Cuando Inés cumplió diecisiete años, su madre apareció flotando en la cocina, llena de luz dorada de la tarde, y le susurró como si la verdad pendiese de las cortinas: Voy a tener un bebé. Al principio, Inés se quedó paralizada, con la sensación de que el suelo era de nubes y sus palabras no eran suyas: ¡Pero si la que debe tener un hijo soy yo! ¡Tú ya tienes nietos de los que preocuparte! Si hubiese querido tener un bebé, ya lo habría hecho hace tiempo. ¡Qué vergüenza frente a mis amigas! ¡Vieja loca! gritó, desgarrando el aire como si fuera tela mojada. Y así, las lágrimas de su madre brotaron como ríos por la Alhambra, saladas y antiguas.
Inés se aferró a su enfado como quien abraza una higuera en medio de un vendaval. Lloraba cada vez que veía la barriga creciente de su madre, sin consuelo ni en los retratos de los abuelos colgados en el pasillo. Su padre, don Julián, intentó acercarse, pero ella escurría entre sus manos como agua en el patio andaluz. Una tarde, Inés se fugó, los trinos de los vencejos guiando sus pasos por calles empedradas y desconocidas de Salamanca.
Perdida en aquel laberinto de sueños, Inés pensó que, tan pronto como naciera el bebé, todos se olvidarían de ella; sería invisible. Pero el tiempo es redondo en los sueños. Al final, fue don Julián quien llevó a la madre y al recién nacido de regreso a casa, bajo un cielo celeste de junio. Cuando la puerta se abrió y su madre entró con la niña envuelta en una mantilla blanca, Inés percibió aromas antiguos, a azahar y leche caliente. Las lágrimas rodaron entonces, pero eran dulces esta vez, y de repente supo que ese milagro pequeño le había llenado el corazón de ternura.
Años después, con treinta y siete otoños a sus espaldas, Inés vive en un piso de tres habitaciones en Valladolid, compartiendo los días con su marido Fernando y su hijo adolescente, Miguel, de dieciséis años, cuyos pies ya resuenan como los de un hombre adulto. Hay una inquietud leve, un temblor de campanas invisibles, mientras espera que Miguel regrese del instituto para confesarle el secreto quebradizo de su embarazo. El miedo la agarra de la mano, porque teme encontrar en él el mismo huracán de rebeldía que tuvo ella de joven. Pero los sueños a veces ofrecen regalos insospechados.
¿Voy a tener un hermano o una hermana? ¡Eso es estupendo! ¡Te voy a ayudar, mamá!, exclamó Miguel mientras el reloj callaba un segundo entero. Se abrazaron, y la emoción se desbordó en lágrimas cristalinas, un amasijo de alivio, alegría y viejas culpas que caían al suelo como monedas de euro. En la cocina, con los azulejos reflejando su llanto, Inés murmuraba muy bajito: Mamá, perdóname… Mamá, perdóname
De repente, una nube extraña cruzó la cara de Miguel, y ella, inquieta, le preguntó: ¿Pasa algo, hijo? Pero él sonrió, como si se hubiera tragado el sol de mediodía, y contestó: Todo está bien, mamá. Vamos a comer algo después iremos a ver a los abuelos y a la tía para contarles la buena noticia.





