Mira, el otro día pasó algo que aún sigo dándole vueltas. Te lo tengo que contar. Verás, Rosa María consiguió quitarse el abrigo y sacar la carpeta de partituras antes de que alguien pegara un folio en la puerta del salón de ensayo. Al principio pensó que sería uno de esos carteles de seguridad, y luego ya leyó: A partir del día 1, sala cerrada por reformas. La renta se ha revisado. Firmaba la empresa gestora y debajo ponían un número de móvil.
Dentro ya había un murmullo de voces, alguno calentando la voz, otro buscando las gafas en el bolso, y a alguno no le faltaron bromas sobre lo mucho que les hacía falta una reforma, pero nadie se rió en realidad. El director del coro, Don Juan Carlos Fernández, estaba junto al viejo piano, sujetando ese papel como si con sólo apretarlo pudiese sacar otra noticia mejor de detrás.
Venga, vamos a calentar un poco primero dijo, intentando que no le temblara la voz, pero Rosa María le notó forzándose a no venirse abajo.
Calentaban la voz siempre igual, y había en eso algo que le sostenía a Rosa María. Mmm, na-na-na, subían y bajaban por las escalas suavemente, y sentía cómo ese sonido se colocaba en el pecho y de ahí salía suyo y a la vez de todos. Desde la jubilación, y con el piso tan silencioso, el coro era ese lugar donde no desaparecía, donde alguien la sostenía de los hombros, no como un deber, sino como un refugio.
Después de calentar, Don Juan Carlos levantó la mano.
Está la cosa complicada. Nos han bueno, nos ponen ante el hecho consumado. Cierran la sala por reformas y triplican el alquiler. No podemos pagarlo.
¿Cómo que no podemos? saltó enseguida Doña Carmen Gutiérrez, que era siempre la primera en intervenir. ¡Pero si somos asociación cultural del centro! ¡No somos particulares!
El centro ya lo lleva una empresa nueva contestó el director. Me lo han dicho hoy, todo por optimización. Además… volvió a mirar el papel como si buscara ayuda: Estén en casa, que esto es para la juventud.
Rosa María notó algo subiéndole a la garganta, una mezcla de rabia y sequedad, casi como toser sin voz. Pensó en los pañuelos colgados de las sillas, en las galletas escondidas para los cumples, en ese árbol de Navidad pequeñito que ponían en la ventana y cómo cantaban tan alto que hasta el conserje se asomaba simulando mirar los radiadores.
¿Tanto molestamos? preguntó ella, sorprendida de poder decirlo sin que le temblara la voz.
Molestamos sólo para quienes nos ven de sobra dijo Don Juan Carlos. Pero vamos a decidir qué hacemos antes de gastar energías en enfados vacíos.
Más de uno propuso luchar, aunque ninguno sabía bien cómo se hace eso de reivindicarse. Al día siguiente, Rosa María fue al ayuntamiento del distrito con Don Juan Carlos y dos compañeras más. Llevaron carpeta con carta, lista de integrantes y una copia del agradecimiento del Ayuntamiento por el festival del barrio. Rosa María se puso su falda oscura y la blusa seria, como si tuviera una entrevista.
En la sala de espera olía a café y a papeleo. La secretaria, una chica con el esmalte impecable, ni levantó la mirada.
¿Motivo de la cita?
Coro Albahaca respondió Don Juan Carlos. Nos cierran la sala.
Cursen la petición por sede electrónica o vayan a la Junta de Distrito.
Ya hemos escrito intervino Carmen, enseñando la carta. Mire, está firmada.
Papeles físicos ya no se admiten por fin alzó la mirada, sin enfadarse, sólo agotada. Todo por el sistema.
¿Y el sistema se atascó Rosa María. Ella dominaba el móvil lo justo para pagar la luz, pero eso de el sistema sonaba a una puerta sin manilla. ¿Y si queremos hablar de verdad?
Soliciten cita previa respondió la secretaria. Dos semanas mínimo.
