Isabel tiene sesenta años. Tiene dos hijos y vive con su esposo en un piso de dos habitaciones en Madrid, aunque eso necesita ser matizado: en realidad no vive exactamente con él, sino que después de tantos años se ha resignado a su presencia. El carácter de él es complicado, rebosante de egoísmo y frialdad, como si la casa entera fuera una extensión de su voluntad. Todo siempre debe estar como él dispone. Por eso Isabel ha soportado en silencio durante tanto tiempo.
Sus dos hijos han seguido caminos diferentes. La mayor, Carmen, lleva doce años casada. Carmen y su esposo, Luis, pidieron una hipoteca en La Caixa, y lo cierto es que la van pagando poco a poco y sin atrasos. Todo extra, cada paga extra y aguinaldo, se va directo al banco, un sacrificio compartido.
Ambos trabajan duro, consiguen vestir bien a sus dos niños y sacar tiempo, dentro del sueño confuso de sus días, para criarlos. El hermano de Carmen, Tomás, vive algo mejor. Tiene varios pisos en distintas calles de la ciudad y una casa en la sierra de Guadarrama. Una tarde, Tomás llama a su hermana para compartir una revelación extraña, como anunciada por un reloj que no existe: Mamá y papá se van a divorciar. Ha sido decisión de mamá. Ya vendieron el piso y se han repartido el dinero, como si fueran dos magos con una baraja de cartas, dice Tomás con una voz que resuena y desaparece como el eco en la Plaza Mayor. Le prometí a papá que me ocuparía de él. Y a ti te corresponde cuidar de mamá.
¿Pero qué dices? ¿Dónde va a vivir? Sabes que somos cuatro en un piso de dos habitaciones ¿dónde va a dormir?, replica Carmen, perdida entre muebles y relojes blandos. Tomás suspira. ¿Y qué quieres que haga yo? ¿Vas a dejar en la calle a tu madre?, insiste, como si la respuesta estuviera escrita en antiguas piedras de Segovia. Carmen duda: A Luis tampoco le va a gustar mucho la idea, musita mientras por la ventana los tranvías parecen peces nadando en el aire. Eso ya es asunto tuyo, zanja Tomás, y cuelga, dejando flotando el tono en el pasillo.
Sin vacilar, Tomás ya había preparado para su padre un pequeño piso que tenía vacío cerca de la Gran Vía; una decisión tan rápida como encender una cerilla. No le dio más vueltas. Carmen, sin muchas opciones, quiso tramitar una hipoteca para su madre. Sucedió casi como por arte de ensueño: la petición fue aceptada sin apenas ruido. El piso se inscribió a nombre de Carmen; la señal se pagó con la parte del dinero que le correspondía a Isabel, y Carmen asumió la nueva responsabilidad de seguir pagando.
Luis, su esposo, no consigue todavía digerir el asunto. Se pasea por la casa, a veces taciturno, diciendo que la gente de cierta edad no debería divorciarse, que solo trasladan cargas a la espalda de sus hijos, como si fueran piedras de Toledo. No es justo, repite. ¿Y tú qué piensas? ¿Hay algo de verdad en las palabras de Luis?







