Dónde resuena

Dónde resuena

Consuelo Jiménez apenas había dejado su abrigo en la silla y sacado la carpeta de partituras de su bolso cuando pegaron una hoja A4 en la puerta del aula. Primero pensó que sería por alguna cuestión de seguridad, pero luego leyó: A partir del día 1, el local permanecerá cerrado. Reforma. El alquiler se ha actualizado. Firma de la empresa gestora y número de teléfono.

Dentro ya se oían las voces. Unos calentaban la voz, otros buscaban las gafas, alguien bromeó que a ellos tampoco les vendría mal una reforma, pero nadie sonrió. El director del coro, Javier Moreno, estaba junto al piano con la hoja en la mano, como si al arrancarla se accediera a una realidad más cómoda.

Vamos a vocalizar primero dijo, y aunque su voz se mantenía firme, Consuelo percibió que se contenía para no perder el control.

Siempre vocalizaban igual, y en eso había algo consolador. M-m-m, na-na-na, subiendo escalones suaves, bajando después. Consuelo notaba cómo el sonido se juntaba en su pecho, y pasaba de pertenecerle a ser de todos. Desde que se jubiló y en casa reinaba el silencio, el coro le sostenía por los hombros. No como un deber, sino como ese lugar donde no se fuma, donde no desaparece.

Después del calentamiento, Javier levantó la mano.

La situación es la siguiente. Nos piden… se detuvo y reformuló. Nos comunican el hecho consumado. Cierran el local por obras. Y el alquiler ahora es el triple. No llegamos.

¿Cómo que no llegamos? saltó enseguida Carmen Rivera, que siempre hablaba la primera. ¡Pero si somos de la Casa de Cultura! ¡No somos privados!

La Casa de Cultura ahora depende de otra entidad respondió Javier. Me lo han explicado hoy. Optimización. Y además… miró el papel, como si leyera algo personal. Dijeron: Deberían estar en casa. Hay que dejar espacio a los jóvenes.

Consuelo sintió como algo dentro se le subía hasta la garganta. Ni siquiera era tristeza, era rabia, seca como una tos. Recordó cómo colgaban los pañuelos en las sillas, llevaban pastas para los cumpleaños, o en diciembre ponían el pequeño árbol de Navidad de plástico en la ventana y cantaban tan alto que hasta el conserje se asomaba bajo pretexto de revisar la calefacción.

¿Molestamos acaso? preguntó ella, sorprendiéndose de lo firme que sonaba su voz.

Molestamos a quienes piensan que sobramos dijo Javier. Pero no vamos a pelearnos con el aire. Decidamos qué hacemos.

Primero decidieron “pelearlo”. Así lo dijeron: pelearlo, aunque nadie sabía muy bien cómo hacerlo de verdad. Al día siguiente, Consuelo fue al ayuntamiento del distrito con Javier y otras dos coristas. Llevaban la carpeta con la carta, la lista de integrantes, y una copia del agradecimiento por su participación en la fiesta local. Consuelo vestía su falda oscura y blusa formal, como en una entrevista.

En la sala de espera olía a café de máquina y a papeles. La secretaria, joven y con las uñas perfectas, ni levantó la mirada.

¿Cuál es el motivo?

El coro Los Limoneros dijo Javier. Nos cierran el local.

Presenten la queja por la sede electrónica contestó la secretaria. O por el registro general.

Ya hemos escrito intervino Carmen, aquí está, firmada.

No aceptamos papeles la secretaria al fin les miró con ojos cansados, no enfadados. Todo por la plataforma.

¿Y si necesitamos hablar con alguien? preguntó Consuelo tras titubear. Sabía pagar el gas por el móvil, pero la plataforma le sonaba a puerta sin pomo.

Soliciten cita. Próxima disponible, dentro de dos semanas.

Dos semanas después, les explicaron que el asunto es competencia del propietario, el propietario es la empresa, y que las condiciones son comerciales. Javier aguantaba, hacía preguntas, pedía aunque fuera de manera temporal, durante la obra. Todo lo que le respondían sonaba a manual de instrucciones. Consuelo entendía que sus voces allí no se unían en coral, sino que cada sonido se apagaba en el techo.

Probaron más lugares: el colegio, la biblioteca, el centro cultural. En el colegio la jefa de estudios puso cara de circunstancias y enumeró actividades tan deprisa que parecía defenderse. En la biblioteca, la encargada sonrió hasta que recordó la necesaria tranquilidad y las quejas de algunos lectores. En el centro cultural les ofrecieron un sótano con mesas de ping-pong y mucha humedad. Javier miró el techo y murmuró:

Ahí nos quedamos sin voz.

