Déjà vu
Ella esperaba cartas. Siempre. Desde niña. Toda su vida.
Cambió de direcciones. Los árboles parecían más pequeños, la gente más distante, las esperas más silenciosas.
Él no confiaba en nadie ni esperaba nada. Por fuera, era un hombre corriente, fornido y discreto. Su trabajo, su casa. Y allí, un perro. Viajaba solo o con su compañero de cuatro patas.
Ella era una joven encantadora de grandes ojos tristes. Un día, alguien le preguntó:
¿Sin qué no sales nunca de casa?
¡Sin mi sonrisa! respondía, y las dulces hendiduras de sus mejillas lo confirmaban.
Siempre estuvo más unida a chicos. En el barrio le decían pirata con falda. Pero cuando jugaba sola, se inventaba una vida feliz: una madre de muchos hijos, un marido bondadoso, una casa grande y acogedora, un hermoso jardín alrededor.
Él no concebía su vida sin deporte. En una caja del trastero dormían copas, medallas y diplomas deportivos. No sabía por qué los guardaba. Por respeto a sus padres, que tanto orgullo sentían… Planeaba dárselos. Los primeros puestos ya no los buscaba por el triunfo. Le gustaba el esfuerzo hasta el límite, el cansancio que da paso a una nueva ola de fuerza y el renovado aliento.
Sus padres murieron cuando tenía siete años. La separaron de su hermano menor y los enviaron a distintos centros de acogida. Crecieron así, luchando con sus propias batallas y alegrías. Aquella vida ya quedaba atrás. Ahora vivían enfrente, en un barrio de casas bajas, calles cálidas, patios coloridos y mercados de pueblo. Su familia de verdad era su hermano y sus sobrinos.
Aquel día estaba inquieta… Su turno terminó. Caminaba por el patio del depósito de autobuses. Don Severiano la alcanzó y la abrazó con cariño de padre, agradeciéndole las empanadas.
Vete a casa a dormir, ¿me oyes?
Me dará tiempo le dijo con una sonrisa, le besó la mejilla y corrió hacia su coche.
Ay, hija… suspiró el conductor de ambulancia a su paso.
En fiestas solían ponerlas juntas; pocos querían trabajar en esos días, ni siquiera los médicos.
En el equipo había dos hombres más. Sus colegas no la apreciaban demasiado. A ella le gustaba ir pulcra, guapasabía que todo cambiaba si el médico transmitía alegría y buena imagen.
Él conducía rápido. Los trofeos deportivos golpeaban en la caja del maletero, el perro gimoteaba nervioso en el asiento trasero. Su padre le propuso celebrar el Año Nuevo juntos. El hombre puso la caja en el coche aquel mismo día, ilusionado porque ese año no trabajaría en fiestas, aunque siempre echaba de menos a los chicos; ser entrenador le llenaba. Las visitas con sus padres, llenas de nostalgia
Unos días antes, de madrugada, lo despertó el teléfono.
Tu madre está mal le temblaba la voz al padre. Un coronel jubilado que no podía disimular la preocupación. Sus padres, desde el instituto, siempre juntoshasta de mayores se miraban como novios recién enamorados. Esa chispa en sus ojos siempre le asombró, como si conocieran un secreto
Ella sonreía con cansancio. En vísperas de Nochevieja horneaba muchos pasteles y al acabar el turno los repartía por la ciudad. Ese día hasta pudo dormir un par de horas en la sala de guardia; si no, Severiano no la habría dejado conducir, la hubiera llevado él, encantado con su sonrisa tímida.
Quedaban diez kilómetros hasta la casa de sus padres. De repente empezó una ventisca. Recordó cómo hacía un rato su perro se resistía antes de subir al coche, ese ruido de la caja, los viajes eternos, la carretera…
Mamá, papá, aguantad… No tengo a nadie más…
El perro le lamió la cabeza, como si la entendiera.
Perdona, amigo, y a ti también, claro…
Ella bajó las luces del motor. Una ventisca justo ahora. Faltaba por entregar un pastel; dos o tres kilómetros y la carretera hacia las afueras, tras la curva el barrio de chalés donde vivía su paciente favorita, una abuela alegre… bueno, era imposible llamarla abuela a esa mujer con tanto brillo en los ojos. Y su marido, igual de luz en la mirada: una pareja entrañable, les encantaba viajar, nunca se quejaban. Así imaginaba a sus padres si vivieran
Un destello oscuro, de repente, bajo las ruedas. Frente a la nieve infinita.
