¿Estás segura de que no te molesta? me preguntó Marina, de pie en el rellano, con un bolso cruzado y esa sonrisa algo confusa que nunca le había visto antes. De verdad que entiendo que sea un lío, lo entiendo.
Venga, Marina, deja de darle vueltas. Entra ya. Me aparté para dejarle paso y sujeté la puerta. El cuarto de invitados está libre, a Diego no le importa. No pasa nada.
¿A Diego no le importa? repitió, y en ese eco había algo raro. No era ironía, más bien sorpresa. Como si la palabra no le importa tuviese para ella un peso especial.
Él rara vez se queja le dije mientras me iba hacia la cocina. Déjate los zapatos ahí a la izquierda, tienes unas zapatillas.
Así empezó todo.
A ver, yo, Olalla, tengo ya cincuenta y dos. Y Marina, que es mi amiga desde la facultad, acaba de cumplir los cincuenta y uno. Llevábamos años viéndonos solo de vez en cuando, llamadas, algún café en la Plaza Mayor Yo pensaba que la conocía bien. Lo suficiente como para invitarla a casa sin pensarlo mucho. Marina acababa de divorciarse; la casa de alquiler se le terminaba, los papeles del nuevo piso iban lentos. Necesitaba un sitio un par de semanas, como mucho un mes, para aguantar el tirón.
Vivimos en Ávila, una de esas ciudades medianas donde los barrios se parecen un poco todos y en las tiendas ya te reconocen por la voz. El piso es de tres habitaciones, en una calle tranquila, tercer piso con vistas a unos tilos. Diego, mi marido, trabaja en una constructora bien posicionada. Yo, doy clases de economía en un instituto de FP. Llevamos veintitrés años juntos. Nuestra hija vive en Salamanca. El piso tiene esa comodidad de sitio vivido, donde todo está ya en su lugar y cambiar cosas da una pereza enorme.
Marina llegó con una maleta grande y una caja. Se instaló sin hacer ruido, apenas la sentí los primeros días; salía a primera hora, volvía de las últimas. No comía mucho, hablaba todavía menos. Diego, la primera noche, comentó:
¿Por cuánto tiempo?
Un mes le respondí.
Un mes repitió, y usó exactamente el tono de Marina en el portal.
No le di más importancia, la verdad. Soy de las que creen que los detalles no significan tanto. O me creía eso.
El primer toque raro llegó a la segunda semana. Un lunes por la mañana entré al baño y vi el frasco de colonia en el borde del lavabo en vez de en su hueco habitual. Era Gardenia, un frasco verde oscuro, con tapón plateado, que compraba siempre en la droguería de la calle Canovas. Lo puse de nuevo en su sitio y seguí con mi día. Pensé que quizá lo había movido yo misma.
En la tercera semana noté otra cosa.
Desayunábamos las tres juntas. Yo tengo mi modo especial de preparar el café: un poquito de agua fría al principio, después la caliente, pero sin que hierva del todo, así no amarga. Diego lo sabe y me lo valora. Ese día, como yo me entretuve al móvil, Marina hizo el café. Diego lo probó y dijo:
Mmm, está bueno.
Se lo copié a Olalla dijo Marina, sonriendo. Ella siempre lo hace así.
Fue todo simpático, inocente. Yo sonreí también aunque noté un pellizco raro. Algo que arañaba por dentro.
El trabajo me absorbió y la sensación se me disolvió entre exámenes y reuniones. Al volver a casa, todo estaba ordenado, tranquilo. Marina, por lo visto, limpiaba y recogía sin que nos diéramos ni cuenta. Diego se acostumbró rapidísimo.
Hoy ha cocinado ella me informó una tarde, contento, casi como si me anunciara un premio. Sopa de alubias. Muy rica.
Si yo también hago esa sopa dije yo.
Sí, claro me respondió. Se parecen.
No pregunté cuál le gustaba más. Él tampoco lo aclaró.
Marina, en ese tiempo, trabajaba desde la habitación de invitados, gestionando algo de papeles. Luego salía para hacer la comida y, por la tarde, reaparecía peinada y vestida, normal, como para salir. Yo entonces caí en que yo, cuando oscurece, me pongo chándal y un jersey viejo, y ella parecía estar siempre más arreglada que yo en mi propia casa.
Un día Diego se sentó con ella a ver la tele. Yo en la habitación, corrigiendo ejercicios, oía las voces a través de la pared: charlaban tranquilos, se reían. Hasta el tono del de Marina se parecía al mío, solo que un poco más dulce. Me lo tomé como una casualidad, pero el runrún volvía de vez en cuando.
