El secreto de Larisa: En un pueblo castellano donde todos se conocen, una joven madre desafía el des…

El secreto

En una pequeña localidad de la provincia de Segovia, que más bien parecía un pueblo que una villa, vivía una chica llamada Inés. Un día, su madre una mujer que siempre creía en lo oculto y lo esotérico llevó a su hija a ver a la vidente del barrio.

La anciana barajó las cartas y le dijo a la madre:
A tu Inés le espera una vida feliz. Todo le saldrá bien. Aunque, eso sí, no veo ningún hombre permanentemente a su lado.

Inés tenía por entonces unos diez años. Aquellas palabras misteriosas de la vieja se le quedaron grabadas, aunque no acabó de entender lo que quería decir.

Pasaron los años. Inés se hizo una joven alta y hermosa. Los chicos del pueblo la adoraban. Pero Inés no se decidía por ninguno y, de vez en cuando, salía con uno u otro.

Cuando acabó el colegio, a pesar de sus buenas notas, no quiso irse a estudiar a ninguna ciudad. Se quedó a trabajar en la quesería local. Se rumoreaba por ahí que tenía un romance con algún encargado, aunque nadie llegó a verlos juntos.

Las mujeres del taller advertían a la nueva:
Mira, Inés, no te quedes estancada aquí, que la vida pasa volando y ni te enteras. Vete a Segovia, con tu aspecto y tu carácter te recibirán con los brazos abiertos.

Pero Inés siempre las escuchaba con una sonrisa, sin decir nada.

De repente, se propagó el rumor por el pueblo: ¡Inés está embarazada!

Empezaron entonces todas las habituales teorías: ¿quién habrá sido capaz de hacer feliz a la belleza del pueblo? Nadie acertaba a descubrir quién era el padre.

La madre de Inés lo tuvo claro:
¿Ya la has liado? ¡Menuda vergüenza! Ahora te las apañas tú sola. No cuentes conmigo. Si lo has sabido hacer, también sabrás criar a tu hijo. Y mira a ver dónde vas a vivir, que aquí no se os necesita. Te doy un mes.

Vale, mamá le contestó Inés, tranquila, me iré. Pero luego, no me busques para que vuelva.

A las dos semanas, Inés compró una casita pequeña, con todo lo necesario. Según los vecinos, tuvo suerte: los hijos de la anterior propietaria la llevaron a Madrid y vendieron la casa por cuatro perras. Nadie comprendía de dónde había sacado Inés incluso ese pequeño dinero, y eso siguió siendo un misterio.

Y entonces vinieron las sorpresas. La casita pronto lucía como nueva y moderna; alrededor, apareció una valla nueva y en el patio, un pozo. Unos hombres venían y lo arreglaban todo en un santiamén.

Después, los vecinos vieron cómo un repartidor traía a Inés cajas con electrodomésticos y muebles. La chica iba por el pueblo más feliz que nunca, sonriendo a todo el mundo, sin tener pinta de desamparada.

En otoño, nació su hijo, Diego. En el patio de la casa apareció un cochecito azul recién comprado. Inés se recuperó rápido, estaba más guapa que nunca, siempre bien arreglada, paseando con la cabeza bien alta, absolutamente satisfecha.

En casa no paraba: un niño pequeño, el huerto, la estufa que había que encender, ir a por pan y leche, lavar la ropa Pero Inés no se quejaba. Había nacido con ganas de trabajar y era muy capaz. Jamás pedía favores ni soltaba lamentos.

Las vecinas, viendo que era buena trabajadora y persona honesta, terminaron haciéndose amigas suyas. Incluso se ofrecían a cuidar de Diego si Inés tenía que salir. ¿Por qué no ayudar?

En el huerto también echaban una mano: a veces el marido de alguna venía a hacer los surcos, o ellas mismas la ayudaban con la maleza. Pero lo habitual era que Inés se bastara sola.

Diego tenía unos dos años cuando una vecina entró corriendo a casa de otra, boquiabierta:

¿Has visto?
¿El qué?
Nuestra Inés ¡vuelve a estar embarazada!
Eso es imposible, lo habrás soñado.
Ni hablar, he visto bien. ¡Míralo tú misma!

Otra vez todo el pueblo habló de Inés. Surgieron mil chismes, pero, curiosamente, nadie proponía candidatos. Nadie la había visto nunca con ningún hombre.

Ella pasaba de las habladurías. Vivía a su aire. Solo que, al poco, en su patio aparecieron una sauna pequeña y una estufa de butano, porque hasta los del gas se desviaron de su ruta para instalársela. Y en el huerto, un invernadero moderno de policarbonato, que no era barato.

¿Y de dónde saca esta mujer tanto dinero? decían ¡Algún admirador tiene que ser jefe de algo! Pero el secreto de Inés seguía sin revelarse.

No mucho después, en el patio volvió a verse el cochecito azul: Diego tenía un hermano nuevo, Marcos. Y dos años más tarde, otro hermano, Samuel.

Inés tuvo tres hijos, y ni Dios supo de quién. Algunos se reían de ella y la llamaban de todo. Otros, al ver que los niños estaban bien y cuidados, y que Inés no bebía ni perdía el tiempo, sentían admiración por su valentía.

Algunas madres usaban su historia para asustar a sus hijas. La madre de Inés nunca la comprendió y se moría de vergüenza, sin querer conocer a sus nietos.

Inés seguía paseando con la cabeza alta, ignorando a todos.

Pasó el tiempo. Un día, se detuvo un cochazo brillante frente a la casa de Inés. Del coche bajó don Manuel Fernández, el director de la quesería, con un ramo enorme de flores. Entró en la casa, y enseguida se juntó una multitud de vecinos, boquiabiertos:

¿Pero qué pasa aquí? ¿Qué hace don Manuel, un hombre tan respetado, entrando con flores en casa de Inés? ¡Y en pleno día!

Todo el pueblo sabía que hacía año y pico que su esposa había fallecido tras una larga enfermedad, de la que él mismo se ocupó hasta el final, con ayuda de una cuidadora, pero sin abandonarla nunca.

Cuando Inés salió a despedir al invitado, había tantísima gente fuera, que se quedó cortada. Don Manuel, en ese momento, la abrazó y la besó delante de todos. Y luego, en voz alta para que nadie dudara, declaró:

Inés ha aceptado casarse conmigo. Nuestros hijos y nosotros os invitamos a todos a la boda.

De pronto se hizo el silencio. Todos miraban a la pareja incrédulos. ¡Por fin caían en la cuenta de a quién se parecían tantos rasgos de los hijos de Inés!

Y entonces estallaron las felicitaciones por todas partes

Después de una boda preciosa y llena de gente, Manuel llevó a Inés y a los niños a vivir con él. Los vecinos ayudaron con la mudanza.

Y al año siguiente, nació por fin la esperada niña…

Después de aquello, ¿quién puede fiarse de lo que dice una vidente?

Rate article
MagistrUm
El secreto de Larisa: En un pueblo castellano donde todos se conocen, una joven madre desafía el des…