Llevo siete años trabajando en la misma empresa en Madrid.
Empecé como auxiliar y con mucho esfuerzo llegué a ser coordinador del departamento administrativo.
Mi mejor amiga, Lucía, entró dos años después gracias a una recomendación mía.
Fui yo quien la formó en los procedimientos, le enseñé cómo funcionaba el sistema, le di contactos importantes y hasta cubrí algunos de sus errores al principio para evitar que la despidieran.
Comíamos juntos cada día, salíamos los viernes por la noche y confiaba en ella como en nadie.
Hace seis meses anunciaron que se abría una vacante para un puesto de jefe de departamento.
Mi jefe mencionó que yo estaba entre los principales candidatos.
Empecé a llegar antes, irme más tarde, asumir tareas adicionales Lucía no paraba de repetirme: Ese puesto es tuyo, te lo mereces.
Le contaba todo, hasta mis planes para la entrevista interna.
El día de las entrevistas, Lucía también apareció.
No me había dicho nada previamente.
Me enteré al verla esperando delante del despacho del director general.
Me miró y simplemente dijo: He decidido presentarme.
Intenté no darle mayor importancia.
Una semana después llegaron los resultados la eligieron a ella como responsable.
Me quedé sentado delante del ordenador sin poder reaccionar.
Poco a poco empecé a notar cosas extrañas.
Como nueva jefa, Lucía comenzó a cambiar procesos que yo había establecido.
Me apartó de ciertas tareas, me pedía informes inútiles.
Un compañero me comentó que había dicho a la dirección que yo no tenía cualidades de líder, e incluso presentó varias ideas como propias cuando en realidad se las había contado yo.
Un día la enfrenté tomando café: ¿Por qué has dicho eso de mí? Su respuesta fue fría: Esto es trabajo, no amistad.
Tenía que asegurar mi puesto.
Le recordé todo lo que hice por ella, pero solo me contestó: Fue tu decisión.
Nadie te obligó.
Desde entonces el ambiente es insoportable.
Apenas me habla y cuando lo hace es con un tono distante; me corrige delante de todos, me asigna tareas sin sentido.
Llego a casa agobiado, muchas veces al borde de las lágrimas, angustiado y con ganas de dejarlo todo.
Pero me da rabia irme en silencio, sin decir nada.
Ahora estoy en un cruce de caminos: o aguantar en silencio para no quedarme sin trabajo en plena situación difícil, o marcharme y empezar de cero, sabiendo que fui justo y honesto hasta el final.
Hoy, escribiendo esto en mi diario y pensando en todo lo que ha pasado, he aprendido que muchas veces el trabajo y la verdadera amistad no van de la mano, y que confiar ciegamente puede dejarte solo.
Pero al menos sé que actué según mis valores y no me arrepiento de ser leal, aunque otros no lo sean conmigo.






