Mi nombre es Santiago. Siempre me consideré afortunado en la vida, porque tuve la dicha de ser padre y esposo. Me casé con Inés, de quien me enamoré cuando aún éramos unos críos en el colegio. Ella me esperó con paciencia y fidelidad durante la mili y, nada más regresar, nos casamos.
Primero nació nuestro hijo mayor, Álvaro. Luego, tres años después, vino al mundo nuestro segundo hijo, Diego. Pero yo soñaba con tener una hija. Incluso cuando Inés se quedó embarazada por primera vez, le conté a todo el mundo que deseaba una niña. Todos se sorprendían, porque lo habitual entre los hombres era desear un hijo varón, pero yo soñaba con una niña. Sin embargo, Inés trajo al mundo a un varón. Y al cabo de tres años, otro varón más.
Nuestra vida juntos era tranquila y feliz, los niños crecían fuertes y sanos. Hasta que un día, Inés me dio una noticia inesperada: estaba embarazada de nuevo. No habíamos planeado un tercer hijo, pero la noticia me llenó de alegría.
Esta vez seguro que viene la niña que tanto deseas me dijo Inés, sonriendo convencida. Estoy segura de que ahora sí será una niña.
Tanto mi madre como la suya estaban convencidas, solo con ver la barriga de Inés, de que traería una chica; hasta la ecografía decía lo mismo. Todos esperábamos con ansias a esa niña. Incluso Álvaro y Diego se esmeraron pensando en un nombre para su futura hermanita.
Llegado el momento, Inés empezó con los dolores y la llevé rápidamente al hospital. Pasé la noche en vela, preocupado, sin poder dejar de pensar ni un segundo en cómo estaría mi querida Inés y si, efectivamente, nuestra niña habría llegado. Por la mañana llamé al hospital y me comunicaron que había nacido un niño de 3 kilos 200 gramos y 54 centímetros.
No podía creerlo. Pensé que todo era un error, que seguro se habían equivocado, pues todos esperábamos una niña. Pero no, no era un error. Teníamos otro hijo varón. Ni yo ni nadie se lo esperaba, confiábamos plenamente en la llegada de la niña. Jamás entendí cómo pudo equivocarse el médico de la ecografía. Cuando hablé con Inés, le pregunté en tono de broma:
¿No será que tuviste un desliz con el vecino?
¿Pero qué sandeces estás diciendo? me respondió, molesta. ¡Tú sí que tienes imaginación! ¡Estabas convencido de que venía una niña!
¡Lo decía todo el mundo! insistí yo.
¡No digas tonterías! respondió, indignada, colgando el teléfono.
Cuando dieron el alta a Inés, fui a buscarla al hospital y juntos volvimos a casa con nuestro nuevo hijo. Al desenvolver el mantelito que lo envolvía y mirar su carita diminuta, sentí de inmediato que ya lo quería profundamente. Pasaron cuatro años y medio. Nuestro tercer hijo, al que llamamos Teo, crecía fuerte. Yo le enseñaba a montar en patinete. No se parecía nada a mí, y solo tenía un leve aire a su madre, mientras que Álvaro y Diego sí eran casi mi viva imagen.
Un día, escuché a unas vecinas cotilleando en la portería sobre mí y Teo. Comentaban que no se parecía a mí en absoluto.
¿Te has fijado en lo mucho que Teo se parece a Andrés, el del tercer piso?
Me sentí dolido al oír eso. Fui a casa y pregunté directamente a Inés:
¿Quién es en realidad el padre de Teo?
¿Otra vez con tus historias? ¿Cómo puedes preguntarme eso? ¿Acaso crees que te he engañado? ¡Eso es una locura!
¡Solo quiero saber la verdad! Después de todo, Andrés te llevó una vez a casa en coche
¡Sí! Pero ya estaba embarazada en ese momento. Me encontraba fatal y tenía que tirar con dos bolsas enormes del súper. Andrés fue amable y me llevó. ¿Eso es un crimen?
No, claro que no pero es que Teo no se parece nada a mí.
La discusión fue aumentando de tono. Inés estaba furiosa. Al final decidí que debíamos hacer una prueba de ADN, aunque ella se negó tajantemente. Dos semanas después, sin embargo, Inés me sorprendió y accedió, advirtiendo que tras la prueba me pediría el divorcio. Yo pensé que era el enfado hablando por ella. Aun así, acordamos realizar la dichosa prueba.
Un día, mientras tiraba la basura, me crucé con Andrés. Ya tenía 35 años y seguía soltero. Me quedé observándolo, intentando encontrar alguna semejanza entre él y mi hijo, pero cuanto más lo miraba, menos se parecían.
Regresé a casa pensativo y me senté en la cocina. De repente, Teo corrió hacia mí, se subió a mis rodillas y me abrazó, contándome sus cosas con esa dulzura infantil. En ese instante sentí cómo se me desvanecía toda sospecha. ¿Qué tontería era aquella de las pruebas? Ese niño era mi hijo, lo sentía en lo más profundo del corazón. Lo abracé con fuerza y me fui directo con él y con Inés al dormitorio.
No vamos a hacer ninguna prueba dije convencido.
¡¿Cómo que no?! respondió Inés, muy ofendida. ¡Por fin me había mentalizado para que vieras que no te he engañado jamás!
Estuve una semana pidiéndole perdón y rogándole que me perdonase por haber dudado de ella. Finalmente, Inés me perdonó. Los años pasaron. Álvaro se casó, y a poco su mujer nos anunció que esperaban una niña. Pronto, Inés y yo nos convertimos en abuelos. Me sentí inmensamente feliz por fin: por primera vez tendría una nieta a la que podría consentir y mimar.
Y ahora sé con certeza que la querré con toda mi alma, igual que quiero a mis tres hijos, porque el amor verdadero nunca se reparte, solo crece y se multiplica con el tiempo.







