Nunca se habló de pensión alimenticia, solo acordamos que yo pagaría a mi esposo para el mantenimiento de nuestro hijo, y él lleva años viviendo de mi dinero.

Como fui yo quien decidió abandonar a la familia por otro hombre y fue mi culpa que el matrimonio se rompiera, Daniel consideró que tenía la obligación de compensarle por el corazón destrozado que le dejé. No me permitió llevarme a nuestro hijo, y él mismo, Lucas, eligió quedarse a vivir con su padre en Madrid, no conmigo. Por más que aquello me desgarraba, no lograba convencerle ni llevarle conmigo a la fuerza. Todo se resolvió rápido, me dejaron marchar a cambio de que, religiosamente, les enviase euros una o dos veces al mes.

En aquellos años, mi exmarido todavía trabajaba y tenía un sueldo más que decente. Sin embargo, en cuanto cayó en la cuenta de que yo tenía bastante dinero y mi nueva pareja, Javier, también aportaba algo para que a mi hijo no le faltara de nada, Daniel renunció a su empleo y empezó a vivir de lo que le mandábamos.

Según crecía Lucas, su padre le mimaba sin medida: comidas en los mejores restaurantes del barrio de Salamanca, faltas a clase en cuanto se le antojaba un viaje, veranos en la costa de Málaga y electrodomésticos de última generación en casa. Poco a poco, Lucas fue adoptando una actitud de total desdén hacia mí. Apenas quería verme y cada vez que intentaba hacerle un regalo o sorprenderle con algo, “papá” lo superaba, aunque siempre a costa de mi dinero. A los once años, mi hijo ni siquiera se preguntaba cómo es que su padre tenía tanto dinero si, en realidad, siempre estaba en casa.

Javier, mi actual marido, me sugirió que quizá el problema era que les estaba dando demasiado. Además, empezamos a pensar en la educación superior de Lucas y decidimos que sería mejor ahorrar para la universidad, en vez de permitir que Daniel gastara todo en sus caprichos vacíos. Decidí hablarlo cara a cara con mi exmarido y le expliqué que ya era hora de que él se hiciera cargo de los gastos cotidianos, mientras yo empezaría a guardar el dinero para asegurarle un buen futuro a Lucas.

La respuesta de Daniel fue todo menos comprensiva: me dijo qué clase de madre era y cómo había sido como esposa, y me amenazó con llevarme a juicio para exigirme una pensión de alimentos, asegurando que nunca les había dado nada realmente.

Consulté a unos abogados en la Gran Vía y me aconsejaron que no temiera ni atendiera a sus amenazas. Me aseguraron que Daniel no podría conseguir nada, pues llevaba ya años sin trabajar, viviendo sólo a costa de mis ingresos.

Aun así, siento que soy yo quien pierde en esta historia. Percibo que ahora mi hijo me odia aún más, convencido de que no quiero ayudar a su padre y yo no sé cómo remediarlo.

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MagistrUm
Nunca se habló de pensión alimenticia, solo acordamos que yo pagaría a mi esposo para el mantenimiento de nuestro hijo, y él lleva años viviendo de mi dinero.