He cometido errores en mi vida, pero el mayor de todos sigue viviendo a mi lado y no sé qué hacer. Tenía 25 años cuando me casé con un hombre llamado Álvaro. Él tenía dos años más que yo. En aquel entonces me parecía casi un príncipe sobre un caballo blanco.
Me regalaba flores continuamente, detalles, llevaba mis cosas pesadas, nunca discutíamos y siempre lográbamos encontrar una solución calmada a cualquier problema. Jamás vivimos juntos antes de casarnos, ninguno de los dos éramos partidarios de la convivencia previa, lo veíamos como una frivolidad. Así, simplemente, nos casamos. Mis padres nos dieron dinero para la boda, pero lo que nos regalaron no era suficiente para comprar un piso. Tampoco me apetecía alquilar uno ¿para qué pagarle a un desconocido y tener que escuchar cada día si vivimos bien o mal? Resumiendo, la madre de Álvaro nos propuso vivir en su casa. Tenía dos habitaciones libres en su piso de Madrid, y además, se sentía sola y estaba encantada de tener compañía. ¿Por qué no mudarnos allí?
Acepté por mi cuenta. Su madre parecía una mujer amable, y al principio fue fácil congeniar con ella. Pero en cuanto me casé con Álvaro y nos mudamos a casa de mi suegra, descubrí mucho más sobre él. Resultó que su madre aún lo veía como un niño. Y cuando vivía con ella, él no hacía nada en casa. Hasta el extremo de que su madre le lavaba los calzoncillos y los calcetines, siendo ya un hombre hecho y derecho. Hay que reconocer que eso no es normal.
Lo único que hacía Álvaro era ir a trabajar y ocuparse de lo suyo. No es raro que, en cuanto empezamos a vivir juntos, todas las responsabilidades domésticas recayeron sobre mis hombros. Ahora yo era quien debía cocinar para todos, limpiar, lavar la ropa y planchar. ¿Realmente lo necesitaba? Sí, mi suegra no se metía en mis asuntos ni entraba en la cocina cuando yo cocinaba, pero el hecho de que ni siquiera quisiera ayudar me hacía sentir como la sirvienta de su familia.
Después llegaron cosas aún peores. Un día una toma de corriente se quemó y yo apagué el fuego. Cuando le pedí a mi marido que quitara los restos y pusiera un enchufe nuevo, para él fue como una prueba de matemáticas avanzadas. Descubrí que Álvaro ni siquiera sabía cómo cambiar un enchufe. ¿Y qué decir cuando había que cambiar una bombilla? Él se apartó, aterrado, diciendo que no iba a hacerlo. Así que cogí una silla y cambié yo la bombilla. En fin, resultó que mi marido no sabía hacer nada en casa. Dirías que no es para tanto, pero lo peor es que ni siquiera tenía ganas de aprender. ¿Para qué molestarse? Mejor llamar a un profesional, pagar y que lo hagan otros. De acuerdo, pero no es precisamente millonario para permitirse que todo el mundo trabaje por él.
Lo que más me disgustaba era que mi suegra trataba a su hijo como si tuviese siete años y él le respondía tímidamente diciendo mami.
Álvaro, ¿te has puesto los calcetines, te has cambiado los calzoncillos? ¿Te has lavado bien? Escuchar estas conversaciones me provocaba vergüenza ajena. Es un hombre adulto y su madre le pregunta si se ha cambiado los calzoncillos.
En resumen, de verdad quiero divorciarme. Pero ¿qué haría entonces? No tengo una casa propia, el dinero que me dieron mis padres ya lo gasté. Y no puedo aguantar todo esto. ¿Cuánto más debería soportar esta situación?
A veces la vida nos pone frente a decisiones difíciles, y sólo cuando nos atrevemos a salir de nuestra zona de confort, crecemos de verdad. El mayor error no es equivocarse, sino quedarse estancado en una vida que no nos pertenece.





