Estaba aprovechando mi día libre, el único que tenía, para hacer tareas en casa. De repente, me llamó una conocida y me dijo, sin rodeos, que iba a venir con su hijo. Por mucho que intenté explicarle que estaba limpiando, parecía que ni me escuchaba.
A los diez minutos ya estaban en mi casa. No me hizo mucha gracia que viniera Lucas, porque es un niño bastante travieso.
Estábamos sentados en la cocina tomando café, mientras el hijo de mi amiga veía dibujos animados. Al poco rato, escuchamos un estruendo tremendo. Fui corriendo y me encontré el acuario hecho añicos. Los peces estaban desparramados por la alfombra, y el agua se había colado por todos los rincones.
Mi amiga se lanzó a comprobar si Lucas estaba bien, y yo me puse a sacar el agua con una bayeta para que no se inundaran los vecinos. Cuando terminé de limpiar, ella anunció que se iban.
¿Podrías ayudarme a llevar la alfombra a la tintorería? le pregunté.
No, mi hijo está muy asustado, tenemos que tranquilizarlo respondió.
Le pregunté a Lucas por qué estaba cerca del acuario, y me dijo que se le había metido un avión de papel, que estaba tratando de sacarlo. Lo curioso fue que no había ni rastro de papel. Lucas señaló el armario, diciendo que lo había cogido de ahí. Me di cuenta de que lo hizo con el acta de matrimonio.
Pues haz una copia, tampoco tiene tanto misterio me dijo mi amiga.
Claro, no sé para qué me altero. Compraré otro acuario, pediré un duplicado del acta, y pagaré la reparación del vecino. Para colmo, mi amiga me echó en cara que no debería tenerlo en un sitio tan visible.
Cuando se fueron, fui a comprobar que el vecino no tuviera ningún problema. Limpié bien y me acosté para descansar. Y por la noche, mi amiga me escribió diciendo que le debía dinero; que habían ido a un psicólogo porque Lucas se había asustado. No le contesté, simplemente bloqueé su número.






