Mamá, por la mañana todo iba bien, empezó la hija sollozando una y otra vez, y por la tarde alguien llamó a Fran.

Recuerdo cómo Lucía volvió a casa aquel día, completamente alterada. Fue una jornada amarga. Decidió visitar a su hija, y al entrar en el piso de la joven, lo primero que percibió fue el desorden que reinaba en cada rincón. Su hija, Carmen, estaba sentada en el suelo, las lágrimas corriendo por sus mejillas. Había discutido con Ismael y lo había echado de casa. Lucía jamás se imaginó que las cosas tomarían tal rumbo. Hasta ese momento, su hija había parecido feliz, vivían bien, criaban a sus dos hijos y acababan de comprar el piso con una hipoteca. Lucía no comprendía en qué momento todo se había torcido.

Mamá, esta mañana estaba todo normal sollozaba Carmen entre hipidos. Pero por la tarde alguien llamó a Ismael. Cogí yo el teléfono y al otro lado escuché la voz de una mujer:

Cariño, ¿cuánto tiempo más tengo que esperar? Le pregunté quién era, pero la desconocida colgó de inmediato y no volvió a coger el teléfono. Entonces decidí preguntarle a mi marido. Me dijo que era una equivocación.

¿Entiendes que soy fiel? me insistió. Pero yo no le creí… Cogió sus cosas y se marchó.

Lucía intentó calmar a su hija, pensando que tal vez de verdad fue un error, una confusión sin importancia.

A la mañana siguiente, Carmen llamó hecha un mar de nervios para decirle a Lucía que Ismael había presentado la demanda de divorcio. Le aseguró que seguiría pagando la hipoteca. Pero no se sabía lo que el tiempo depararía. Si Ismael dejaba de pagar, Carmen sería incapaz de afrontar el préstamo sola y perderían el piso. Él le prometió que la propiedad quedaría para los niños. Aunque Carmen había escuchado un comentario inquietante: la amante de Ismael exigía que repartieran los bienes.

Al parecer, también necesitaban el piso, pues la otra mujer estaba embarazada. Nadie podía saber si era cierto. Cuando se separaron, Ismael insistió en que pagaría todo tal y como se habían acordado, y siguió viendo a sus hijos, ya que Carmen nunca se lo prohibió. Pero la mujer de Ismael no veía con buenos ojos esas visitas, y quizá por eso él, con los días, empezó a titubear sobre seguir pagando la hipoteca.

A veces, Carmen observaba cómo Ismael mostraba un cansancio profundo, ese mismo desgano que arrastra quien está agotado por las circunstancias… y, parecía, también por esa mujer y por el peso de la espera del hijo que iban a tener juntos.

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MagistrUm
Mamá, por la mañana todo iba bien, empezó la hija sollozando una y otra vez, y por la tarde alguien llamó a Fran.