Conocí a mi marido el día de su boda

Diario, 18 de marzo

Cuando una compañera del trabajo me invitó a su boda, apenas llevaba algo más de cuatro meses en la editorial. La verdad es que desde el primer día congenié con esta chica, Lucía Gutiérrez, y nació entre nosotros una buena amistad. No conocía de nada a su prometido, pero aun así acepté la invitación, en parte porque tenía muchas ganas de estrenar mi vestido nuevo.

Además de mí, también asistieron algunos de nuestros compañeros de la editorial. Llegamos un poco tarde aquel día, cuando ya todos los invitados estaban sentados en sus mesas del salón. Entramos casi de puntillas para no llamar la atención.

La boda era por todo lo alto, con más de cien invitados, el salón alegremente decorado y las mesas repletas de deliciosas viandas típicas: jamón ibérico, tortilla, croquetas Sin embargo, nada de aquello me emocionó tanto como el momento en que vi por primera vez al novio. Fue como si me hubieran dado un golpe en el pecho que me dejó sin aire: fue un flechazo en toda regla. Para mi sorpresa, esa chispa era mutua. Toda la velada la pasé como en una nube, los mofletes encendidos, el corazón latiendo a mil por hora y sin poder probar bocado.

La situación me resultaba tan insostenible que me inventé una excusa y decidí marcharme temprano a casa. Sentía que tenía que estar solo y aclarar mi cabeza. Al día siguiente, al salir del trabajo, allí estaba él, esperándome en la puerta principal. Su mujer estaba de vacaciones, así que no trabajaba esos días.

Se acercó sin decir palabra, me tomó la mano y me llevó hasta su coche. El nerviosismo flotaba en el ambiente, pero no tardamos en dejarnos llevar por la pasión y empezamos a besarnos. Aquella tarde se pasó volando entre conversaciones interminables y besos. Cuando quise darme cuenta, terminamos en mi piso y lo demás vino rodado. Me prometió que se divorciaría de Lucía y que comenzaría una vida a mi lado, y cumplió su palabra: fue a su antiguo hogar, habló con ella, recogió sus cosas y regresó conmigo. Jamás quise preguntar de qué hablaron en aquella conversación decisiva.

Poco después, nos casamos y, con el tiempo, conseguimos nuestro propio piso en el centro de Madrid. Llevamos más de tres años juntos desde entonces y, por supuesto, dejé el trabajo nada más empezar nuestra relación. No quiero ni imaginar las habladurías y reproches que tuvieron que llover sobre mí: Lucía llevaba años en la editorial y yo era la nueva. Todo el mundo se puso de su parte y a mí no me extraña, supongo que muchos me juzgaron. Desde entonces, no he vuelto a saber nada de mi excompañera, ya que mi marido y yo preferimos no hablar del pasado.

Eso sí: decidimos empezar de cero y construir nuestro propio camino. Ahora puedo decir que me siento verdaderamente feliz. Muchos nos auguraban pocos años de matrimonio, pero aquí estamos, más unidos que nunca y disfrutando de cada día juntos. De todo esto he aprendido que, por más difícil que parezca, uno debe luchar por su propia felicidad.

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Conocí a mi marido el día de su boda