Recuerdo que provenía de una familia numerosa: mi padre, mi madre, mi hermano mayor, dos hermanas y yo. Vivíamos en un amplio piso de tres habitaciones en Madrid, y mi padre había construido con sus propias manos una gran casa de campo cerca de Segovia. Sin embargo, nunca fuimos lo que se dice una familia unida. Entre los hermanos, sobre todo entre las chicas, los conflictos eran algo habitual. Con los años, poco cambió: nuestras relaciones siguieron siendo distantes y cada vez más tensas.
El primero en abandonar el hogar de mis padres fue mi hermano, Fernando. Tras cumplir con el servicio militar, se casó y llegó a ser un hombre respetado, aunque muy influido por su esposa, Natalia, quien curiosamente nunca mostró simpatía hacia nuestra familia. Juntos tuvieron una hija y mis padres intentaron visitarla siempre que podían. Pero la actitud distante y poco hospitalaria de mi cuñada volvía incómodas cada una de esas visitas. Así continuó la situación durante años, hasta que, hará unos siete años, dejaron de venir por completo.
Mi hermana mayor, Beatriz, se enamoró perdidamente de un actor cuando empezó la universidad, y poco después abandonó los estudios. Durante cerca de tres años lo siguió a él y a su compañía recorriendo diversos teatros de Andalucía y Castilla. Finalmente, después de una gran discusión, él la dejó sola en una ciudad lejos de casa. Mis padres le ofrecieron ayuda, pero Beatriz, orgullosa, se negó a aceptarla. Al principio vivió en distintas pensiones, y mucho más tarde nos comunicó que se había casado. Nunca llegué a saber los detalles ni a conocer a su marido, pues desde su última visita a casa, hace ya diez años, no supe más de ella.
Mi otra hermana, Lucía, siempre fue el centro de atención de la familia, recibiendo lo mejor de todo. Tal vez su extraordinaria belleza tenía algo que ver con ello. Nunca fue muy destacada en los estudios, pero parecía regirse por el lema: “El valor de una persona se mide por el grosor de su cartera”. Apenas terminó el bachillerato, comenzó a salir con el hijo de un empresario adinerado. Sin embargo, cuando el negocio de la familia de él quebró, enseguida se fijó en un amigo suyo que tenía mejor posición económica. Llevan viviendo juntos cinco años y tienen un hijo.
En cuanto a mí, mi vida distó mucho de ser tranquila. Nada más terminar la universidad, me casé y tuvimos una hija. Pero el destino quiso que mi esposo cayera en el alcoholismo y acabáramos divorciándonos. Al mismo tiempo, mis padres empezaron a tener graves problemas de salud. Durante años, me vi dividida entre cuidar de ellos y atender a mi niña. Mis hermanos, lamentablemente, nunca me ayudaron, aunque todos reclaman ahora su parte de la herencia. Mi padre me concedió la propiedad de la casa de campo hace ya muchos años, pero sigo creyendo que tengo derecho también al piso de Madrid.





