Trabajé durante siete años en la misma empresa: empecé como asistente y llegué a ser coordinador del departamento administrativo

Durante siete años trabajé en la misma empresa en Madrid, una oficina con pasillos largos como túneles de metro soñados.
Comencé sirviendo cafés y archivando papeles y terminé coordinando la administración, entre carpetas que a veces susurraban mi nombre por la noche.
Mi mejor amiga, Carmen, entró dos años después, por mi recomendación.
La guié por aquel laberinto de horarios y pequeñas traiciones cotidianas, le hablé de la jerga de los pasillos, le presenté a la jefa de recursos humanos, la misma que olía a jazmín y examinaba a todos con lentes azules.
Yo tapé muchos de sus errores con mi propio abrigo invisible para que no la despidieran durante ese primer invierno.
Almorzábamos juntas mirando el Retiro a través de la ventana empañada y los viernes salíamos de copas por La Latina riéndonos sin razón, como si todo fuera más ligero en ese entonces.
Confié en Carmen como uno confía en el eco de su propia voz.
Hace seis meses, la dirección anunció que se abría un puesto para jefa del departamento.
Mi jefe, don Tomás, me guiñó un ojo y murmuró que era una de las candidatas fuertes.
Empecé a llegar antes de que el sol despertara sobre Gran Vía y me marchaba cuando las farolas de la ciudad ya erguían sombras largas en la acera.
Acepté encargos extras, repasé informes una y otra vez, como quien busca mensajes secretos en los márgenes.
Carmen me decía: «Esa plaza es tuya, Lucía, te la has ganado tú; no cabe duda».
Le conté hasta mis ideas secretas para la entrevista interna, mis estrategias, incluso mis inseguridades.
La mañana del encuentro, la vi allí, sentada frente al despacho del gerente, con un vestido azul que jamás le había visto, cruzando las piernas como si esperara al oráculo.
No me había dicho nada.
Tan solo murmuró: «He pensado intentarlo», y sonrió como sonríen los gatos al sol, ambiguamente.
Decidí no pensar mal.
Una semana después, el correo electrónico floreció en todas las pantallas: Carmen era la nueva jefa.
Me quedé mirando la pantalla, como si las letras bailaran un fandango al que yo no había sido invitada.
Desde entonces, las cosas se volvieron turbias y desdibujadas, como cuadros de Dalí: Carmen cambiaba métodos que yo había construido con paciencia de monja, me apartaba de proyectos, exigía informes absurdos y, según me contó un compañero, decía que yo carecía de dotes de liderazgo; además presentaba como propias muchas de las ideas que yo le había confiado en las charlas de sobremesa.
Todo era extraño: los post-it se despegaban solos, la máquina de café no devolvía el cambio en euros, y las palabras de Carmen sonaban ahora como si vinieran de un lugar frío y lejano.
Un mediodía, mientras tomábamos café en un bar con servilletas plegadas como barcos, le pregunté directamente: «¿Por qué dijiste eso de mí?».
Carmen giró la cucharilla en su café solo y contestó: «Esto es trabajo, Lucía, no amistad.
Tenía que asegurarme la plaza».
Le recordé todo lo que yo había hecho por ella, cada uno de los pasos en falso que le había ayudado a corregir.
«Fue tu decisión», respondió, «nadie te obligó a hacerlo».
Desde entonces, el ambiente en la oficina es pesado, como si llevara una piedra en el pecho.
Me habla con frialdad, corrige mis frases delante de todos, me encarga tareas inútiles que no llevan a ningún lugar.
Llego a casa llorando, con las mejillas calientes y el deseo de marcharme, pero también con la rabia de irme en silencio, sin gritar mi verdad en la Plaza Mayor.
Ahora me encuentro ante dos caminos en el crepúsculo de este sueño: aguantar la marea sin levantar la voz para no quedarme sin trabajo, o abandonar y empezar de cero en una ciudad siempre envuelta en neblina.
¿Vosotros qué haríais?
¿Seguiríais caminando bajo esa sombra, o buscaríais otra vía bajo el sol madrileño?

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Trabajé durante siete años en la misma empresa: empecé como asistente y llegué a ser coordinador del departamento administrativo