Me llamo Jacinto. Tengo sesenta y cinco años y estoy casado. Pero, como en un sueño extraño lleno de niebla, en mi vejez me he enamorado de otra mujer. Mi esposa, Rosario, tiene sesenta y dos años. Tenemos un hijo ya adulto, casado, que incluso tiene sus propios hijos correteando por los parques de Madrid. Tras la boda de nuestro hijo y cuando él empezó su camino lejos de nosotros, noté que Rosario y yo nos volvíamos dos desconocidos sentados uno frente al otro en la mesa, viendo cómo el café se enfriaba.
Al jubilarnos, yo imaginaba que podríamos comprar una casa en algún pueblo pequeño de Castilla, donde el sol cae sobre los campos de trigo como un manto dorado. Rosario no quería, pero yo logré convencerla, casi como si la guiara por un túnel hecho de sueños. Al poco tiempo, encontramos una casita blanca, rodeada de geranios y buganvillas. Ese verano nos mudamos, persiguiendo golondrinas por el aire cálido. A mí me encantaba vivir allí, entre la brisa y el canto lejano de las campanas, pero a Rosario le incomodaban los grillos y el olor a leña. Prefería tumbarse en el sofá, leer novelas de misterio y ver programas antiguos de Televisión Española. Se negaba rotundamente a ayudarme en el huerto y siempre decía que no se encontraba bien, como si la fatiga viniera de otro mundo. Así que hice todo yo solo, conversando con los tomates y las patatas durante las tardes.
Al llegar el otoño, las cigüeñas se iban y nosotros también. Volvimos a la ciudad, al bullicio donde mi esposa recuperó la alegría, como si despertara de un sueño pesado. Pero después de una semana, con la cabeza llena de recuerdos del pueblo, empaqué mis cosas y regresé a la casita, donde el tiempo se movía despacio y las calles parecían de otra época. Rosario se quedó en Madrid y ahora nos vemos muy poco, casi como si viviéramos en dos ciudades de sueños diferentes.
Fue en el pueblo, en una plaza de adoquines bañada por la luna, donde conocí a Carmen. Ella, con sesenta años y una mirada que parecía atravesar la realidad, fue transformando mi rutina en algo surrealista, donde los días giraban lentamente. Al principio Carmen apenas respondía a mis sentimientos, como si fueran ecos de otro sueño. Pero ahora estamos bien, y la vida en la casa con ella es como un cuadro de Dalí: los relojes se dilatan, el aire se hace tibio y los melocotoneros florecen en invierno.
Quiero divorciarme de Rosario, pero tengo miedo de lo que pensará nuestro hijo, de cómo reaccionará, de si verá mi vida como esos sueños confusos donde todo se mezcla. De momento, le digo a mi esposa que me entrego a las tareas del campo, mientras paso mis horas, muchas monedas de euro, y mi corazón con Carmen.
Rosario no sabe nada aún. Me despierto cada mañana, entre sueños inquietos, incapaz de decidirme a confesarle que quiero el divorcio. ¿Qué debería hacer? Caminar por la casa sin saber si estoy despierto o dormido, buscando respuestas entre los susurros de los olivos ancianos que rodean la aldea.