Marina empezó a peinarse distinto. Antes, llevaba el pelo por encima del hombro, muy moderno. Ahora, se lo recogía en ondas hacia atrás, como hago yo. Me lo crucé en el espejo y, por un momento, éramos como una foto doble, la de ahora y la de hace años, las dos en fila.
Te queda bien así le dije.
¿Sí? me contestó, tocándose una mecha. Te lo vi y pensé en probar.
Otra vez ese te lo vi a ti. Otra vez ese copia discreto. Yo sonreí y me fui a la cocina, pero por dentro no me hacía gracia.
Llamé a mi hija el domingo.
Mamá, ¿cómo vais por ahí?
Bien. Está aquí Marina, como te conté.
Ah, ¿todavía?
Sí, los trámites van despacio.
Bueno ¿y papá?
Bien. Se lleva bien con Marina.
Pausa.
¿Eso es bueno o es malo? me preguntó.
Bueno dije yo. O eso me dije.
Me quedé largo rato con el té frío mirando por la ventana. Esa frase, se llevan bien, era neutra. Pero noté que la decía midiendo el terreno, como si tanteara.
La quinta semana, Marina me pidió la receta de mi bizcocho.
El de manzana y canela que hiciste el domingo pasado.
No la tengo escrita, lo hago a ojo.
¿Me lo explicas? Lo intento yo.
Se la expliqué, ella tomó nota en el móvil. Tres días más tarde ya había un bizcocho en la cocina. Diego decía muy bueno, y yo no llegué a adivinar si lo decía por costumbre o porque realmente no notaba la diferencia.
Esa noche, abrí el armario del recibidor y allí encontré una cazadora gris clara, con cinturón, igual que la mía. Evidentemente, Marina se había comprado una parecida. Mi cazadora colgaba a su lado. Estuve un rato mirando las dos, colgadas iguales.
No le pregunté. No por miedo a la respuesta, sino porque no supe cómo plantear una pregunta que no sonase ridícula.
El trabajo apretaba: auditoría en el instituto, mucho papeleo. Diego pasaba más rato en el salón, Marina también. Yo, tras la puerta, oía trozos de conversación, entraba alguna vez, me integraban, pero cada vez más como quien se suma de invitada, no como anfitriona.
Al final lo solté con Diego, una noche ya, cuando Marina se había acostado.
Diego, ¿no te parece que últimamente Marina me copia un poco?
Me miró con cara de no entender.
¿Marina?
Sí. El pelo, la cazadora, las recetas, hasta el perfume.
Bueno, a ver, eso pasa mucho entre amigas, ¿no? Se coge uno costumbres del otro.
Supongo respondí, y no seguimos.
Me quedé pensando en la cama: sí, tiene razón, es normal copiarse cosas entre amigas. Quizá yo también cogí alguna manía de Marina que ni recuerdo. Es normal. Repetía la palabra por dentro: normal. Pero no calaba.
A partir de entonces me fijé más, buscándolo. Y lo vi todo: cómo Marina inclinaba la cabeza como yo, cómo ya pedía el té sin azúcar, cuando antes le ponía dos cucharadas. Usaba mi misma expresión de eso es, justo eso. Eso ya no era casual.
Llamé a Nina, una colega de trabajo, de esas con las que hablas de todo.
Nina, ¿a ti te ha pasado que alguien empiece a transformarse en ti?
¿Cómo?
Eso, que te copia. Forma de vestir, de hablar, manías
Eso es envidia silenciosa me soltó. Quiere tener tu vida, no puede, y va cogiendo trocitos.
Me quedé callada.
¿Tienes a alguien así cerca?
No sé, supongo que no…
Pero sí lo sabía.
La conversación definitiva con Marina no fue buscada. Fue tomando té en la cocina, las dos solas, una noche cualquiera.
Olalla, eres una tía completa me dijo de repente. Te miro y pienso: así debería ser la vida. Piso, marido, trabajo. Todo en orden.
Eso no viene solo, ¿eh? He tardado veinte años en poner orden le dije yo.
Lo sé, y se nota. Se siente. Diego, tu marido también.
Paró.
¿El qué Diego?
Que te valora. Me lo dijo, que estáis bien, que os entendéis.
Dejé la taza.
¿Hablas con él de mí?
A veces. Sale en la conversación. Te pone por las nubes.
Eso está bien dije, pero sentía lo contrario.