A las dos semanas, nada. Les soltaron que eso es asunto del propietario, la empresa gestora, y que ellos sólo alquilan en condiciones comerciales. Don Juan Carlos, que aguantaba como podía, pidió aunque fuera una prórroga en lo que durara la obra. Pero todo eran respuestas de manual. Rosa María se fue convenciendo de que allí, sus voces se perdían contra el techo, no se unían nunca en un solo canto.
Probaron en el colegio, la biblioteca, hasta en la casa de cultura. En el cole les dijeron que extraescolares hasta la noche; la bibliotecaria primero sonrió, pero después soltó que ya había quejas por el ruido; en la casa de cultura les dieron un sótano donde olía a humedad y había mesas para jugar al ping-pong. Don Juan Carlos se apartó, y dijo bajito:
Ahí los dejamos sin voz.
Lo peor no era tanto el no, sino lo que les decían. Grupo de edad, poco viable, eso no encaja. Una funcionaria, sin ni mirarles, soltó:
Si es para ustedes, pueden ensayar en casa, ¿no?
Rosa María salió a la calle, notando que caminaba demasiado deprisa, como si escapase.
El viernes, por costumbre, aún se pasaron por el centro cultural. Estaba cerrado y el cartel seguía, ahora con otro añadido: Prohibido el paso a personas ajenas. Rosa María, carpeta en mano, no sabía dónde meterse las manos. Juan Carlos llegó y miró a los pocos que habían ido.
No nos vayamos dijo. Vamos a la biblioteca, he conseguido que nos dejen una hora en la sala de lectura, de momento hay poca gente.
¿Y si nos echan? susurró Pilar Morales, que casi nunca discutía nada.
Pues que nos echen Juan Carlos, firme. Pero hay que probarlo.
Diez minutos caminando, iban en hilera, como niños de excursión, pero con muchos menos nervios. Rosa María sentía las miradas en el paso de cebra: unos con curiosidad, otros con fastidio, como si invadieran la acera.
En la biblioteca les abrió la puerta un señor delgado de jersey verde.
Pero bajito se puso nervioso enseguida. No digo que no canten, sólo que…
Seremos muy discretos le prometió Rosa María.
Se pusieron entre estanterías. El piano, ni rastro. Juan Carlos dio la nota suave, casi un susurro. Rosa María temía que sin instrumento todo se desparramara, pero no, pasó justo lo contrario: escuchaban el uno al otro más atentos que nunca. El aliento del compañero era más importante que los teclados de siempre.
Al principio, la gente levantaba la cabeza, alguna ceja fruncida, una señora comentó alto pero ¿esto qué es? y cerró el libro sonoramente. Pero, al final, al cantar un tema sencillo que todos conocían, la sala quedó aún más silenciosa. Era un silencio distinto, de escuchar.
El bibliotecario vino luego:
No tenemos esto muy a menudo sólo, si repiten, mejor junto a la ventana; ahí molestan menos.
Juan Carlos asintió como si le ofrecieran un teatro.
Pero no duró. Al tercer intento, la directora de la biblioteca llamó al bibliotecario:
Han llamado. Se queja la gente. Esto es una biblioteca, no una peña.
Rosa María miró sus manos, se quedó sin palabras. Quiso decir: somos coro, no club, pero la voz no le salía. Juan Carlos agradeció y los sacó a la calle.
Mira qué vergüenza dijo Pilar Morales.
Eso dolió más que cualquier mejor en casa. Porque venía de cerca.
No es vergüenza saltó rápido Carmen. Es cantar.
Cantar repitió Pilar, y la gente protesta. Es que molestamos.
Rosa María andaba al lado, con una fragilidad dentro. Querían volver a ese salón de siempre, a ese sitio seguro donde nadie decía que sobraban. Pero ya no existía, era como perder una habitación entera de tu casa.
Al llegar al metro, Juan Carlos se paró.
¿Aquí? propuso de repente, señalando el túnel.
¿Aquí? Carmen miró alrededor. Pasaba gente con prisa, cargada de bolsas, un joven tocaba la guitarra con su propio altavoz.
Buena acústica dijo Juan Carlos. Y no le debemos nada a nadie.
Rosa María sintió las manos frías del susto, le recordó a cuando en el colegio tenías que recitar y temías trabarte. Pero Juan Carlos levantó la mano, y empezó:
Sólo una, a ver qué pasa.
