He conocido numerosos relatos de mujeres que, en algún momento de sus vidas, sucumbieron a la infidelidad. Aunque siempre he intentado no juzgar a nadie, hay algo en ese comportamiento que sinceramente no consigo comprender del todo. No porque me considere mejor que ningún otro, sino porque, para mí, la infidelidad nunca supuso ni siquiera una tentación.
Hoy, al mirar atrás, me veo con treinta y cuatro años, casada desde hace tiempo y llevando una vida plenamente cotidiana. Solía acudir al gimnasio unas cinco veces por semana, cuidaba mucho lo que comía y disfrutaba manteniéndome en forma. Llevaba el cabello largo y liso, me gustaba verme bien y era consciente de mi propio atractivo. La gente solía decírmelo, y yo lo notaba en la forma en que algunos me miraban.
En aquellos años, no era raro que algún hombre se acercara en el gimnasio a hablarme. Unos fingían preguntar por ejercicios, otros me lanzaban comentarios a modo de halago, y había quienes eran más directos en sus intenciones. Lo mismo pasaba cuando salía de tapas con mis amigas; siempre solía haber algún hombre que se acercaba, insistía o preguntaba si estaba sola. Nunca hice como que no sucedía. Al contrario, lo notaba perfectamente. Pero jamás crucé esa línea. Y no era por miedo, sino simplemente porque no lo deseaba.
Mi marido, Julián Cifuentes, es médico cardiólogo y siempre trabajó muchísimo. Había semanas en las que salía de casa antes de que amaneciera y regresaba cuando ya estábamos cenando, a veces aún más tarde. Así que la mayor parte del día estaba sola en casa. Nuestra hija, Leonor, dependía de mis cuidados, al igual que la casa y mi rutina personal. Soy perfectamente consciente de que disfruto de esos espacios en los que, si quisiera, podría hacer y deshacer a mi antojo sin que nadie lo supiera. Sin embargo, nunca se me pasó por la cabeza usar ese tiempo para traicionarle.
Cuando estaba a solas, prefería llenar mi mente: entrenaba, leía, ponía la casa en orden, veía alguna serie o preparaba la comida, salía a pasear por el Retiro. No buscaba vacíos ni necesitaba que nadie exterior me validara. No pretendo decir que mi matrimonio fuera perfecto, porque no lo es. Discutimos, tenemos nuestras diferencias y, a menudo, nos vence el cansancio. Pero siempre hemos tenido algo esencial: mi honestidad.
Tampoco vivo desconfiando de él. Confío en mi esposo. Sé quién es, conozco sus costumbres, su manera de pensar y su carácter. Nunca me ha dado por revisar su móvil ni por crearme historias en la cabeza. Y esa tranquilidad lo es todo. Cuando uno no está buscando escapatorias, tampoco siente la necesidad de tener siempre puertas abiertas por si acaso.
Por eso, cuando leo historias sobre infidelidad no desde el juicio, sino desde la incomprensión pienso que la raíz de todo no pasa ni por las tentaciones, ni por la belleza, ni por disponer de tiempo libre o de atenciones ajenas. En mi caso, simplemente nunca fue una opción. No porque no pudiera, sino porque simplemente no quiero convertirme en ese tipo de persona. Y eso me hace estar tranquila.
¿Y vosotros, qué opináis sobre esto?