No sabía decir por qué, pero me incomodaba. ¿Un marido que habla bien de su mujer a la amiga? No debería molestarme. Pero algo no estaba bien. Lo notaba. La intuición femenina, de la que tanto me reía, me avisaba fuerte, aunque sin palabras.
Al final de la sexta semana, Marina me pidió coloniala Gardeniaporque ya no le quedaba.
¿Puedo usar un poco? No me da tiempo a comprar.
Claro le dije.
Por la noche vi que el frasco estaba casi vacío. Recordaba perfectamente que, una semana antes, quedaba más de la mitad.
Lo guardé en el armarito y le eché el cierre que no usaba desde hacía años. Me miré en el espejo. ¿De verdad he llegado a esconderle la colonia a una amiga? Eso pensé pero no lo abrí.
Esa noche Diego llegó de buen ánimo (ya hacía días que eso coincidía solo si Marina estaba en casa). Trajo una tarta del Horno de San Pedro.
Hoy celebramos, ¿no?
Marina se emocionó tal cual me emocionaría yo si mi marido trajera una tarta porque sí. Ni más, ni menos. Justo. Yo lo observé desde el marco de la cocina Y de repente vi que Marina era la versión de mí misma que responde siempre bien, que da las gracias, que ríe, que inclina la cabeza en el momento justo. Igual que yo, sí, pero con más ganas, sin la rutina de veintitrés años.
Y Diego, aunque no fuese consciente, lo notaba.
Cené tarta con ellos, charlamos de bobadas, todo parecía normal. Pero por dentro yo sentía que mi casa estaba igual que siempre, pero desplazada. Como cuando te mueven una silla solo un centímetro.
Todo se aclaró de golpe porque me tocó ir, de un día para otro, a un cursillo en Segovia. Cuatro días. El director del instituto me lo propuso un viernes, y acepté el lunes. Se me pasó por la mente: Dejar a Diego y Marina solos. Pero enseguida me dije: Bah, adultos, va a estar todo bien. No pasa nada.
Antes de irme lo hablé en la cocina con Diego:
Vuelvo el viernes tarde. Marina puede ayudarte con la cena.
Tranquila, nos apañamos.
No estoy preocupada le dije.
Lo miré bien. Estaba sereno, casi aliviado. Veintitrés años dándome cuenta de todos los gestos de esa cara. Y ahí algo era ligero. Como quien ha perdido una carga.
Salí el miércoles. En el tren, leía, miraba el paisaje, al final me aburrí. Por la noche llamé a Diego.
¿Todo bien?
Sí, aquí cenando, todo en orden.
¿Marina está?
En su habitación.
Vale, hasta mañana.
Nada fuera de lo normal, ni rastro de nada raro.
No dormí muy bien. Pensaba cosas sueltas: los recados, el curso, la vajilla, mi hija, la cazadora gris, la colonia, todo eso.
El jueves por la tarde el director me llamó.
Olalla, el curso termina mañana, pero lo de mañana es repetir cosas que ya sabes. Aprovecha y vuelve hoy si quieres.
Vine en el tren de las nueve. Taxi, rápido; Ávila ya dormida.
Entré. No llamé porque supuse que todos estaban ya acostados.
Pero no.
En el salón había velas encendidas, dos, sobre la mesa. Había platos, copas, un par de boles con cosas de cena. Olía a comida y… a Gardenia. El frasco estaba guardado. Así que Marina había comprado otro.
Diego en el sofá, Marina a su lado, con un vestido azul marino de un corte que solo llevaba yo, de mi estilo y color favorito. El pelo igual que yo. Se giraron al verme.
Hubo tres segundos de silencio.
Vaya, llegas pronto dijo Diego.
Ya veo contesté.
Dejé la maleta, colgué mi abrigo. Hice todo lento, muy consciente de cada gesto.
Solo era una cena, Olalla, dijo Marina. Hemos cenado y…
Ya veo. Con velas.
Otra pausa.
Muy romántico añadí sin levantar la voz, sorprendida del autocontrol.
Diego se levantó.
No empecemos
Diego le corté bajito. No digas que no empecemos.
Ni él ni Marina dijeron más.
Entré en la cocina, me serví agua. Al mirar por la ventana, vi mi maceta de geranios regada. Eso tocaba los miércoles… pero yo el miércoles no estaba. La ha regado Marina, pensé.
Volví.
Marina, ¿mañana buscas otra casa?
Levantó la mirada.
Olalla, sé que esto parece
¿Mañana encuentras otro sitio? repetí, firme.
Sí. Lo encuentro.
De acuerdo.
