Después de dejar a su amante en la calle, Buchín se despidió de ella con ternura y puso rumbo a casa

Después de dejar a su amante en la acera, Buendía se despidió dulcemente de ella y puso rumbo a casa. Al llegar al portal, se detuvo un instante, repasando mentalmente todo lo que iba a decirle a su esposa. Subió por la escalera y abrió la puerta con llave.

Hola dijo Buendía. ¿Carmen, estás en casa?

Aquí estoy contestó Carmen, con su habitual tono sereno. Hola. ¿Qué, me pongo ya a hacer los escalopes?

Buendía se prometió a sí mismo ser directo: firme, cortante, de hombre a hombre. Le pondría fin a su doble vida antes de que los besos de la amante se enfriaran en sus labios, antes de dejarse atrapar otra vez por las aguas tranquilas de la rutina.

Carmen carraspeó, he venido a decirte que tenemos que separarnos.

Carmen recibió la noticia con una calma admirable. A Carmen Buendía casi nunca se la veía perder la compostura. En su día, Buendía solía llamarla de broma Carmen la Fría por eso.

¿Cómo que qué? preguntó ella, asomada a la puerta de la cocina. ¿Entonces no hago los escalopes?

Haz lo que prefieras dijo Buendía. Si quieres los haces, y si no, no los hagas. Yo me voy con otra mujer.

Cualquier esposa en esa situación habría reaccionado con una sartén volando o armando un escándalo. Carmen, sin embargo, no era de esas.

Vaya, menuda novedad dijo ella. ¿Has ido a por mis botas al zapatero?

No se trastabilló Buendía. Si te importa tanto, voy ahora mismo al taller y las recojo.

Ay, madre murmuró Carmen. Así eres tú, Buendía. Mándale a un tonto a por botas y te trae las viejas.

Buendía se sintió herido. Aquello de la ruptura no estaba resultando como había imaginado: nada de emociones fuertes ni reproches. Aunque, ¿qué podía esperar de aquella mujer apodada Carmen la Fría?

Carmen, ¡parece que no me oyes! dijo casi gritando. Te lo digo claro: me voy con otra mujer, te estoy dejando, ¡y tú solo hablas de tus botas!

Normal contestó Carmen. A diferencia de mí, tú sí puedes largarte cuando quieras. Tus botas no están en el zapatero, ¿verdad? ¿Por qué no irse?

Llevaban juntos toda una vida, pero Buendía nunca logró descifrar cuándo Carmen hablaba en serio y cuándo bromeaba. Si al principio se enamoró de ella, fue precisamente por su carácter tranquilo, por la ausencia de dramas y su parquedad con las palabras. Además, tenía que admitir que valoraba sus habilidades de ama de casa y sus formas firmes.

Carmen era fiable y fiel, tan fría y resistente como el ancla de un petrolero. Pero ahora Buendía amaba a otra. Una pasión ardiente y prohibida. Tocaba zanjar la cuestión y empezar de cero.

Pues eso, Carmen anunció ceremonioso, con una pizca de tristeza y quizá de pena. Te agradezco todo, pero me voy. Me he enamorado de otra y ya no te quiero.

¡Venga ya! exclamó ella. Que no me quiere, el tío este. Mira, mi madre, por ejemplo, se moría por el vecino, y mi padre por la brisca y el vino. ¿Y qué? Mira lo bien que he salido yo.

Discutir con Carmen era tarea imposible; cada palabra suya pesaba como una losa. Toda la fogosidad con la que Buendía había llegado se le esfumó. Ni ganas de discutir le quedaban.

Carmencita, eres genial, de verdad musitó. Pero amo a otra. Y no pienso quedarme.

¿Otra, quién? ¿La Lorena del estanco? preguntó, sin dejar de remover la cazuela.

Buendía palideció. Hacía un año tuvo un lío clandestino con Lorena, y no se imaginaba que Carmen lo supiera.

¿Cómo sabes tú eso? Bueno, da igual. No, Carmen, no es Lorena.

Carmen bostezó.

