Tengo un amigo que se llama Javier. Es un tipo realmente inteligente, todos recurrimos a él cuando surge algún problema en nuestro grupo y él siempre está dispuesto a echarnos una mano. Javier tenía ya 29 años y nunca había pensado demasiado en casarse, pero entonces apareció Sofía. Ella acababa de terminar el instituto, tenía 18 años. No podíamos hacer nada al respecto. Javier estaba decidido a casarse con Sofía. Se amaban locamente, pese a la diferencia de edad. Aunque, sinceramente, no se trata tanto de la edad. Hoy en día ya no es tan importante. Solo que, si él tuviese 26 y ella 37 años, sería más sencillo que si tienen 18 y 29. Es una cuestión de generaciones. A los treinta años, tus prioridades cambian radicalmente, la vida adquiere otros colores, y a los dieciocho, tu cabeza es una maraña de ideas con la que tendrás que lidiar durante la próxima década.
Se querían tanto que nadie pudo impedirlo. Recibieron la bendición de sus familias y se casaron. Bueno, más bien, no fue una boda convencional. Sofía y Javier se casaron en el Registro Civil de Madrid, luego fueron a un restaurante con sus más allegados, y esa noche la nueva familia partió en coche para recorrer Europa. Creo que fue una de las mejores decisiones de sus vidas. ¿Quién necesita banquetes, discusiones por culpa de las copas, dolores de cabeza y berrinches, cuando puedes invertir toda esa energía y euros en disfrutar juntos?
Volvieron descansados y renovados. Al principio, Javier confesaba que sentía celos de los amigos de Sofía. Pero con el tiempo, eso dejó de ser un problema. Javier se dio cuenta de que todos eran unos chavales y que podría controlar la situación sin mayores dificultades. Sofía seguía asistiendo a fiestas y cumpleaños de sus compañeros, mientras Javier prefería quedarse en casa. A él le gustaban las reuniones tranquilas, con buen vino y conversación, rodeado de amigos de confianza. En resumen: supieron adaptarse bastante bien.
Llevan ya tres años casados. Javier trabaja, gana un buen sueldo, y Sofía estudia en la universidad y trabaja a la vez. Por supuesto, han tenido alguna discusión o malentendido, pero nunca han llegado a grandes peleas. De momento no piensan en tener hijos, quieren primero comprar un piso más grande en Madrid. Javier a menudo tiene que explicar a Sofía cosas obvias para él, pero no le supone un esfuerzo, y ella escucha, entiende y acepta todo. Para Sofía, la palabra de Javier es ley, y para él, Sofía es el centro de su vida.
Hoy, escribiendo estas líneas, me doy cuenta de que el amor y la comprensión pueden vencer cualquier barrera, incluso las de generación. Al final, lo que importa es el respeto y saber encontrar el equilibrio, y de eso he aprendido mucho observando a Javier y Sofía.