Cogí la maleta y fui al dormitorio. Cerré, no con llave. Me tumbé en la cama, vestida. Oí cómo recogían, luego cómo echaban las luces. Al rato, el crujido de la puerta de la habitación de invitados.
Diego no vino a la cama. Le oí tumbarse en el sofá del salón. Más claro imposible.
Al día siguiente, me levanté la primera. Hice café, lo tomé de pie en la ventana. Una mujer pasaba con un perro, se oían palomas en el tejado de enfrente. Un viernes cualquiera, de los de siempre.
Diego salió a las ocho, se quedó en la puerta de la cocina.
Tenemos que hablar dijo.
Sí le respondí.
Olalla, entre Marina y yo no ha pasado nada.
Quizá.
No quizá. No ha pasado.
Diego, no entiendes. No se trata de eso. Hablo de lo que vi anoche y de lo que llevo viendo mes y medio.
¿El qué?
Me giré.
Vi cómo en mi casa entraba alguien y se convertía en mí. Mi corte, mi perfume, mi bizcocho, mi cazadora, mis gestos. Y mi marido, que lo nota y le gusta, porque es yo, pero sin las rutinas. Sin hartazgo. Sin veintitrés años de costumbre.
Él calló.
No es un reproche dije. Solo lo que he visto.
Exageras me soltó al rato.
Tal vez. Cuando vuelva del instituto, quiero que no haya nada suyo en la habitación.
Olalla
Y otra cosa: la ceguera, la ingenuidad debe de ser lo mío. Confiaba demasiado. En los dos.
Salí. Cerré la puerta con cuidado.
En el trabajo di dos clases, revisé listas, tomé un té con Nina que no me preguntó nada pero me miró con esa empatía tranquila que hace innecesario cualquier interrogatorio.
Al volver, la habitación de invitados estaba vacía. Todo limpio, sin rastro. Solo una pequeña peina blanca en el baño. La agarré y la tiré a la basura.
Diego seguía en casa, pegado al móvil. Cuando me vio, levantó la mirada.
Se ha ido.
Ya lo veo.
¿Y ahora qué?
Colgué el abrigo, fui a la cocina a mover cacharros. Me hacía falta moverme.
Diego, llevamos veintitrés años juntos. Dame tiempo.
¿Cuánto?
No sé. Unos días.
Unos días se hicieron una semana. Compartíamos piso, pero como a veces hacen los extraños que viven juntos: correctos, distantes, cada uno a su bola, sin compartir horarios ni comidas. Diego intentó hablar varias veces, pero yo no quería, no es que estuviese enfadada, pero aún no podía poner en palabras lo que pensaba.
Esa semana, me dio por pensar mucho. De cómo empezó todo, de cómo le abrí la puerta a Marina casi sin pensarlo porque es lo que haces por una amiga en apuros. De cuándo noté el primer malestar y no quise nombrarlo. Envidia silenciosa, lo de Nina. Copiar no por fastidiar, sino porque tal vez le faltaba una vida propia.
Y lo más doloroso no era Marina, no: era Diego.
Podría no haberse fijado. O habérmelo comentado. O bien hacer como si nada Pero no: él veía a la copia mejoradaasí lo llamaba yo en mi cabezay le gustaba. Traía tartas. Reía en el sofá. Montaba cenas especiales cuando yo no estaba. Tal vez no era consciente, pero ahí estaba.
La segunda semana llamé a mi hija.
Mamá, te noto rara.
¿Rara?
Sí, la voz.
Creo que Diego y yo nos vamos a separar.
Pausa larga.
¿Por Marina?
No solo. Ella lo ha hecho más visible. Lo otro ya estaba.
¿El qué?
No sé explicarlo. El acostumbrarse hasta dejar de verse. Ella llegó y fue yo, pero mejor. Y a él le gustó.
Mamá…
No te preocupes, no lloro. Te lo cuento, nada más.
¿Te vas a quedar sola?
De momento sí. Y está bien.
Esta vez lo dije y sí, me caló: bien. Porque esto lo elijo yo.
La charla con Diego fue el domingo por la tarde. Fui directa:
Creo que tenemos que separarnos.
Él lo meditó.
¿Eso es definitivo?
No lo sé. Pero necesito espacio. Saber quién soy aparte de este piso, de ti, de todo.
Todo esto por una cena con velas, Olalla, no tiene sentido.
No es la cena. Las velas fueron solo lo último. Antes hubo muchas cosas: lo vi y me callé, y me decía que era normal pero no lo era.
