Ya habían pasado cuarenta días desde que Eulalia enterró a su marido.
El día cuarenta y uno, tocaron a la puerta de su casita de campo en un pueblo de la sierra madrileña. Era Cosme.
Eulalia, tengo que hablar contigo de una cosilla dijo él, sin mucha seguridad.
¿Ahora de qué quieres hablar? le respondió la dueña con cara de pocos amigos.
Cosme nunca le había caído bien a Eulalia, ya que tenía un genio que asustaba a cualquiera y era más dado a los líos que a los santos. Si no fuera por el difunto Marcelino, ni le habría dejado cruzar el umbral en la vida. Pero su marido, que en paz descanse, era más majo que las pesetas y se llevaba bien hasta con los perros del pueblo.
Ayer, en la misa de las cuarenta, no quise proponerte esto delante de todos, no fuera a ser que se montase el cotilleo… Cosme seguía titubeando.
¿Proponerme qué? desconfiada, Eulalia le soltó una mirada que podría partir nueces.
Pues… Mira, es sobre el monumento de Marcelino en el cementerio…
Eso sobraba que me lo recordaras saltó Eulalia al instante. Ya lo hemos hablado con los chicos. Tú a lo tuyo y deja mis asuntos en paz, Cosme, no vayas de listo, que no tienes ni idea.
Tranquila, mujer, que tampoco es para tirar los trastos trató de calmarla Cosme. Es que ahora levantar una lápida sale por un ojo de la cara. Lo he estado mirando, ¿sabes?
Ya me apaño yo, gracias replicó Eulalia, hinchando el pecho. Mis hijos viven en Madrid, les va de cine. Pondremos lápida, verja de hierro y lo que haga falta. Sin que tú te metas.
¡Pero escúchame un segundo! Cosme empezaba a perder los papeles, el carácter le podía. ¿Y si el dinerito de tus hijos hace falta para otras cosas? ¿O para ti? Yo quiero pagar la lápida de Marcelino. De mi bolsillo, ¿entiendes? Todo.
¿Cómo? los ojos de Eulalia se achicaron como dos lentejas sospechosas. ¿Y a santo de qué esa generosidad tuya?
Simplemente, porque respetaba mucho a tu marido y…
¡Tú querrás muchas cosas! casi le chilló Eulalia. ¿Te has creído tú un Amancio Ortega o qué? Menuda broma. ¡Si tu mujer se entera de que le pagas la lápida a Marcelino, me corre a escobazos!
¡Que no, que la Antonia lo sabe todo! Está de acuerdo casi se le escapa un pisotón a Cosme.
Pues yo no estoy de acuerdo, mira tú por dónde. ¡Mi marido era, ponerle la lápida me toca a mí! Y se la pondré. ¡Asunto zanjado! Anda, vete por donde has venido.
Pero Eulalia, ¿te ha dado el aire, mujer? Que yo vengo a ayudar, ¡por amor de Dios! Regalado, hombre.
No necesito tus limosnas le espetó Eulalia, con todo el empaque de una señora castiza. No estoy para que me hagan favores.
¡Hay que ver qué carácter! Cosme casi rugió de rabia. Y luego dicen que Marcelino era un santo, ¡ya tenía mérito vivir contigo! Si llego a ser yo tu marido, te habría quitado las tonterías a escobazos.
¡Encima vas a insultarme! Eulalia se fue directa a la cocina y cogió el atizador. ¡Fuera de mi casa antes de que te dé la del pulpo!
¡Bueno, bueno, me largo! bufó Cosme, rebuscó en el bolsillo y estrelló un fajo de billetes de euros en la mesa. Pero antes, ¡toma! Haz lo que te dé la gana, hasta quemar el dinero en la chimenea si quieres.
Pero, ¿estás mal de la cabeza, Cosme? Eulalia, al ver los billetes de 100, se quedó más blanca que una bechamel. ¿Tú te crees que el dinero crece en los olivos? Si lo tengo aquí, se lo llevo yo misma a tu mujer y que te meta un chorreo de los buenos.
¡Que no los acepta, mujer! ¿No lo pillas?
¿Y por qué no? ¿Son de un banco suizo o qué? ¿O los habéis atracado y estáis deseando quitároslos de encima?
Madre mía, Eulalia, de verás… Cosme casi se ahoga de la indignación. Te lo tengo que contar todo Aunque prometí a Marcelino que no lo diría, pero no me dejas otra. Mira, vengo a devolver un préstamo. ¿Te enteras?
¿Qué? ¿Qué préstamo es ese?
