Pasaron dos años desde aquel día, y ahora me la encontraba de nuevo. Una mujer hermosa caminaba por la Gran Vía delante de mí, y al verla, el corazón se me detuvo al instante. Reconocí en ella a mi exmujer, Carmen, la misma que hacía que todos los hombres se giraran a mirarla.
Después de la boda, dejé de reconocer a mi esposa. Se había convertido en una de esas mujeres con el pelo siempre recogido y grasiento, llevando camisetas demasiado grandes. No volví a verla con vestidos que resaltaran su figura ni con lencería elegante.
En cuanto nos casamos, Carmen empezó a usar sacos en casa. Camisetas enormes, pantalones cómodos, y se olvidó de cuidarse. Dejó de ir a hacerse las uñas, no se maquillaba. No digamos ya que dejó el ejercicio por completo; la tripa que le quedó después de dar a luz nunca desapareció, tampoco la celulitis.
En los dos años que convivimos, se transformó en algo irreconocible. Cada vez engordaba más y las sábanas que usaba como ropa solo aumentaban de talla. Cuando le sugería que tal vez era hora de mirarse en el espejo, se ofendía y se encerraba en sí misma.
Me di cuenta de que estaba enamorado de la Carmen que existía antes de casarnos, pero vivía con otra completamente diferente. La antigua Carmen era apasionada, divertida, hermosa; todos mis amigos en Madrid me envidiaban y se preguntaban cómo la había conquistado. Pero tras todos aquellos cambios, dejé de sentir interés por ella; cuando la miraba, solo sentía tristeza, ya no inspiración ni atracción.
La última vez que la vi, llevaba una camiseta gris enorme con manchas de leche, unos pantalones cortos que dejaban ver la celulitis de sus piernas, y no se había depilado. El moño medio deshecho y el pelo saliéndole en todas direcciones. Su rostro era siempre triste, sobresalían grandes ojeras bajo los ojos.
Esa noche le confesé a mi esposa que no podía seguir con ella, que solo me provocaba tristeza y compasión, pero no amor.
Han pasado dos años desde entonces y me la volví a cruzar. Caminaba por la Castellana, y cuando la vi, el corazón se me encogió. Era Carmen, sin duda. Llevaba un vestido bonito, el pelo suelto y rizado. Había adelgazado mucho, y había dejado atrás el patito feo para volver a ser una reina. Una reina que crió a nuestros dos hijos.
Solo en aquel momento entendí que mi mujer nunca había tenido ni tiempo ni energía para cuidarse a sí misma. Dedicaba toda su vida y fuerzas a hacernos la vida fácil en casa, a criar a nuestros mellizos. Dejé de interesarme por Carmen; no sabía cuánta energía le dedicaba a nuestro hogar y no comprendía por qué no tenía fuerzas para cuidarse.
De vez en cuando, si me quedaba solo con los niños, me dejaban agotado en dos horas. Ella los llevaba todo el día encima, limpiaba, cocinaba y aún encontraba tiempo para estar conmigo por las noches. Evidentemente, entre tantas obligaciones no tenía tiempo ni para hacerse una manicura ni para ir al gimnasio. Debería haberlo entendido, su cuerpo necesitaba recuperarse tras el parto, y yo no tenía derecho a exigirle que fuera a ponerse en forma enseguida.
Y tampoco salíamos apenas para que pudiera ponerse joyas o vestidos bonitos; ponerse eso en casa no era cómodo. Reconozco que fui yo quien la alejó de la posibilidad de lucir sus mejores galas.
Solo dos años después fui capaz de ver nuestra relación desde fuera y entender que todo ese tiempo ella soportó la familia sobre sus hombros, sin reprocharme jamás nada, recibiéndome siempre con una sonrisa a pesar del cansancio. Creó un hogar al que yo volvía y me di cuenta demasiado tarde de lo valioso que era. Todo lo que tuve que hacer fue ayudarle a tiempo para que pudiera dedicarse un poco más a sí misma.
Fui un auténtico necio por perder aquel tesoro y no darme cuenta.
Tan seguro estaba de tener la razón, tan ciego por mi egoísmo, que no me importó ni su vida ni la de nuestros hijos y lo eché todo a perder.
Ahora la veo y deseo recuperarla, pero no estoy seguro de que pueda perdonar mi cobardía y mi abandono. Intentaré hablar con ella y redimirme, al menos para no perder el vínculo con mis hijos, porque ya he dejado pasar dos años de su infancia
Hoy Carmen tiene muchos admiradores, pero no permite que nadie se acerque; parece que fui yo quien la hirió tan profundamente. Ahora no sé qué hacer con esta vergüenza y este remordimiento, tras haberme dado cuenta, al fin, de todo lo que perdí.





