Voy a pedir papel pintado morado le dijo el marido de Marta.
¿No te das cuenta de que no pega nada con el suelo? respondió ella. Mejor uno en color beige…
Sabes que a mi madre no le gusta nada el beige.
Bueno, pero a tu madre lo que sí le encantaría es que le hiciéramos la reforma gratis soltó Marta bromeando.
La madre de su marido le había dejado caer una vez que le vendría genial que le redecorasen el piso. Marta no respondió nada en su momento, pero a su marido, Javier, la idea le pareció estupenda, claro, era su madre. A Marta no le hacía ninguna gracia, pero se calló porque tampoco quería montar una discusión.
Al final, pensaba, ese asunto era cosa de su marido. Si él quería encargarse, pues que lo haga. Que se apañe ella también, total, para lo que agradece… Porque la suegra directamente dejó claro que lo único que quería eran resultados: cero gracias, solo una lista interminable de exigencias.
Marta, esto no es una reforma gratuita, es una reforma que hace mi hijo le aseguraba Javier.
Ya, claro que sí… por supuesto resoplaba ella.
Siempre había sido así: a su suegra le encantaban las cosas regaladas. Por eso Javier siempre intentaba complacerla, aunque si algo no salía a su gusto, ya sabía que les iba a tocar repetirlo entero. Y Marta tenía razón, no fallaba: acabaron la reforma y la madre volvió para ver el resultado. Dio una vuelta por el piso y soltó:
Esto no queda bien. El papel pintado no es lo que yo esperaba. Y la cocina, fatal. ¿Y qué son esos armarios? Todo está tan mal hecho que me quedo sin palabras. Vamos, que dan ganas hasta de denunciaros.
¿Denunciar a quién, mamá, a tu propio hijo, que te ha hecho todo esto pagando de su bolsillo?
Anda ya, Marta, era solo una broma…
Mi suegra, desde luego, no estaba en su mejor día. Esperaba, no sé, una reforma de lujo, y nosotros le hemos hecho una normal, bonita, nueva, pero nada de extravagancias. Y como no era todo tan caro como se imaginaría, pues le ha dado igual el esfuerzo. Y claro, Javier y yo no tenemos tanto dinero como para permitirnos grandes reformas; ya nos costó bastante. Y ni las gracias nos ha dado…
Marta, creo que a mi madre no le ha hecho ninguna gracia lo que hemos hecho con la casa me comentó Javier.
¡Pues claro que no le gusta nada! ¿Cuándo le ha gustado algo a tu madre?
Quería algo mejor…
¡Escucha, que nosotros no tenemos tanto dinero!
¿Y si pedimos un préstamo? intervino la suegra de pronto.
Vamos, que estaba claro que no nos escuchaba ni una palabra. Por gusto de su madre, seguro que nos habríamos endeudado o pedido dinero a alguien. Bueno, al menos yo se lo habría devuelto, incluso con algún eurillo de más como agradecimiento. Debo decir que ya me parecía el colmo, pero Javier se adelantó:
Mamá, ¿qué préstamos ni qué historias? Ya sabes lo que pienso de eso, y mucho menos para estas cosas. Todo está bien hecho, y con mucho gusto. ¿Qué más quieres?
Pues al menos podríamos rehacer la cocina… suspiró la suegra saliendo del salón.
Javier, ya no le queda ni pizca de vergüenza a tu madre le solté luego.
Marta, sabes que tiene un carácter complicado me repitió él.
Bueno, pues allí estábamos, en el Leroy Merlin del barrio llenísimo de gente. Yo llevaba un mantel nuevo en la mano, y Javier una caja con grifos. Y mira que al final la broma fue una pasta, y no terminábamos nunca…
De repente, me paré en seco.
¿No decías que no teníamos ya para más reformas?
Pues eso, tuvimos que pedir algo prestado…
¡Estoy harta! le dije, dejando el mantel en la estantería. Que lo compre otra, yo ya he hecho suficiente por tu madre. ¿Que también habéis pedido dinero? Esto ya es demasiado. Ni se te ocurra discutir conmigo.
Me giré y salí del pasillo directo a la puerta. Javier vino detrás. Aunque sea tu madre, llega un punto en el que hay que poner límites, ¿verdad?