Lo peor no eran las negativas. Eran las etiquetas que les pegaban: grupo de edad, poco adecuado, fuera de formato. Una funcionaria incluso, sin levantar la vista, dijo:

Al fin y al cabo lo hacen por ustedes, ¿no? Ensayen en casa.

Consuelo salió a la calle y se sorprendió caminando demasiado deprisa, como quien huye.

El viernes, aún así, se presentaron en la Casa de Cultura, por costumbre. La puerta, cerrada. El mismo papel, al que habían añadido: Prohibida la entrada a personas ajenas. Consuelo, con la carpeta, no sabía qué hacer con las manos. Javier se acercó, mirando al pequeño grupo.

No nos vamos dijo. Vamos a la biblioteca. He hablado para que nos dejen una hora, en la sala de lectura.

¿Y si nos echan? preguntó Rosario, siempre la más tímida.

Pues nos echan dijo Javier. Pero lo intentamos.

La biblioteca estaba a diez minutos. Caminaban en fila, como niños en excursión, pero sin maestra. Consuelo sentía la mirada de la gente: curiosidad, o impaciencia, como si ocuparan mucho espacio.

Allí, un bibliotecario delgado les recibió.

Solo que… bajito les dijo, y se disculpó enseguida. Cantad, claro. Es solo que, bueno…

Seremos prudentes le aseguró Consuelo.

Se colocaron entre estanterías, rodeados de lomos de libros como testigos estrictos. Sin piano, Javier dio el tono con un murmullo. Consuelo temía que sin música se deshicieran, pero ocurrió lo contrario: cada uno escuchó mucho mejor al otro. La respiración compartida era, ahora, más importante que cualquier otra base.

Los primeros minutos algunos lectores levantaban la cabeza, alguien frunció el ceño. Una mujer cerró de golpe un libro, molesta. Pero, al entonar una canción sencilla que todos conocían aunque nunca hubieran sido del coro, en la sala se hizo un silencio peculiar, no de biblioteca, sino de gente escuchando.

Tras el ensayo, el bibliotecario se acercó.

Aquí casi nunca… se siente vida. Pero si repetís, mejor allí, junto a la ventana. Molestáis menos.

Javier asintió, agradecido.

Pero la próxima vez no llegó. A la tercera cita, la directora de la biblioteca apareció y dijo delante de todos:

Han llamado para quejarse. Esto es una biblioteca, no un club.

Consuelo miró sus manos. Quiso decir: No somos un club, somos un coro, pero no salían las palabras. Javier les hizo salir.

Vaya, dijo Rosario. Vaya vergüenza.

La palabra dolía más que cualquier mejor en casa. Porque venía de dentro.

Vergüenza no dijo Carmen. Cantamos.

Cantamos repitió Rosario, pero molestamos. Así nos lo hacen saber.

Consuelo andaba a su lado, sintiendo algo frágil tambalearse por dentro. Entendía a Rosario. Ella misma añoraba el aula, normal y suyo, donde nadie les llamaba sobrantes. Pero el lugar ya no existía; era como perder una habitación propia.

Javier se paró ante la boca del metro.

¿Y aquí? propuso de pronto.

¿Aquí? Carmen miró alrededor. Gente de paso, bolsas del mercado, prisas, un guitarrista con altavoz en la esquina.

Aquí hay buena acústica dijo Javier. Y no le debemos nada a nadie.

Consuelo sintió frío en las manos, la vergüenza anticipada de un niño en el colegio. Pero Javier ya levantaba la mano junto a la pared.

Solo una, avisó. Para probar.

Empezaron despacio, tanteando el ambiente. El eco les devolvía el sonido acogedor y las voces se hacían más densas. La gente les miraba de reojo o sonreía, algunos simulaban no oírles. Una niña tiró del abrigo de su madre.

Mamá, mira, las abuelitas cantan.

La madre quiso irse, luego se quedó. A Consuelo le pareció ver que algo en su cara se aflojaba.

Pero no todos fueron tan amables. Un hombre, con bolsa de supermercado, dijo en alto:

¿Qué hacéis aquí? Que esto es un paso, no un teatro.

No bloqueamos a nadie respondió Javier, sin bajar la mano.

Me da igual gruñó el hombre. ¡Cantad en vuestra casa!

Consuelo sintió el temblor en la barbilla. Siguió cantando, ahora en voz frágil. Miró las baldosas, pensando: Si paro ahora, no podré volver a empezar. Y se aferró al sonido colectivo.

