenas del hogar.
Al principio, la presencia de Gonzalo tuvo efectos positivos. Empezó a mostrar señales de recuperación y su esposa también pareció animada. Juntos se adaptaron a la vida rural y comenzaron a colaborar en el huerto. Sin embargo, apenas transcurrido un mes, Gonzalo regresó a sus antiguos hábitos. Pronto, su esposa se marchó a la ciudad con su hijo, dejándole solo. Él, lejos de desanimarse, se buscó una nueva compañera de espíritu similar y ambos se instalaron en la casa de la abuela, sin preocuparse del dolor de la anciana.
A los pocos meses, surgieron las dificultades económicas los prestamistas reclamaban el dinero que Gonzalo debía. Incluso llegó al extremo de pedir préstamos a los viejos amigos de Rosalía, lo que sólo sirvió para aumentar su sufrimiento. No obstante la situación, Gonzalo consiguió convencer a su abuela para que pusiera la casa a su nombre, dejándola en una posición muy delicada. Temerosa de acabar en la calle, Rosalía aguantó como pudo mientras la pareja seguía viviendo de su generosidad, sin mostrar nunca intenciones de ayudar.
Una tarde, sumida en la desesperación, Rosalía soltó un suspiro: Del infierno, no tengo miedo… ya lo he vivido en esta vida. El joven y su nueva pareja soñaban ahora con montar un negocio propio y solicitaron un préstamo en una sucursal del banco del pueblo. Sin embargo, todos sentían que si algo salía mal, podrían verse los tres mendigando en las calles, enfrentándose a las consecuencias ineludibles de sus propios actos.