Empezaron bajito. El túnel recogía el sonido y lo devolvía más lleno. Al principio, la gente ni miraba; luego, una niña tiró de la manga de su madre.
Mamá, mira, abuelas cantando.
La madre quiso seguir, pero al final se quedó.
No todo el mundo igual. Un señor de bolsa y chaqueta gritó:
¿Esto qué es, un concierto? Esto es para pasar, no para el cante.
No ocupamos sitio respondió Juan Carlos con calma.
Lo que queráis. Pero iros a casa.
Rosa María tuvo que tragar saliva para seguir, pero siguió, más por cabezonería que por otra cosa. Apoyada en las voces de los demás, no se vino abajo.
Al acabar, alguien aplaudió. Un par de aplausos sinceros, de esos de gracias por cambiar el ambiente.
¿Lo ves? presumió Carmen.
Sí… respondió Pilar, sin alegría.
En una semana ya se agenciaron el sitio, sabían dónde molestar menos, cuándo había menos gente. Probaron el parque, la sala de espera del centro de salud (aquí sí fue duro, con las quejas, el nervio y la tos); pero un día una mujer con el brazo vendado dijo al irse: Gracias, se me olvidó la consulta.
Rosa María guardó ese momento como un tesoro.
Juan Carlos lo llamaba canta donde te dejen. No era ningún lema revolucionario, sólo una forma de entender que no hay que parar sólo por no tener hueco fijo.
No es sólo por nosotros explicó una tarde en el banco del parque, abriendo una botella de agua para Rosa María. Es para que la ciudad recuerde que tiene voz, y nosotros también.
Palabras sencillas, pero sentidas. Rosa María pensó en lo largo que se le hacían los días tras quedarse viuda, esa sensación de que tu voz ya no servía ni para el teléfono. Aquí sí.
El mayor lío llegó justo donde menos se esperaban, en una cafetería de un centro comercial donde el dueño (cuarenta y pocos, muy amable) les dejó un hueco un día entre semana y al cliente le va a gustar. Los clientes, de hecho, disfrutaban las primeras canciones, algún móvil grabando, alguna sonrisa, y Rosa María volvió a sentirse como en un escenario. Y entonces apareció el segurata:
¿Quién lo ha autorizado?
El dueño dijo Juan Carlos. Estaba avisado.
No se pueden hacer actuaciones sin pasar por la dirección. Hay quejas del otro local, dicen que hay jaleo.
Estamos bajito intervino Carmen.
Bajito o no, me da igual. La orden es que paréis.
Rosa María vio cómo Pilar palidecía, recogiendo las partituras.
Ya lo decía yo murmuró mientras metía todo en un bolso. ¡Qué vergüenza!
No es vergüenza dijo bajito Rosa María, sorprendiéndose de defenderlo. No hacemos nada malo.
Damos la nota, nos miran mal, como si no nos enterásemos de que nos toca nuestro sitio.
Juan Carlos mediaba entre el segurata y el coro como quien intenta que no choquen dos trenes.
Una más y lo dejamos propuso.
No puede ser. Fuera ya el vigilante tajante.
El dueño, azorado, intentó interceder, pero le cortaron: Te cae una multa.
A Rosa María le volvía la rabia y esa tristeza seca de tener que justificar el derecho a cantar. Recogieron en silencio. Al salir, escuchó a una señora: Qué lástima, era bonito. Ese simple lástima le alivió algo el alma.
Fuera, Pilar dijo:
No vuelvo más. Lo siento.
Carmen soltó:
¡Claro! Cuando se pone difícil, a rajarse.
Déjalo, Carmen cortó Juan Carlos. No ahora.
Rosa María vio alejarse a Pilar, encogida bajo los árboles, sin fuerzas para alcanzarla.
Esa noche se quedó en la cocina, sin beber el té, con ese runrún machacón en la cabeza: Nuestro sitio. Por fin entendió que, realmente, no buscaban una sala, sino la sensación de que tenían un refugio. Tal vez no hay espacio físico, sino una voluntad de estar juntos aunque a alguien moleste.