Uno del montón. Hace una década Marcelino me sacó de un apuro. Una pila de euros…
¿Marcelino? ¿A ti? ¡Dinero!
Pues claro. Yo siempre se lo quise devolver, pero él no quería. Decía: “ya me lo darás a mi mujer si algún día me voy al otro barrio”. Un bendito, tu marido. Pero yo ya no estoy seguro de estar mucho tiempo por aquí, y no quiero irme debiendo favores. Así que quería gastarlo todo en la lápida y así saldar la deuda de una vez. ¿Ves cómo era todo por ayudar, no por otra cosa?
No digas más, Cosme, anda… Eulalia seguía en shock. Si Marcelino le hubiese prestado tanto dinero a alguien, me habría contado algo, seguro.
¡Ya quisieras! Si te lo llega a decir, lo llevas a la ruina de tanto reñirle. ¡Que aquí hay cuarenta mil euros, ni más ni menos!
¿¡Cuarenta mil!? Eulalia se quedó de cartón piedra. ¿Cómo… por qué no lo noté? Ni del sueldo de Marcelino desapareció tanto…
Porque trabajaba más que el Tato, Eulalia. Que si la casa, que si los chicos, que si favores a media comarca… Era de oro, tu marido.
Pero yo lo habría notado musitaba Eulalia. ¡Cuánto dinero! Y él así, como si nada
No sólo te ayudó a ti, ayudó a medio pueblo. Y a todos nos hizo prometer no soltarte prenda.
¿Pero por qué?
Porque, mira, las mujeres no llevan bien eso de que el marido preste dinero. La mía igual de chunga que tú. Prestar es fácil, cobrarlo es otro cantar, me dice siempre. Pero Marcelino insistía: cuando falte, ayudáis a Eulalia, como podáis.
¡Vaya con mi Marcelino! Eulalia se derrumbó suavemente en una silla. Así que los vecinos no se habían vuelto locos: uno me trajo leña sin cobrar, otro me labró la huerta gratis, y el hijo de Pedro prometió diez sacos de pienso para las gallinas. Y yo, pensando que me había tocado la lotería
Eso era tu marido. Tú haz lo que veas con el dinero, pero si puedes, ponle su lápida de una vez. Y si no, lo que tú decidas. Familiar, ya sabes. Bueno, me voy.
Cosme suspiró, se dio media vuelta y se dirigió a la puerta.
Cosme, oye lo detuvo Eulalia. Perdóname por la forma mía de saltar. Y gracias.
Dáselas a Marcelino, que es quien se lo merece. Que Dios le tenga en su gloria. Cosme sonrió, saludó de medio lado y salió de la casa.
Eulalia se quedó un buen rato sentada junto a la mesa, mirando el fajo de billetes y suspirando, entre agradecida y alucinadaEulalia se quedó mirando la puerta unos segundos después de que Cosme se marchara. El fajo de billetes reposaba sobre la mesa, inverosímil como un espejismo. Por primera vez en cuarenta y un días, sintió las lágrimas subiendo, bien distintas de las que había derramado en el entierro: estas no eran de pérdida, sino de asombro. Marcelino le había dejado algo más que amor o recuerdos; le había tejido sin ella saberlo una red invisible de manos amigas, de favores en la sombra, de generosidad silenciosa. Toda una vida de preocuparse por los demás, y, de rebote, también por ella.
Se levantó despacio, acarició el fajo de dinero y lo guardó en el cajón donde solía guardar el pan. Encendió la radio, esa voz familiar en las mañanas solitarias, y salió al porche. El pueblo respiraba tranquilo; de las chimeneas salía un humo lento, y una bandada de gorriones picoteaba junto al almendro.
Eulalia tomó aire, sintiendo por primera vez una calma especial. Ya no tenía la urgencia ni el orgullo herido: el monumento se pondría, sí, pero a su manera. Invitó a los hijos, a los amigos y a todo aquel que hubiese recibido un favor de Marcelino. Juntos, en la pequeña plazoleta del cementerio, colocaron la lápida entre manos callosas, risas y alguna que otra coplilla improvisada. Nadie cobró nada.
Al final, Eulalia levantó la cabeza, se acercó a la tumba ya adornada y, con una sonrisa limpia y una punzada dulce en el pecho, musitó:
Qué trastos me dejas, Marcelino Pero qué suerte la mía.
Y mientras el sol se despedía en rojizos sobre la sierra, en el pueblo todos supieron, por fin, que los hilos invisibles del difunto seguían trenzando milagros.







