—¿Cuánto tiempo más piensas estar de parto? —me preguntó con sarcasmo la madre de mi marido.

¿Eres una fábrica de bebés? ¿Cuántos hijos más piensas tener? me soltó con sorna mi suegra en cuanto descolgué el teléfono.

¡Hola, Carmen María! Por favor, no seas tan hiriente le respondí con la mayor cordialidad que logré sacar. Me ha dicho Fernando que ya sabe que esperamos un nuevo bebé, ¿eso te ha molestado?

¡Pues claro que sí! Después de tu tercer hijo ya te pedí que pararais de una vez. No hacéis caso a quien sabe más del asunto, ¡qué cabezotas! Que por algo te regalé el paquete de preservativos por Nochevieja, para que empezaras a cuidarte ¡Y seguís igual! refunfuñó Carmen María, dejando claro que no estaba de humor.

No pude evitar recordar aquel Fin de Año cuando, entre el roscón y las uvas, mi suegra me entregó una enorme caja de preservativos. Fue el mismo día del cumpleaños de mi hijo mayor y con ese gesto, tan sutil, ya nos estaba dejando caer el mensaje: «basta ya de niños».

Te hemos escuchado, pero no se puede ir contra la naturaleza respondí con calma, intentando quitarle hierro al asunto.

¿Encima te lo tomas a guasa? Pues apáñatelas tú sola con tus hijos, porque yo ya no pienso ayudar más Y en realidad, nunca…

El tono del teléfono la interrumpió antes de que pudiera terminar la frase. De todas formas, no había nada más que decir.

Solté el móvil sobre la cama, me sonreí y acaricié mi vientre, que aún no mostraba señales del nuevo bebé. Fernando y yo esperamos nuestro cuarto hijo, justo eso es lo que parece sacarle de sus casillas a Carmen María. Y sigo sin entender por qué.

Mi suegra nunca se ha ocupado de sus nietos ni nos ha ayudado económicamente. Como mucho, viene a verles una vez al mes y, en fechas señaladas, aparece con algún juguete o detalle. No es que me duela, pero siempre lo he aceptado sin protestar. Carmen María tiene recursos, pero parece que le falta la ganas de entregar un simple paquete de caramelos. Yo prefiero callar y no disgustar a Fernando con ello; los niños están sanos y felices, vestidos y comidos, y eso es lo que cuenta.

Fernando trabaja de jefe de obra y yo, por mi cuenta, llevo un pequeño negocio desde casa. Desde que empezó a funcionar bien, pude contratar a una chica para que cuide a los niños unas horas y así poder rendir más en mis encargos. Ella juega y saca a los peques al parque, y yo respiro tranquila.

Nuestra familia es feliz, pero siempre es Carmen María quien enturbia esa armonía. Nunca le ha hecho ninguna gracia su nuera y, cuando los niños fueron llegando uno tras otro, acabó perdiendo la paciencia.

Recuerdo especialmente su reacción ante el nacimiento de nuestra tercera hija: insistió, sin ningún recato, en que debía abortar. Con el tiempo, y a pesar suyo, se fue rindiendo a la pequeña y al resto de nietos. Cuando parecía que todo se calmaba, me enteré de este cuarto embarazo. Ni Fernando ni yo lo habíamos planeado, pero así llegó y así se quedará. Si la vida te da un hijo, hay que sacarlo adelante.

Esta nueva noticia ha alterado los planes de la abuela… y sospecho el porqué. Carmen María teme que Fernando deje de ayudarle económicamente. Él le envía euros todos los meses, así que le preocupa que, con cuatro hijos, los gastos suban y su particular «tiendecita» eche el cierre.

Por mi parte, no me importa que Fernando apoye a su madre, siempre que no falte nada en casa. Hasta ahora nos llega perfectamente; es buen hijo y ya ha pagado los arreglos del piso de su madre, unas vacaciones en Benidorm y hasta el dentista. Yo le apoyo, sin resentimientos, pero debe poner la familia primero.

Si mi intuición es cierta y lo que le preocupa a mi suegra es el dinero, lo lleva claro: solo va a ir a peor, y sus lamentos no van a cambiar las cosas. De poco sirve que repita sus argumentos: ni va a alterar nuestro embarazo ni va a decidir por nosotros.

Fernando y yo ya lo hemos dejado decidido: este cuarto hijo vendrá al mundo le pese a quien le pese. Al final, ¿qué derecho tiene la madre de mi marido a decirnos cuántos hijos debemos tener? Esa decisión solo nos incumbe a nosotros.

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MagistrUm
—¿Cuánto tiempo más piensas estar de parto? —me preguntó con sarcasmo la madre de mi marido.