Querido diario,
Hoy vuelvo a pensar en la visita inesperada de mi tía Carmen, la que vive en Madrid, la que siempre presumió de piso elegante en el centro y de su chalet cerca del lago de Sanabria. Carmen vino acompañada de su hija Inés y de su yerno. Trajeron unos solomillos y una botella de vino de Ribera del Duero, carísimo, como para dejar claro de dónde vienen y lo bien que les va. Pero mamá no les dejó ni sentarse; les echó de casa casi sin darles tiempo a desabrocharse los abrigos.
La familia de mamá ha sido siempre muy grande. De los seis hermanos que tuvo, solo quedan tres. Mamá y la tía Lucía viven aquí, en el mismo pueblo de Segovia. Desde pequeñas saben lo que es trabajar sin descanso en verano y sobrevivir el invierno gracias a lo que consiguen ahorrar en los meses de buen tiempo. Siempre se han ayudado entre ellas, cultivando juntas la huerta del pueblo, compartiendo las verduras y hasta los tomates con los que hacemos la ensalada cada día.
Carmen, en cambio, se acostumbró a la vida urbana. Se casó con un hombre que ahora es director de una constructora grande. Claro que no siempre tuvieron tanto; también pasaron estrecheces y mamá y la tía Lucía les prestaron más de una vez dinero y hasta ropa. Pero se recuperaron, subieron en la vida, y nos olvidaron. Esa es la verdad.
Hace poco, mamá se enteró casi de rebote que Inés, la prima de Madrid, se había casado. Nadie nos avisó, ni una invitación al correo. Al principio la noticia la sorprendió, pero luego fingió que ya lo sabía, por no pasar vergüenza ante la gente del pueblo. ¿Qué puede sentir una madre cuando su propia hermana no la invita a la boda de su sobrina?
Cuando volvió a casa, mamá se sentó con la tía Lucía junto al brasero y se lo contó todo. Las dos se quedaron mudas del disgusto. Decidieron llamar a Carmen solo para felicitarla y, si le removían la conciencia, mejor, pero ella les soltó un gracias más frío que la nevera y colgó enseguida. Ni un detalle.
Debo admitir que, después de aquello, algo debió revolversele por dentro y decidió aparecer por casa. Pero mamá ya tenía la herida abierta y no la dejó pasar ni al salón. Les dijo, en plena puerta, que si en Madrid les daba vergüenza sentar en un restaurante a unas sencillas de pueblo como nosotras, tampoco hacía falta que viniesen ahora a pasar la tarde aquí. Si nos avergonzáis fuera, no vengáis tampoco a casa, le dijo.
El marido de Carmen, ese tan estirado, soltó como quien no quiere la cosa que sí, que es cierto, que les daba apuro juntarse con nosotras, y que si íbamos al restaurante todo olería a carne de cerdo, como si no se pudiera soportar el aroma. Aquello fue como un puñetazo para mamá. Les cerró la puerta en las narices y dijo bien alto que no quería verles nunca más por aquí.
Tía Lucía, por supuesto, se puso del lado de mamá. Le dijo que, a partir de ahora, esa rama de la familia podía quedarse con sus fiestas, su dinero y su vino caro, que aquí, entre nosotras, estábamos mejor.
A veces pienso que, en familias como la nuestra, el orgullo pesa tanto como una arroba de patatas y duele todavía más.






