Tengo cincuenta años y sigo viviendo con mis padres desde que me quedé embarazada. Mi hijo ya tiene veinte. Tengo un hermano y una hermana, ambos con sus propios hogares. Mi hermano mayor, Rodrigo Gómez, es abogado. Mi hermana pequeña, Carmen Gómez, está casada y vive con su marido en un piso al otro lado de Madrid. Desde hace años, gano lo suficiente para poder comprarme mi propia casa o incluso comprarle el piso a mi padre. Y sí, lo he intentado, pero al final, por un motivo u otro, nunca conseguimos cerrar los papeles necesarios. El único requisito que pongo, si finalmente compro la casa, es que siga a nombre de mi padre hasta el último de sus días, para que tenga la seguridad de que nunca le dejaré desprotegido. Pero esa decisión sigue aún en el aire.
Mi padre, don Joaquín, ya ha pasado los setenta. Siempre ha sido un hombre directo, a veces hasta brusco. No es que no quiera dar el paso, simplemente ya casi no puede hacer muchas de las cosas que antes hacía como le ocurre a todos cuando los años pesan. Hace ya cuatro que enviudó, y desde entonces convive con la ausencia de mi madre, con esa tristeza silenciosa que permanece en la casa.
Tanto mi hijo, Mateo, como yo trabajamos. Entre los dos cubrimos la mayor parte de los gastos del piso: luz, agua, comida del día a día. Mi padre aporta algo cuando cobra la pensión, pero se ha vuelto tremendamente ahorrador, incluso desconfiado. Rodrigo viene a verle media hora una vez cada seis meses. Carmen, que no trabaja, nos ayuda recibiendo un pequeño pago simbólico a cocinar y a quedarse con mi padre mientras Mateo y yo estamos fuera.
Mi padre, incluso si la comida está en la mesa, si no le servimos el plato, no come. Apenas hace nada en casa; de vez en cuando juega con mi perra, Lola, mira algún programa en la tele o duerme. Donde más energía pone es en vigilar que no falten las velas, ni en casa ni en el cementerio y, por supuesto, en mimar a Lola su “nieta” consentida, que suele acurrucarse en la cama a su lado cuando descansa.
A veces me quejo, sí, porque hay momentos en los que me toca asumir casi todos los gastos: facturas, compras, comida Pero enseguida recuerdo lo afortunada que soy de poder cuidar a mi padre, de hacerle compañía, preocuparme por él, de reírnos juntos y charlar, de ver cómo adora a mi hijo y a la perra. Él me lo dio todo desde que nací; ahora me corresponde a mí devolverle el mismo amor y entrega con los que siempre se ocupó de mí: mi tiempo, mi atención, mi ayuda económica y emocional.
Algunos amigos me animan a buscarme mi propio piso, pero yo no quiero y no lo haré. ¿Quién cuidaría de mi padre si le pasase algo de noche, o en cualquier momento? Me parte el alma imaginarlo solo, rodeado solo de recuerdos y de nostalgia, o que se caiga en la calle y nadie le atienda. A veces sale solo, sí, pero siempre sabemos dónde está, lo acompañamos al médico, por ejemplo. No podría vivir con esa culpa ni esa angustia, después de todo lo que él ha hecho por mí.
Sea como sea ahorrador, amargado, a veces enfadado, a ratos alegre, otras veces desbordado por la tristeza o el miedo él es mi padre. Gracias a él (y a mamá) soy quien soy.
¿Qué le dejaré a mi hijo cuando yo falte? Le dejaré la certeza de cómo trabajar, cómo luchar en esta vida, su educación, mi ejemplo (espero que el mejor posible), y quizás, si todo se arregla como deseo, la casa de mi padre; siempre bajo la condición que mencioné: mientras mi padre viva, él seguirá siendo el dueño, aunque yo sea quien la pague.