Al acabar, alguien aplaudió. Otro le siguió. No eran aplausos de teatro, pero sí de agradecimiento por detener la prisa del paso.

¿Lo veis? dijo Carmen, orgullosa.

Lo vemos susurró Rosario, sin sonrisa.

A la semana ya sabían dónde colocarse, en qué horario molestaban menos. Probaron el parque, rodeados de madres con carritos y jubilados con bastones. Probaron el hall del centro de salud mientras esperaban turno, el sitio más difícil: enfado, nervios, tos. Pero un día, una mujer con el brazo vendado les dio las gracias: Me habéis hecho olvidarme del análisis.

Consuelo lo tomó como una pequeña victoria.

Javier lo llamaba canta donde puedas. No era un eslogan; simplemente así justificaba los encuentros en la parada o el paseo.

No es solo por nosotros añadió una tarde de ensayo en el parque. Estaban en un banco, Consuelo intentaba abrir una botella de agua y no podía. Javier le ayudó y ese gesto, tan humano, casi le hizo llorar.

¿Entonces por quién? preguntó Rosario.

Para que la ciudad sepa que sigue teniendo voz respondió Javier. Y para que nosotros lo recordemos.

Palabras sencillas, que a Consuelo le golpearon muy hondo. Recordó cómo, tras la muerte de su marido, pasó meses sin querer usar el teléfono: como si hubiera perdido la voz. Pero aquí servía, no solo para ella.

El conflicto llegó de donde menos lo esperaban. En un centro comercial, en una cafetería pequeña del segundo piso, donde Javier pactó una horita entre semana. El dueño, un hombre de unos cuarenta, les animó: Cantad, me da igual, la gente lo agradecerá. Montaron los bancos, la semicírculo con las sillas. Consuelo colgó su abrigo con mimo y puso la carpeta sobre las rodillas.

Las dos primeras canciones salieron bien. Algunos clientes grabaron con el móvil, otros sonrieron. Consuelo se sorprendió, se sentía de nuevo en un aula verdadera. Y en ese momento apareció el vigilante de seguridad:

¿Quién les ha dado permiso? preguntó con tono neutro.

El dueño dijo Javier. Hemos acordado.

Hay normas el vigilante buscaba apoyo en los presentes. No se pueden organizar actividades no autorizadas. Han reclamado. Dicen que hay mucho ruido.

Estamos bajito intentó Carmen.

Mucho o poco, es igual suspiró el vigilante. Debo pedirles que terminen.

Consuelo notó que Rosario palidecía. Recogió sus partituras.

Ya lo dije… qué vergüenza susurró.

No te vayas susurró Consuelo también, sin saber por qué lo hacía. No hemos hecho nada malo.

Molestamos dijo Rosario. No quiero que parezca que no sabemos cuál es nuestro sitio.

Javier se puso en medio, entre el coro y el vigilante.

Hagamos lo siguiente propuso. Acabamos una más y nos vamos. Sin líos.

No, ya, por favor negó el vigilante.

El dueño salió, nervioso.

Si sigue así, me multan dijo el vigilante. Se lo ruego.

Consuelo sintió aparecer esa rabia seca, pero también cansancio. Cansancio de tener que justificar que aún podían respirar y sonar.

Recogieron en silencio. Papeles, carpetas, sillas arrastrándose. Consuelo se abrochó bien el abrigo para traer las manos ocupadas. Al salir, escuchó a un cliente decir: Qué pena, era bonito. El pena le pareció cálido.

En la acera, Rosario anunció:

Yo ya no vuelvo. Perdonadme.

Carmen saltó:

¡Siempre lo mismo! En cuanto hay problemas…

Carmen, la detuvo Javier. No ahora.

Consuelo observó a Rosario irse encogida hacia la parada. Quiso seguirla, pero las piernas no respondieron. Comprendía que cada uno tenía su límite.

Esa noche, Consuelo se quedó mucho rato sentada en la cocina. El té se enfriaba, y ella pensando en nuestro sitio. De repente entendió que, en realidad, no buscaban un aula, sino esa vieja seguridad. Tal vez les hiciera falta otra cosa: no un sitio, sino una forma de estar juntos, incluso si a otros les molestaba.

Al día siguiente llamó Javier:

Consuelo, ¿puedes pasarte por la biblioteca? No a la de siempre, sino la infantil, la de la otra calle. Hay nueva responsable. Hablé con ella, pero necesito que alguien le explique que no molestaremos.

