El día en que mi abuela se casó con el hijo del hombre que la dejó plantada en el altar

El día en que mi abuela se casó con el hijo del hombre que la dejó plantada en el altar.

Mi abuela, doña Eulalia, tiene 89 años y acaba de protagonizar el mayor escándalo que ha vivido este pueblo castellano desde que Gómez, el panadero, robó los ahorros de las fiestas patronales allá por los años setenta. Y mira que aquí hemos visto de todo: bodas interrumpidas, peleas de graduación, hasta el año en que el tejado de la ermita se vino abajo pero esto, ESTO, superó cualquier cosa.

Todo empezó cuando Eulalia conoció a un caballero mayor en la asociación de jubilados.

Es un auténtico caballero, hija mía me contaba, aplicándose un pintalabios color rosa palo. ¡Y todavía conduce!

Abuela, que tiene 91 años. ¿Estás segura de que debería conducir?

Anda, calla. Al menos tiene coche.

El flechazo fue inmediato. A las tres semanas, ya había pedida de mano, con anillo y todo. Bueno, era de bisutería, pero el gesto ahí estaba.

Me caso el sábado anunció Eulalia en la comida familiar.

Mi madre casi se atraganta con las croquetas.

¿¡El sábado!? ¡Eso es en cinco días!

Exactamente. A mi edad no hay tiempo que perder. ¿Y si me muero el viernes?

Compramos un vestido color perla, elegante pero sin exagerar. Reservamos el salón parroquial, encargamos la tarta. Una prima preparó flores de papel crespón.

Llegó el gran día. Eulalia estaba radiante: el vestido, el collar de perlas auténticas heredadas de su madre, y una sonrisa que no le veía desde que era niña.

El salón, a rebosar. Muziquilla de fondo. El cura ojeando su misal. Todo parecía perfecto.

Pero el novio no llegaba.

Veinte minutos de espera.

Cuarenta.

A la hora, uno de los primos fue a buscarle a casa.

Volvió solo y con cara de ir al entierro.

Dice que no puede venir.

Un murmullo recorrió el salón. Eulalia se puso blanca.

¿Cómo que no puede?

Dice que le ha dado miedo. Que es demasiado mayor. Que teme ponerse mal y ser una carga. Que es mejor así.

Eulalia se quedó sentada, el ramo de rosas blancas en las manos.

Entonces se abrió la puerta. Entró un hombre de unos sesenta y muchos, bien vestido, melena blanca y abundante, furioso como un toro.

¿Dónde está la novia?

¿Y usted quién es? preguntó un familiar.

Soy el hijo del caballero que acaba de dejar plantada a esta señora.

Nos quedamos mudos.

Se acercó a Eulalia y se quitó la boina.

He venido a pedir disculpas en nombre de mi familia. No tiene perdón.

Ella le miró directo a los ojos.

¿Cuántos años tiene, joven?

Sesenta y siete.

¿Casado?

Viudo. Desde hace cuatro años.

¿Hijos?

Tres. Mayores y apañados.

¿Trabaja usted?

Soy jubilado. Tengo mi pensión y una casita en el pueblo.

Eulalia pensó un segundo. Luego se alzó con el bastón y se acercó a él.

Dígame, ¿le asusta el compromiso como a su padre?

No. Estuve casado 35 años. De lo mejor de mi vida.

¿Y qué piensa del matrimonio?

Que es lo mejor que puede pasarle a una persona. Y que mi padre cometió un error imperdonable dejando pasar esta oportunidad.

Eulalia le examinó de arriba abajo. Después se volvió hacia nosotros.

El salón está pagado. La comida, también. El cura, presente. La tarta me ha costado un dineral

Abuela, no estarás pensando empecé a decir.

¿Tendría usted el honor?

El salón estalló. Gritos, risas, alguien volcó una copa, otro empezó a grabar sin tener claro lo que pasaba.

Pero yo usted

Usted ha venido a defender mi honor. Y encima ya estoy arreglada. El vestido no pienso ponérmelo otra vez. Así que ¿sí o no?

Él se rió de verdad, como un niño.

Mi mujer siempre decía que algún día haría algo completamente loco. Creo que ha llegado el día. Vamos allá.

Y se casaron. Sí, ahí mismo.

El cura tuvo que sentarse unos minutos para recobrar el aliento. Una prima lloró tanto que el rímel le cayó hasta la barbilla. Mi madre no sabía si reír, llorar o quedar muda.

Pero se casaron.

En el banquete, mientras comíamos la tarta donde pegamos, con celo, el nuevo nombre sobre el del anterior novio y lo escribimos con rotulador le pregunté a mi abuela:

Abuela, ¿de verdad te has casado con un hombre al que conoces desde hace dos horas?

Irradiaba alegría.

A los 89 años, no hay tiempo para cortejos largos. Tiene buenos modales, una pensión decente y aún conserva la vesícula. ¿Tú crees que iba a dejar escapar esto?

¡Pero si es 22 años más joven que tú!

Exacto. Me sobrevivirá. Alguien tiene que cuidar a mis gatos.

Han pasado tres semanas. El que la plantó la llamó para disculparse. Su nuevo marido le colgó el teléfono sin más.

Resulta que cocina mejor que Eulalia aunque ella jamás lo reconocerá, baila de maravilla y la lleva a todas sus revisiones médicas en un SEAT 600 antiguo que reluce como el primer día.

Ayer los vi en el parque. Él empujaba su silla de ruedas y ella le regañaba:

¡Más despacio! ¡Que esto no es una contrarreloj!

Lo que ordene mi reina.

El exnovio les ha mandado una batidora de regalo de bodas. Eulalia ha decidido rifarla en el bingo de la parroquia.

Y ahora decidme: ¿qué abuela se casa con el hijo de 67 años del hombre que la dejó plantada en el altar y qué hijo acepta casarse con una señora que, cinco minutos antes, iba a ser su madrastra?

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MagistrUm
El día en que mi abuela se casó con el hijo del hombre que la dejó plantada en el altar