¡Un hombre no debe comportarse como una mujer!

Salía con un hombre llamado Javier. Un tipo educado, de principios tradicionales, que creía de verdad en el amor. Siempre ayudaba a los vecinos, recogía animales abandonados de la calle para darles de comer. Tenía un físico agradable, su propio piso, coche, un buen puesto en la empresa donde trabajaba.

Me sentía afortunada de que me hubiera elegido para ser su esposa. Por aquel entonces, pensaba que era la mujer con más suerte de España. Mis amigas, verdes de envidia, me decían todas al unísono: Ten cuidado, no pierdas un hombre así.

Así que me esforcé en no perderlo, a la vez que él se aferraba a mí. Pero esa felicidad no duró demasiado.

Un día, Javier llegó a casa con un humor terrible, sin siquiera mirarme a los ojos. Le pregunté durante rato largo qué le pasaba, hasta que por fin me confesó que se había cruzado de casualidad con mi exmarido. Debería aclarar que yo no tengo ningún contacto con él; ni siquiera le mostré nunca una foto a Javier, ni sabía cómo era físicamente. Así que claramente fue él quien anduvo indagando sobre su paradero. Pero el verdadero lío empezó justo ahí.

Digamos que fue pura coincidencia y que Javier lo reconoció de alguna forma. Sin embargo, Javier fue quien se acercó a él y empezó a conversar. Compartieron un cigarro y la conversación acabó girando sobre mí. Yo jamás le oculté nada a Javier, y sólo me preguntaba de qué habrían hablado tanto. Decir que me quedé de piedra se queda corto. Mi futuro esposo reconoció que no debió hacerlo. Resultó que Javier le preguntó a mi exmarido cómo era yo, qué carácter tenía, por qué nos habíamos separado y cosas similares.

Me puse a llorar. Aquello era una traición, ir a buscarle y sonsacarle cosas sobre mí. ¡Cuando estoy aquí, a su lado, y me puede preguntar lo que quiera! ¿Eso es normal? ¿Está bien hacer algo así? ¿Por qué, Javier?

Mi exmarido, además, se puso a decir tonterías sobre mí. Y Javier empezó a interrogarme para ver si lo que decía era cierto. ¿Por qué debería yo justificarme por cosas que ni siquiera han sucedido? ¿Por qué dar explicaciones por mentiras que dice otro?

De repente, supe que ya no podía respetar a ese hombre. Puedo entender que en la plaza del pueblo, las abuelas se sienten y critiquen a todo el mundo. Pero ellas son abuelas. ¡Tú eres un hombre! ¿Por qué rebajarte a andar investigando a mis espaldas? Fuiste tú quien me eligió para compartir la vida; nunca te di motivos para desconfiar de mí. Ese gesto suyo me pareció tan ruin y sucio que, al instante, perdí toda la ilusión de seguir a su lado. No encontré ninguna justificación para lo que hizo. No fui capaz de perdonar semejante traición.

Siempre pensé que, si a un hombre le decían algo malo de su pareja, en el mejor de los casos, se indignaría; en el peor, se montaría una discusión. Pero buscar activamente a los exnovios, recoger cotilleos a sus espaldas sobre la prometida, eso es excesivo para mí.

Así, aquel novio perfecto, Javier, se vino abajo en mis ojos… Y entonces se me vinieron a la mente las palabras de las abuelas de antes: que en una familia, ante todo, debe haber respeto mutuo. Yo nunca fui de extremos, pero los cotilleos de hombres me parecieron demasiado. Un hombre tiene derecho a sus debilidades, a llorar, a equivocarse, a ser torpe… Pero comportarse como una vieja comadreja y creerse todos los chismes, jamás. Esa fue la lección que aprendí.

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