Consuelo fue. La biblioteca infantil era más luminosa, con dibujos en las paredes y un viejo pero decente piano en una esquina. La encargada, una mujer de pelo corto, escuchó con interés.

Por las tardes está vacío le explicó. Los niños se van y no hay talleres. Solo una condición: cantáis bajito y una vez al mes hacéis una sesión abierta. Sin escenario, solo para quien quiera entrar.

Podremos respondió Consuelo, sintiendo el pecho descomprimirse.

Y si quiere, tráigase a mi madre. Está en vuestra edad y siempre dice que no tiene sitio.

Consuelo salió paseando mucho más despacio. Y no por cansancio, sino porque ahora no había prisa.

Javier reunió al coro en el parque para contar la noticia. Fueron casi todos, menos Rosario. Carmen escuchaba apretando los labios, como si temiera alegrarse.

No es la Casa de Cultura dijo Javier. Pero es un sitio. Y tenemos formato: cada mes, sesión abierta. Lo demás, los ensayos.

¿Y si nos echan otra vez? preguntó alguien.

Entonces seguiremos buscando dijo Javier. Pero ahora sabemos que podemos.

Consuelo levantó la mano.

¿Y Rosario? preguntó.

Javier suspiró.

La llamaré yo. Pero mejor si alguno de vosotros también.

Consuelo llamó esa misma noche. Rosario tardó en contestar y dijo:

Solo me duele que nos miren como si…

Como si estuviéramos vivos susurró Consuelo. Que miren. No mendigamos, cantamos.

Se oyó la respiración.

Lo pensaré dijo Rosario.

La primera sesión en la infantil la empezaron con cautela. El piano estaba algo desafinado, pero Javier dijo que era mejor, así se escuchaban más. Consuelo se sentó junto a la ventana, carpeta sobre las piernas. Veía gente asomándose, niños tirando de sus padres, una anciana en el umbral sin atreverse a entrar.

Pase dijo Consuelo con la mirada, y la señora, por fin, se sentó junto a ellas.

La hora abierta fue un sábado. No lo anunciaron mucho: un cartel en la puerta y un aviso en el grupo local: Coro 55+ canta en la biblioteca. Consuelo temía que nadie viniera, que fuera más vergüenza. Pero el sábado la salita se llenó. Fueron conocidos, familias, incluso el bibliotecario de la otra biblioteca, y el muchacho de la guitarra del metro.

No hubo concierto. Javier anunció:

Vamos a cantar lo de siempre. Si os la sabéis, uníos.

Consuelo vio a Rosario, de pie, aún con el abrigo puesto. Se acercó y le tocó el brazo:

Quítatelo, hace calor.

Yo solo quiero oíros dijo Rosario.

Entonces escúchanos desde dentro y le pasó la carpeta. Aquí tienes tu voz.

Rosario miró la carpeta, dudando, pero al final se quitó el abrigo y se sentó.

Al cantar, Consuelo sintió que ese rincón, aunque pequeño, se volvía de ellos. No porque se lo permitieran, sino porque ellos habían traído su propio modo de respirar. El público escuchaba sin distancia, alguno tarareaba, otros cerraban los ojos. En un momento se descompasaron, el piano falló, Javier sonrió sin parar. Consuelo supo que ya no necesitaba perfección para estar en su sitio.

Al terminar, nadie gritó bravo, solo se acercaron a dar las gracias. Un niño preguntó:

¿Puedo estar en vuestro coro?

Carmen se rio.

Te queda bromeó, pero puedes venir siempre que quieras.

La directora habló con Javier.

A partir de ahora, miércoles y viernes después de las seis el aula es para vosotros. Y en mayo, en la fiesta del barrio, podréis cantar fuera, en el patio.

Javier asintió, y Consuelo vio cómo pestañeaba para no llorar, dándose la vuelta para ordenar las partituras.

Cuando se fueron, recogían las sillas entre conversaciones. Consuelo comprobó la carpeta, cerró el bolso. Rosario se acercó.

Yo… empezó, y se paró.

Viniste contestó Consuelo.

Vine repitió Rosario, y sonrió con precaución, como probando un gesto nuevo. Y ¿sabes? No me da vergüenza.

Consuelo le devolvió la sonrisa. Salió, la ciudad la esperaba como siempre: coches, gente, los rótulos y las prisas. Pero por dentro sonaba otra cosa. No alto y para todos, sino como una certeza: que si tienes voz y a alguien al lado respirando contigo, siempre habrá un sitio. Aunque haya que inventarlo cada vez, desde el propio aire.

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