¿De dónde saliste, perro? ¿Del bosque o escapaste? Qué ojos más bonitos… ¿Por qué el cuello pegajoso? El jersey mojado… Qué sueño… Dina, Dina, mi amiga… Qué dolor… Mamá, papá, ya voy… Oscuridad…
Severiano no contestaba. Fue a por los nietos. Imposible que la ambulancia llegara, la nieve lo cubría todo.
Tranquilo, chico… aguanta. Te sacaré. Dios mío… y también el perro
Ella ya arrancaba cuando un coche gris pasó a toda velocidad.
Alguien corre a casa pensó. Minutos después, el coche gris rodaba volteado en la cuneta. A unos metros, un perro negro, aún vivía.
¿Qué hora es? No le gustaban las duchas calientes, pero esa vez solo el agua humeante la calmaba. Los temblores cedían. Se sentó en el suelo del baño. Cerró los ojos. Suspiró. Ojalá pudiera dormir un poco
¿Cómo sacaste a ese hombre, tan fuerte? le resonó la voz de su hermano. Su cuerpo se estremeció al recordar el esfuerzo.
Al hombre y a los dos perros los llevó al hospital en su propio coche. Su hermano la alcanzó a medio camino y ayudó. Ese día volvió al barrio de los chalés; quería entregar el pastel. Llevó la caja que recogió del coche gris, quizá sería valiosa para el dueño.
Mientras todos estén bien, se la daré cuando despierte.
El marido de la anciana abrió la puerta con cara de susto.
¿Le sucede algo? preguntó ella.
Mi mujer está ingresada. Iba a verla. No pude contactar con mi hijo
Ella guardó silencio, bajó la mirada.
¿Y usted está bien? le tomó la mano.
¿Le llevo? ofreció la joven.
Fueron en silencio. La ventisca había parado.
Lleva usted una caja en el asiento de atrás, ¿de dónde salió? rompió el coronel.
Hubo un accidente. Un hombre esquivó un perro negro que salió del bosque, su coche volcó y la caja cayó
¿Un coche gris, dentro iba un perro blanco y el perro del bosque era negro? preguntó él en voz baja.
Ella paró el coche y lo miró. El coronel apretó los puños, miraba a la carretera.
¡Está vivo! Y su mujer se recuperará ella lo abrazó.
Sabes, hija ¿puedo llamarte así?
¡Por supuesto! Las lágrimas asomaron en sus ojos.
Mi mujer lleva días soñando con un perro negro. Nuestro hijo tiene uno blanco. ¿De dónde habrá salido el negro?…
Ojos bonitos, increíbles, tristes fue lo primero que pensó al despertar. En la silla junto a la cama, su padre dormitaba.
Mamá. El accidente. Todo volvió a su mente. Y los ojos de aquella joven
Celebraron el Año Nuevo a finales de enero. Su madre mejoraba. El padre era feliz. El perro Jack ya casi no cojeaba. Él debía volver al trabajo: los chicos del club le esperaban, el campeonato se acercaba. Pero en la casa de sus padres, solo pensaba en aquella muchacha
Ya iba a marcharse cuando su padre lo llamó desde la buhardilla:
¿Papá, puedo ayudarte?
El padre sonreía con picardía. Él miró la estantería: allí estaban sus trofeos deportivos.
¡Vaya, coronel! ¿De dónde han salido? bromeó el hijo.
Adivina… Voy a sacar a Jack antes de que te vayas.
Ella volvía a casa antes de lo habitual. Allí la esperaba Dina. No había podido dejar de recogerla cuando se curó en la clínica veterinaria; si no, a la perrera. Dina no era completamente negra: tenía una mancha blanca en el pecho en forma de corazón.
Subió al portal y automáticamente, sin mirar apenas, abrió el buzón. Iba a cerrarlo cuando percibió un sobre blanco.
Dentro, la carta decía:
Esta noche iré a verte. ¡Gracias, querida!
El amor, como una brújula, siempre ayuda a encontrar el camino.
La vida a veces pone pruebas y enredos; pero la empatía y los lazosfamiliares, humanos o incluso de cuatro patasson más fuertes que cualquier tormenta, y tarde o temprano, el destino reúne a quienes comparten bondad y esperanza.