¿Entonces qué pasa, que te vas con Teresa, la del primero? preguntó.

Un escalofrío recorrió la espalda de Buendía. Teresa era otro asunto de su pasado. Si Carmen lo sabía, ¿por qué lo había callado? Pero claro, era de las que aguantan lo que les echen.

No, no es Teresa ni Lorena. Es otra, una mujer fascinante, mi gran ilusión. No puedo estar sin ella y me voy, así que ni intentes convencerme.

Seguro que es Inés dijo ella. Buendía, eres más transparente que el cristal. Toda la ciudad sabe que tu sueño es Inés Martín de la Vega. Treinta y cinco años, un hijo, dos interrupciones ¿me equivoco?

Buendía se agarró la cabeza. Le había dado en el clavo: mantenía precisamente una relación con Inés Martín.

¿Pero cómo? ¿Quién se ha ido de la lengua? ¿Me has estado siguiendo?

Es de cajón, Buendía contestó Carmen. Mira, alma, soy ginecóloga desde hace siglos. He visto a todas las mujeres de este dichoso Madrid; tú, sólo a unas pocas. Sólo tengo que echarle un vistazo a quien sea para saber por dónde se ha metido mi marido, ¡hombre!

Buendía se recompuso.

Bueno, supongamos que has acertado dijo, intentando sonar firme. Aunque sea Inés, no cambia nada: me voy con ella.

Ay, Buendía, de verdad Mira que podrías haberme preguntado por curiosidad. Además, tampoco tiene nada de especial la Inés esa, créeme, que soy médico. Y, por cierto, ¿has visto el historial clínico de tu gran sueño?

N-no admitió Buendía.

¡Eso me parecía! Mira, métete en la ducha ahora mismo. Mañana llamaré a Felipe, que te vea en el ambulatorio sin tener que esperar, dijo Carmen. Luego hablamos. ¡Qué vergüenza! ¡El marido de una ginecóloga sin saber buscarse una mujer saludable!

¿Y yo qué hago entonces? preguntó Buendía, derrotado.

Voy a hacer los escalopes dijo Carmen. Tú, dúchate y haz lo que quieras. Si algún día quieres un sueño sin enfermedades, dímelo, que te recomiendo unaBuendía se quedó allí, estático, con la llave aún en el bolsillo y la vergüenza revoloteándole por dentro. Oyó cómo Carmen partía huevos en un cuenco, el tintineo de los cubiertos y el sutil silbido de la sartén calentándose. Y en ese momento, lo invadió una certeza tan inesperada como irrefutable: no había en el mundo otra persona capaz de ponerle la vida patas arriba de manera tan silenciosa, ni de hacerle sentir tan ridículo ante sus propios dramas.

Sonó el grifo en el baño y Buendía, resignado, fue hacia allí. Mientras el agua tibia empezaba a correr entre sus dedos, pensó en todas las veces que había buscado emociones nuevas sin darse cuenta de que el único misterio real era entender a Carmen. Ella, con una frialdad inexpugnable, lo conocía mejor que nadie; era su único espectador y, en el fondo, también su única casa.

Cuando salió, el aroma de los escalopes llenaba el pasillo. Carmen servía la cena, sin mirar atrás. Buendía se sentó frente a ella, sin saber si pedir perdón o rendirse definitivamente. Carmen le pasó un plato sin ceremonia, suspiró y dijo:

Cómete esto calentito antes de que se te enfríe otra vez la cabeza.

Buendía cogió el tenedor y, entre bocado y bocado, supo que, mientras existieran noches como aquélla, su vida nunca sería completamente de nadie más. Afuera, la ciudad bullía ajena. Pero en esa mesa, con Carmen la Fría y los escalopes, Buendía sintió, quizá por primera vez, el ardor discreto de una verdad irrevocable: en el fondo, lo único que jamás podría abandonar era su lugar al otro lado de esa mirada imperturbable.

Y, por lo que quedaba de la noche, decidió quedarse.

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Después de dejar a su amante en la calle, Buchín se despidió de ella con ternura y puso rumbo a casa