Mira, te cuento la historia como si estuviéramos tomándonos un café en Madrid. Resulta que Lucía se casó siendo bastante joven; fue su propio padre quien le buscó marido el mismo día que cumplió 18 años. La familia tenía bastante dineroya sabes, esas familias que piensan que el dinero lo es todo para la felicidad. La boda fue espectacular, tiraron la casa por la ventana y el pueblo entero se vino arriba celebrando la ocasión. Solo los recién casados, la verdad, parecían algo fuera de lugar, como si no encajaran del todo.
Lucía en realidad le caía bien su marido, aunque apenas lo conocía de antes. Su hermana, Jimena, tuvo menos suertese casó con un hombre de cuarenta años de un pueblo cercano. Todo el mundo pensaba que se iba a quedar para vestir santos, pero su padre le acabó buscando un pretendiente y le prometió una dote bastante apañada.
Los recién casados se fueron a vivir a casa de Alfonso. El sitio no era muy grande, pero era suyo y estaban cómodos. El cabeza de familia siempre decía que, cuando llegaran los nietos, ya ampliarían la casa.
La suegra de Lucía, Carmen, era bastante maja; lejos de ponerle pegas, le echaba una mano para que se acostumbrara a su nuevo papel como esposa joven. Pero la cuñada, Beatriz, era otro cantar. Era mayor, pero seguía viviendo con sus padres porque, aunque una vez se casó, su marido la devolvió a la familia con todas sus cosas al cabo de un año. Te digo, era bastante víbora. No quería ni cuidar de la casa ni preocuparse por mantener la familia, así que ahí seguía, sola y amarga.
Según las costumbres antiguas de la zona, una nuera no tenía verdadero poder en la casa hasta que nacía su primer hijo varón. Hasta entonces, tenía que quedarse calladita y sin levantar la voz. Por eso, en cuanto una recién casada llegaba a la casa, todas las mujeres soñaban con quedarse embarazadas pronto.
Lucía lo vio claro y se lo tomó igual. Mientras no estuviera embarazada, Beatriz le hacía pasar las tareas más duras y sucias, aunque en realidad contaban con gente contratada en la finca para eso. A la cuñada le gustaba humillar a la pobre Lucía.
Pero cuando Alfonso, el marido de Lucía, se enteró de que iba a ser padre, se le iluminó la cara de felicidad. Los suegros también estaban encantados, orgullosos de su nuera. Ese mismo día salieron a comprar materiales para empezar a construir una casa más grande. Beatriz estaba furiosa, hecha una furia de verdad. Sabía que el resto de su vida iba a pasarla encajada en ese rincón, atendiendo a sus padres. Ya no la iba a querer ningún hombre, nadie le iba a construir una casa…
Pasan seis meses. Una mañana, Lucía se despierta al oír unos golpes fuertes en la puerta. Era Beatriz.
¿Por qué estás tumbada? ¿Ya has hecho todo lo que había que hacer?
En la casa sí, pero Alfonso no me deja salir al patio…
¡Qué va! Eso es una excusa tuya, lo que pasa es que eres una vaga, vamosresponde Beatriz.
¿Qué quieres?le pregunta Lucía con calma.
¿A mí me hablas así? Vas cogiendo mañas de mandona, ¿eh? Te recuerdo que aún no has tenido ningún hijo. ¡Aquí no mandas tú!
Tampoco era mi intención…
Aquí no eres nadie, ¡y tu crío tampoco! ¿Lo pillas?
Beatriz estaba completamente fuera de sí, empezó a tirar cosas y a gritarle a Lucía. El suegro apareció corriendo y se llevó a su hija presa de un ataque de nervios. Lucía, por su parte, se acarició la barriga y respiró hondo. Sabía que, al final, todo saldría bien. Seguro que sí.





