Me llamo Elena y, a los dieciocho años, di a luz a mi primera hija, Ainhoa. La experiencia me dejó claro que el parto, por muy temible que parezca en los cuentos, no es nada que no se pueda superar. Ya entonces la gestación subrogada estaba cogida por sorpresa en muchos rincones de Europa y, con la mirada puesta en el futuro, empecé a estudiarla en serio.
Mi familia vivía en un barrio modesto de Zaragoza; el sueldo de mi padre apenas bastaba para alimentar a mis tres hermanas y a mí. A los diecisiete contraí matrimonio con Carlos, y con nuestra pequeña Ainhoa apenas alcanzábamos para comer. No teníamos techo propio y nos refugiábamos en apartamentos de alquiler que crujían bajo el viento. Pensé entonces en la subrogación, pero Carlos la rechazó rotundamente, aunque yo intentaba convencerle con la esperanza de que fuera la solución a nuestros apuros.
Un año después nació nuestra segunda hija, Begoña. La situación se volvió aún más dura y, al no poder soportar la presión, Carlos abandonó el hogar. Quedé sola, con dos niñas que dependían de mí, mientras mi madre y mis hermanas corrían a mi lado, cuidándolas entre turnos de trabajo. Sin embargo, el dinero seguía escapándose de nuestras manos. Fue entonces cuando decidí poner en marcha el plan que llevaba años rondando mi cabeza.
Compré un billete a Barcelona y me presenté en una agencia de gestación subrogada del barrio de Eixample. Intentamos varias veces implantar el embrión, pero nada resultó; la última ocasión terminó en un aborto espontáneo que me dejó devastada.
Regresé a Zaragoza, dispuesta a renunciar. Seis meses después, una noticia en internet llamó mi atención: una clínica en Valencia ofrecía condiciones bastante ventajosas. Llamé sin dudar; vale la pena intentarlo, pensé, y si no funciona, será lo que tenga que ser.
Esta vez todo marchó. Durante doce meses viví con Ainhoa y Begoña en un piso luminoso de un edificio nuevo en el centro de Zaragoza. Los futuros padres de mi bebé subrogado, una pareja de Madrid, fueron generosos: nos regalaban alimentos de primera calidad, juguetes de diseño para las niñas, y pagaban nuestras salidas al cine y al zoo. Nueve meses más tarde, di a luz a un niño sano y hermoso, llamado Mateo.
Con el pago de la tarifa de la subrogación, que ascendió a diez mil euros, compramos una vivienda de dos habitaciones en la misma zona donde habíamos vivido. Teníamos todavía un año más por delante, y no íbamos a privarnos de nada.
Dos años después volví a ser gestante subrogada, esta vez para una familia procedente de China. El bebé llegó sano y, al regresar a Zaragoza, mudamos a una casa grande donde Mateo, Ainhoa y Begoña disfrutaban de cada rincón.
Hoy, mi familia vive en un hogar amplio y cómodo. Mis hijas tienen todo lo que necesitan y, aunque algunos murmuran y me juzgan, yo sé que no hay nada de malo en garantizarles una vida digna, aunque sea a través de este camino poco convencional. Cada día, al mirar a mis niñas jugar en el jardín, siento que todo el sacrificio ha valido la pena.




