La Mujer Ajena que Fríe Croquetas para su Marido

Querido diario,

– ¿Quién es esa mujer y qué hace en mi cocina? exclamó Alicia, tirando la bolsa al suelo y a punto de lanzarse al combate.

– ¡Es Begoña! contestó yo, sin inmutarme.

– ¡Qué desagradable! se le reflejó en el rostro. ¿Qué hace aquí?

– Como ves dije, mientras el aroma de las albóndigas se esparcía por el piso. ¡Las está friendo!

– ¿Te has vuelto loco? volvió a gritar Alicia. ¿Has traído a una desconocida a mi casa solo para que cocine albóndigas?

– ¡Exacto! asentí. Después de la cena de anoche se me antojó algo de carne.

Desde la puerta asomó Begoña:

– ¡Ah, aquí estoy! ¡También he encontrado a la ama de casa! ¿Tu marido no sabe freírle unas albóndigas a su mujer?

– ¿Qué? se quedó boquiabierta Alicia. ¡Claro que sé hacerlo!

– Yo tampoco me di cuenta de que tu marido se negó cuando le ofrecí cocinar para él sonrió Begoña. ¿Quizá le sirva algo más? ¡A lo mejor acepta!

– Te voy a cortar en trocitos con mis propias manos rugió Alicia.

– Por tus manos tan delicadas no me preocupa nada. ¡Te has hecho la manicura y te has untado la cara de crema!

– Con esas manos deberías enredar tus propios rizos y hacerte la digna. Se nota que no sabes manejar una casa.

– Sí balbuceó Alicia, roja de ira. Que sepas

– Vete, dama de los negocios, que te daré una albóndiga. Pero solo una, no sea que no quepa en tu traje de oficina invitó Begoña, señalando la cocina.

– ¡Te vas a lamentar! dijo Alicia, pasando al lado de mi silla. Ahora me ocupo de ella y después prepárate.

– ¡Y no quemes mis albóndigas! llamó yo tras ella.

Entré en la cocina con la determinación de expulsar a esa intrusa. Begoña ya estaba sentada a la mesa, sirviendo té en tazas.

– ¿Un bálsamo para calmar los ánimos? preguntó con una sonrisa.

– tú escupió entre dientes Alicia.

– Como quieras replicó Begoña encogiendo los hombros, ¡yo me sirvo!

– ¡No puedes! soltó Alicia palabras malsonantes.

– ¡Basta de insultos! intervino Begoña, erguida. ¿Hasta dónde has llevado a tu marido? ¡Que deambula por la calle buscando a quien le frían albóndigas!

Solo se puede castigar al marido por hambre si él te ha prometido adelgazar. En cualquier otro caso debe estar bien alimentado, limpio y querido.

– Ehh titubeó Alicia.

– Menos mal que lo atrapamos. De lo contrario, se quedaría sola, con su peluquería química, lista para freír y acostar.

– ¿Y tú? preguntó Begoña, tomando asiento en el taburete.

– ¿Qué necesito? burló Begoña, tomando su té. Yo tengo a mi marido. Tú, como clienta habitual, decidí servirte.

– Además, lo guardé para ti. ¡Casi se va por la calle a buscar quien le cocine!

– Es un buen marido, pero lo salvé para ti.

– ¿Nos hemos visto antes? indagó Alicia, desconfiada.

– ¡Qué memoria tienes! rió Begoña. Yo trabajo en la carnicería de la esquina. Ustedes siempre compran allí.

– ¡Exacto! se iluminó Alicia.

– En el bolsillo hay chollo contestó Begoña. ¿De verdad dejaste que una extraña entrara a tu cocina por albóndigas? ¿Eso ya es normal?

***

Al principio mi familia era tradicional. Yo trabajaba como catedrático en la Universidad Complutense y mantenía a la casa, mientras Alicia estaba en el paro por maternidad. Tuvo suerte de pasar ocho años en el descanso parental, criar a tres hijos y cumplir con el programa de la madre perfecta.

Yo estaba orgulloso de nuestra gran familia. Yo era hijo único y recordaba bien los momentos de abandono cuando mis padres estaban en el trabajo.

De pequeño soñaba:

– ¡Qué bien si tuviera un hermano o una hermana! Jugaríamos juntos.

Por eso, cuando tuve mi familia, me esforcé por que mis hijos no sintieran la soledad que yo conocí.

Tenía tres hijos y Alicia, que se quedaba en casa todo el día. Mucha gente se preguntaba cómo podía sostener una familia tan numerosa. Yo era profesor universitario, pero los salarios no son de oro.

