El día que fui a divorciarme vestida de novia. Cuando mi marido me dijo que quería el divorcio, abr…

El día que fui a divorciarme vestida de novia.

Cuando mi marido, Alfonso, me dijo que quería el divorcio, abrí el armario de la habitación y saqué mi vestido de boda, aún con olor a naftalina y un hilo suelto.

¿Pero qué haces, Inés? me preguntó, mirándome con ojos desorbitados como si hubiera visto un fantasma en la Puerta del Sol.

Voy a ponerme esto para ir al juzgado respondí, sacudiendo el tul para liberar las motas de polvo que parecían confeti.

¿Te has vuelto loca? ¡No puedes ir a divorciarte vestida de novia!

Claro que puedo. Y tú también vas a ponerte el traje de novio. Si lo llevabas puesto cuando me prometiste amor eterno, con él te despedirás del contrato.

Le vi buscando palabras que nunca llegaban, como quien espera que el Cercanías no se retrase. Veinte minutos después estaba rebuscando en su lado del armario, murmurando, hasta que encontró, arrugado como una servilleta tras una boda, su esmoquin.

Cuando llegamos al juzgado de la Gran Vía, la seguridad se quedó helada. Una señora gritó desde el vestíbulo ¡Felicidades!, y otra, a su lado, la dio un codazo: Calla, tontorrona, ¡si se están divorciando!

La jueza casi se cae de la silla al vernos aparecer: yo con el vestido blanco, velo y un ramo, y Alfonso con pajarita y zapatos brillando como monedas de un euro recién lanzadas a la Fontana de Trevi.

Señora dijo la jueza, tragándose una risa tan grande que le bailaban los pendientes, ¿puedo saber por qué va vestida así?

Porque, Su Señoría respondí, dejando brotar, no sé de dónde, un tono digno de zarzuela, este hombre me juró hasta que la muerte nos separe con esta ropa. Y como la muerte todavía no nos ha separado y él quiere romper lo nuestro, que lo mire igual que entonces, cuando me engañaba con aquellas palabras.

Alfonso me miró, y los ojos se le llenaron de lágrimas, como si una tristeza muy antigua despertara en la plaza Mayor en mitad de la verbena.

Nunca te mentí. Aquél día sí te quería dijo, la voz hecha hilo.

¿Y ahora? pregunté, notando cómo se quebraba mi voz igual que los azulejos antiguos de Toledo.

La jueza se aclaró la garganta.

Les doy media hora. Salgan, paseen, hablen. Si tras ese descanso regresan igual de decididos y con la misma indumentaria, continuamos. Pero algo me dice que dos personas capaces de llegar aquí así, aún tienen mucho de qué hablar.

Salimos al pasillo. Alfonso me arregló el velo, que se había torcido como los tejados de la parte vieja de Salamanca.

Estás guapísima me susurró. Igual que aquel día en la ermita de Segovia.

Yo asentí. Y tú tampoco estás nada mal… aunque sigues siendo bastante torpe.

Allí, vestidos como en sueños, flotando entre las baldosas del juzgado y con la memoria dando vueltas como un carrusel en una tómbola, no sabíamos a dónde mirar.

¿Y si? empezó Alfonso, como si lanzara una moneda al pozo ¿y si, en vez de divorciarnos, vamos a comer tarta nupcial y recordamos por qué nos casamos?

¿Será esto el verdadero amor: vestirse igual para divorciarse que para casarse? ¿O tal vez solo somos dos personajes teatrales que jamás aprendieron a hacer las cosas a medias?

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MagistrUm
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