SOY MI PROPIO REGALO
Carmen Fernández una mujer atractiva de unos cincuenta años, con ojos azules y melena castaña, de curvas generosas y cierto toque de voluptuosidad, se encontraba de pie frente al ventanal de una suite de lujo en un hotel cinco estrellas de Marbella. Saboreaba un licor de avellanas y pensaba, con algo de ironía:
«Mírame Divorciada de mediana edad, sola, en un hotel pensado para enamorados. Por lo menos es una suite y no uno de esos hostales con vistas al parking; si no, ya sería el colmo del ridículo».
Para Carmen, la chispa de lo romántico se había apagado hacía como veinte años, desaparecida entre portazos y el turbulento paso de sus hijos por la adolescencia. Algunos hombres se cruzaron por su vida en estos años, pero todo acababa en decepciones, rayando la depresión. Decidió que las relaciones no eran su terreno.
Hasta que apareció Él: un caballero virtual. Sus mensajes hacían que le ardiesen las mejillas y se le pusiese recta la espalda de puro rubor. Le daban ganas de imprimirlos y colgarlos en la nevera, para releerlos y acordarse de no asaltar el frigorífico. A veces, Carmen se preguntaba si su admirador frecuentaba tertulias literarias o simplemente tenía demasiado tiempo libre.
Volvió a sentirse Carmencita. Compró un vestido que provocó que sus compañeras murmuraran de pura envidia, un sujetador tan caro como un billete a Tenerife y hasta se apuntó al gimnasio. Hacía sentadillas con la seriedad de quien se juega el destino del mundo.
«Si mañana muero por hacer tantas sentadillas, por favor, enterradme con este vestido. Que mi ex se revuelva de rabia», bromeaba en tono sarcástico con sus amigas.
La cita llegó. Salió bien. Los detalles, mejor guardarlos para ella. Basta decir que aquel espejo le devolvió a una Carmencita más joven y radiante.
Pero la segunda cita nunca ocurrió. Escogieron para el encuentro un encantador pueblo costero andaluz, para ponerle un punto de romanticismo. Carmen planeó cada detalle, se ilusionaba, pero a él le dio una subida de tensión a última hora. Así, acabó sola, en el hotel, en una ciudad ajena. Esas emociones, parece, no salen gratis. El destino le guiñaba un ojo y le decía: «Niña, no te pases de lista».
Se sentó junto a la ventana con su copa, intentando ser racional:
«Bueno, ¿y qué más da? ¿Cómo se lo contaré a mis nietos? Abuela, ¿cómo volviste a tener una segunda juventud? Esperaba a un tipo con pastillas para la tensión en el parking de un aeropuerto. ¡Eso sí es romanticismo!»
Al día siguiente se fue al spa y tomó la firme decisión: «Ya está bien, chiquilla, ahora el único homenaje me lo voy a hacer yo. Voy a vivirlo a tope». En el spa le aseguraron que su piel brillaba. Carmen se miró al espejo y pensó: sí, brilla, pero más por el aceite que por la juventud.
La visita guiada por la ciudad fue deliciosa. El guía, alto, de cabellos plateados y voz de terciopelo, tenía embelesado a todo el grupo. Una señora mayor, enfundada en chándal, charloteaba sin parar, pero Carmen sólo podía escucharle a él. Cuando el guía hablaba de las batallas medievales, Carmen reflexionaba sobre cuántos siglos llevan los hombres luchando por ciudades y las mujeres, por su sitio en el mundo. El equilibrio, al final, sigue intacto.
Tienes que probar la tarta de Santiago aconsejó el guía, llevándolos a la mejor pastelería, mirándola intensamente a los ojos.
La tarta era divina. Carmen pensó que era para enamorarse; aunque, se dijo, de la tarta de almendra podía fiarse siempre, no como de los hombres.
Siguió con una sesión de compras: un colgante de ámbar y un vestido turquesa que le realzaba tanto el pecho que ella misma se guiñó un ojo en el probador. Era tan atrevido que ni siquiera estaba segura de atreverse a ponérselo, pero eso, claro, no la detuvo.
En el avión, mirando por la ventanilla, suspiró: la ciudad se desdibujaba, y con ella, se iban los últimos rastros de los sueños románticos.
Bueno quizá se reencuentren, o quizá no. Lo cierto es que la vida, por suerte, no termina aquí.
Por delante le esperaban nuevas prendas en el armario, un par de vacaciones más y, seguramente, alguna tarta extra de Santiago. Con o sin compañía masculina.
«Y si es sin, pues me la tomaré con una bola de helado de vainilla», sonrió, y cerrando los ojos, se dejó llevar por el relax del regreso.