La clave de nuestra estabilidad no fue ningún negocio turbio, sino la suerte. Cuando cumplí 18 años, mis padres me regalaron una casa de campo en la sierra. No sabía para qué servía, pero la acepté por gratitud.

Yo estudiaba para ser docente y no me interesaba la finca. La mantuve cerrada dos años, hasta los 20, cuando decidí venderla. La vendí a buen precio y el dinero lo entregué a mi amigo Arturo para que iniciara su empresa.

Arturo no malgastó el capital; lo invirtió en una tienda de ropa y la empresa creció. Yo me convertí en socio sin mover ni un dedo:

– Arturo, tú sabes de esto, ponle ganas. Yo sólo recibiré mi parte de los beneficios.

Al principio los ingresos eran modestos, pero con el tiempo la rentabilidad aumentó y siempre sobraba algo para ahorrar.

– Lo guardo para algo grande, como la universidad de los hijos, una casa, un coche o la boda.

Así vivíamos tranquilos, con buen ambiente, hasta que mi hijo menor cumplió diez años.

Yo seguía como siempre, pero Alicia empezó a sentir un vacío. Ya no necesitaba estar a tiempo completo con los niños; ellos la presionaban para que no le molestara.

Se sentía sola, y el tiempo libre la devoraba.

– Ignacio, me estoy volviendo loca, no aguanto más confesó una noche. Te quiero, pero siento que me estoy desvaneciendo.

Yo le respondí:

– Es una declaración seria. ¿Qué propones?

Ella, sin titubear, soltó:

– Quiero montar mi propio negocio. Tenemos ahorros que generan intereses. Si invierto una parte, o multiplico el capital o lo pierdo sin que sea una catástrofe para la familia.

Yo reflexioné:

– Está bien, cariño. Si lo logras, serás más que esposa y madre; serás empresaria.

Si fracaso, al menos sabré que lo intenté.

Yo le dije:

– Adelante, haz lo que consideres mejor.

No tuve más remedio. Así empezó su proyecto, y pronto se vio absorbida por el trabajo, dejando de lado a la familia. Yo, a pesar de ser catedrático, también sé limpiar, cocinar y cuidar de los niños, aunque con el típico descuido masculino: lo que no se ve no lo limpio, la basura bajo el sofá, ojos que no ven, corazón que no siente.

Los niños son bastante independientes, solo necesitan ayuda con los deberes y algo de dinero. En cuanto a la cocina, yo tengo dificultades. No soy chef; mi repertorio se limita a platos preparados, albóndigas y nuggets congelados. La vida me obliga a improvisar.

– Señora, ¿por qué no me prepara algo en casa? preguntó la dependienta del supermercado.

– Cuando estoy en casa, sí puedo, pero ahora estoy ocupado con el negocio. Necesito carne picada para albóndigas, pero no sé cocinarla bien.

– ¡Permítame ayudarle! intervino otra clienta. Yo cocino muy bien.

– Ya te conozco, siempre vienes a comprar pelotas de ravioli, pero nunca compras albóndigas replicó la dependienta.

Al final, acepté la oferta de que me frieran las albóndigas en el local de la vecina a las siete y media. Mientras Begoña contaba la caja, compramos pan, leche y cebolla en la tienda de al lado y, ¡vaya fuego que se armó! Begoña fríó mis albóndigas mientras esperaba a que llegara Alicia.

– Ten más cuidado con tu negocio aconsejó Begoña mientras limpiaba la cocina. Hoy casi pierdes a tu marido; lo atrapaste en la calle y lo alimentaste con albóndigas, pero no te pases de la raya.

– No guardo rencor respondí.

– ¿Qué haré con mi enfado? se rió Begoña. Hoy le diste albóndigas, mañana le darás pastelillos y al final le prepararás un buen cocido.

Al final, mi empresa no alcanzó cumbres de fantasía, pero tampoco fracasó totalmente. Las ganancias son medianas, y eso basta.

Si hubiese seguido dedicándome solo al negocio, quizá habría llegado más lejos, pero la lección de Begoña me obligó a replantear mis prioridades. Cuando la supervivencia está en juego, el impulso de arrancar todo tiene sentido, pero para mi dignidad basta con un empleo de ocho horas diarias y dos descansos semanales.

Lo importante es que mi esposo ya no anda por callejones buscando a quien le frían albóndigas.

Hoy he aprendido que el equilibrio entre la familia y la ambición es la verdadera riqueza; que el amor y la presencia son más valiosos que cualquier beneficio económico.

Con gratitud,
Ignacio.

Rate article
MagistrUm
La Mujer Ajena que Fríe Croquetas para su Marido