No entiendo en qué me equivoqué.
En nada concreto. Solo que dejaste de verme. Si hubieras visto que una desconocida acababa siendo como tu propia mujer si me veías a mí, lo habrías notado.
No respondió. No había cómo.
El piso lo venderemos, o te compro tu parte. Más adelante. Ya lo veremos.
¿Y tú dónde vas a ir?
Alquilo algo. Por aquí, por otro lado, no sé.
Con cincuenta y dos años, cambiarlo todo dijo, como con pena.
Sí le contesté. Algunos empiezan aún después.
Me fui directa al baño y cogí el frasco de Gardenia. Lo sostuve un momento, luego lo dejé en el cubo de basura, con cuidado.
En los días siguientes fui paso a paso: llamé a inmobiliaria para asesorarme, a una abogada para los trámites, visité a Nina y le conté solo lo justo. Ella no hizo aspavientos, solo me asentía de ese modo que significa: Te entiendo.
En su cocina, un jueves:
¿La odias? preguntó Nina.
¿A Marina? Casi no. Me molesta no haberlo visto antes, haber dicho esto es normal cuando no lo era.
No es tu culpa por confiar.
Ingenua sí he sido le confesé.
No, solo confiada. Es distinto.
Quizá.
¿Y a Diego?
A Diego sí le guardo rencor. Pero se irá. Es otra cosa, más suave.
¿Y ahora?
Alquilo algo. Cambio de pelo. Otra colonia. Paro. Supongo que no me compro Gardenia.
Buena decisión dice Nina.
Y a ver si descubro qué es lo que me gusta de verdad. Qué es mío, y no solo costumbre.
Eso lleva tiempo.
Lo tengo.
Nina me llenó la taza, llovía despacito ahí fuera. Pensé que hace poco yo tenía muy claro cómo era mi vida: piso, Diego, trabajo, rutinas, el frasco de colonia en su balda de siempre. Todo en su sitio. Pero qué poco fiable era ese en su sitio.
Y, sin embargo, no sentía vacío ni vértigo. Más bien lo contrario. Como cuando te quitas un abrigo que llevabas años y de pronto notas que siempre te apretó los hombros, aunque ya ni te dabas cuenta.
¿Sabes, Nina? le dije. Creo que por primera vez en años no sé qué va a venir después. Y se aguanta. Lo aguanto.
Se aguanta repitió ella, con una sonrisa.
Una semana después, encontré piso: uno pequeño, luminoso, en el barrio de San Antonio. Caro, pero asumible. Fui a verlo, pisé el parquet hasta que crujió y pensé: Aquí sí puedo estar. Firmé para un año.
En casa empecé a separar mis cosas. Nada dramático, sin prisas: libros, cazuelas, ropa. Fui tirando cosas también. Encontré una blusa que no usaba desde hacía tres años, pero la guardaba por si acaso. Se la di a una vecina. La cazadora gris la regalé. Compré una nueva, azul marino, de otro tipo. Me la puse frente al espejo: ni rastro a Marina. Bien.
De Marina nada supe más. Mandó un mensaje: Siento cómo fue todo, Olalla. Perdóname si puedes. Lo leí y lo dejé ahí. Ni falta que hacía contestar.
Diego seguía en el piso. Vivíamos con la cortesía mínima de dos compañeros de piso ya viejos. En el fondo había alivio, aunque algo de pena flotaba. Se le notaba perdido, más por instinto que por amor, creo yo.
El viernes previo al traslado fui a una perfumería. Miré y olí varios frascos. Al final me llevé uno que se llamaba Cedro Plateado. Nada floral, sino un fondo de madera y algo cálido. No recuerdo haberlo elegido antes; por eso mismo, lo quise.
Buena elección me dijo la dependienta.
Eso espero contesté.
La mudanza, con ayuda de Nina y hasta Diego, no fue tan dura. A media tarde todo estaba en la nueva casa, cada cosa en nuevo sitio, elegidos por mí.
Al final del día, sola, abrí el Cedro Plateado; un toque en la muñeca. Era otro olor, distinto. No agradable ni desagradable. Solo diferente. Lo acepté.
Miré por la ventana. El parque ya casi pelado, las farolas encendidas pronto, cosas del otoño. Puse la tetera y, buscando la taza menos fea, vi que mi hija llamaba al móvil.
¿Qué, mami? ¿Ya te has instalado?
En ello estoy.
¿Tienes miedo?
Vi las luces calle abajo.
No, hija le dije. Sabes, no tengo miedo.