Al día siguiente, Juan Carlos la llamó:
Rosa María, ¿puedes venir a la biblioteca infantil? No a la de antes, una nueva. La directora es distinta. Hablo yo, pero vente tú a explicar que prometemos no molestar.
Ella fue. Más claro y alegre, lleno de dibujos y al fondo un piano antiguo. La directora, simpática.
Por las tardes no hay nada, dijo. Vosotros podéis venir siempre, pero una condición: cada mes, una hora abierta al público. Sin escenario. El que quiera, entra y escucha.
Perfecto responde Rosa María, notando cómo algo se le volvía a abrir dentro.
Además… Mi madre tiene su edad y me repite cada día que ya no tiene dónde ir. Que venga, por favor.
Al salir, Rosa María notó que andaba lento, pero no por agotamiento, sino porque ya no sentía ganas de escapar.
Juan Carlos citó al coro en el parque; casi todos fueron, menos Pilar. Carmen, prudente, se mordía la alegría.
No es el salón del centro, pero es nuestro espacio anunció Juan Carlos. Habrá hora abierta una vez al mes y ensayos el resto del tiempo.
¿Y si vuelve a fallar?
Pues seguiremos buscando dijo él. Pero ya sabemos que siempre habrá sitio mientras sigamos juntos.
Rosa María levantó la mano.
¿Y Pilar?
La llamaré, pero mejor si vosotros también.
Al final del día, Rosa María la llamó. Pilar al principio no dijo nada, luego explicó:
No llevo bien que me miren así, como si…
Como si fueras de piedra susurró Rosa María. Pues que miren. No pedimos limosna. Sólo cantamos.
Silencio. Respiración al teléfono.
Ya veré dijo Pilar.
Al primer ensayo en la biblioteca llegaron con cuidado: el piano un poco desafinado, pero Don Juan Carlos aseguró que eso ayudaba más. Rosa María se sentó cerca de la ventana, carpeta en las rodillas. En el pasillo algún niño asomaba, otros arrastraban a sus padres, una abuelita con pañuelo se quedó en la puerta, indecisa.
Con la mirada, Rosa María la invitó. Al final, la señora se sentó en la última silla.
Hicieron el primer ensayo público un sábado. Sin mucho bombo: cartel en la puerta, aviso en el grupo del barrio: Coro mayores de 55 canta en la biblioteca, se puede escuchar. Rosa María temió el vacío, pero hubo público: conocidos, niños, el bibliotecario de antes incluso, y hasta el chico aquel del metro con la guitarra.
Nada de concierto. Don Juan Carlos avisó:
Vamos a cantar lo que traemos ahora mismo. Quien quiera unirse, adelante.
En la puerta, vio a Pilar, de pie en abrigo, a punto de largarse. Rosa María se acercó, y le tomó del brazo.
Quítate el abrigo. Hace calor aquí.
Prefiero escuchar dijo Pilar.
Escucha por dentro le ofreció la carpeta. Aquí tienes tus voces.
Pilar miró la carpeta como quien ve un puente difícil de cruzar. Al cabo, se animó, dejó el abrigo y se sentó a su lado.
Cantaron y de repente el sitio fue suyo, no porque nadie lo hubiera permitido, sino porque al ocuparlo lo llenaron de ese aire que sólo el canto da. Nadie aplaudió a rabiar, algunos se acercaron a decir gracias. Un niño preguntó si podía unirse.
Carmen rió:
Eres un poco joven, chico. Vente a escuchar.
La directora se acercó a Juan Carlos:
Miércoles y viernes a partir de las seis, la sala es vuestra. Ah, y en el mes de las fiestas, ¿os animáis a salir al barrio? Frente a la puerta, sin escenario.
Juan Carlos asintió y, por un momento, Rosa María juraría que se le escapaba una lágrima. Recogieron las sillas. Al irse, Pilar le dijo:
He venido. Y ya no me da vergüenza.
Salieron a la calle; la ciudad, la de siempre: tráfico, prisas, ruidos. Pero en su interior sonaba otra cosa, no fuerte, ni para todos, solo la certeza de que mientras tengas voz y alguien a tu lado respirando contigo, el sitio termina saliendo, aunque haya que inventarlo de la nada cada vez.




