Valeria fregaba los platos en la cocina cuando entró Iván. Antes de hacerlo, apagó la luz. — Todaví…

Querido diario,

Hoy he sentido el peso de estos años sobre mis hombros. Estaba fregando los platos en la cocina del piso de la madre de Iván, en Vallecas, cuando él entró y apagó la luz. Todavía hay suficiente claridad, no hay por qué derrochar electricidad, murmuró con el ceño fruncido. Le respondí que iba a poner una lavadora. La pones por la noche, cuando la luz es más barata. Y no pongas el grifo tan fuerte, Inés, me reprendió. Gastamos demasiada agua, no lo puedes negar. ¿No eres consciente de que tiras nuestros euros por el desagüe cada vez que abres el grifo así?

Iván bajó la presión del agua, resignado. Me senté a la mesa, con las manos mojadas aún, sintiendo ese agotamiento que solo entiende quien ha dejado de esperar. Apagué el grifo y lo miré fijamente. ¿Alguna vez te has observado desde fuera?, le dije.

Todos los días, contestó él, con esa amargura suya tan castiza.

¿Y qué opinas de ti? No como persona. Como marido y como padre, insistí.

Un marido normal. Un padre normal. Como tantos otros. ¿Por qué insistes?

¿De verdad crees que todos los hombres y padres son como tú?, suspiré.

¿Quieres discutir? preguntó apretando los labios.

Sabía que había abierto una puerta sin retorno y que debía seguir hasta el final. ¿Sabes por qué no te has ido aún de mi lado, Iván?

¿Y por qué habría de irme?, esbozó una falsa sonrisa.

Porque no me amas, ni te importan nuestros hijos, le dije. No trates de negarlo. No amas a nadie. Y no quiero perder tiempo discutiendo sobre eso. Quiero hablar de otra cosa: de por qué no te has marchado.

¿Y por qué?, preguntó casi con curiosidad.

Por pura tacañería. Porque eres tan agarrado, Iván, que separarte de mí supondría para ti una auténtica ruina económica. Llevo quince años a tu lado. ¿Qué hemos conseguido en este tiempo, aparte de casarnos y tener hijos? ¿Recuerdas algún viaje, alguna escapada a la playa en España, algún verano fuera del barrio de Vallecas?

No todo está perdido, Inés. Nos queda toda una vida, me respondió, casi como un autómata.

No, Iván. Lo que nos queda es el resto, no una vida entera. En estos quince años, no hemos pisado la costa ni siquiera en Benidorm. Jamás hemos salido de la Comunidad de Madrid. Y no hablemos de viajes al extranjero. Todo porque siempre es demasiado caro.

Estamos ahorrando, dijo, con esa terquedad suya. Para nuestro futuro.

¿Estamos? ¿De verdad crees que yo ahorro contigo? ¿Para mí y nuestros hijos? Pero si llevo quince años usando la misma ropa con la que me casé, y todo lo que tiene nuestros hijos son heredados de sus primos. Yo también visto lo que me da tu cuñada, la mujer de tu hermano mayor. ¿Eso es para nuestro bien? ¿Y si quiero mudarme? Estoy harta de vivir en casa de tu madre.

Mi madre nos dejó dos habitaciones, deberías estar agradecida. Y la ropa, con los niños creciendo lo rápido que crecen, es una tontería gastar en cosas nuevas. Mejor que aprovechen lo que otros dejaron, contestó. Y tú, ¿para quién te quieres arreglar? A tu edad, con dos hijos, deberías tener otras prioridades.

Me mordí los labios. ¿Y cuáles deberían ser mis prioridades?

Pensar en el sentido de la vida. Subir a un plano superior, como persona, como madre. Superar la preocupación por las cosas materiales.

Ya entiendo, le dije, respirando hondo. Por eso tú controlas todo el dinero y aquí nadie ve un euro. Para que crezcamos espiritualmente, ¿verdad?

Porque a vosotros no se os puede confiar nada. Gastaríais todo en tonterías. Y si un día nos falta, ¿de qué vamos a vivir entonces?

¿Y cuándo llega ese por si acaso, Iván? Porque, la verdad, da la sensación de que ya vivimos como si lo peor hubiera pasado. Ni jabón de marca decente, ni papel higiénico bueno ni servilletas. Hasta los jabones del baño los traes de la fábrica.

De granito en granito se ahorra una fortuna, sentenció con su sequedad habitual.

Al menos, dime cuánto tiempo más tendremos que vivir así, sin vacaciones, sin gastar apenas. ¿Diez años? ¿Quince? ¿Veinte? ¿Cuando cumpla cuarenta podré comprar algo bonito, podré tener un baño con papel suave?

Silencio.

¿O espero a los cincuenta?, insistí. ¿Tendré que esperar a los sesenta, cuando ya no nos quede nada que estrenar y todo lo bueno sea un recuerdo que ni siquiera tengo? ¿No te das cuenta, Iván, de que igual no llegamos a los sesenta? Comemos fatal por ahorrar, deprimidos, y eso también mata poco a poco.

Si nos independizáramos, no podríamos ahorrar tanto, murmuró él, impasible.

No lo haríamos, tienes razón, asentí, fría. Por eso me voy de tu lado. Ya no quiero ahorrar. No quiero vivir para un futuro imaginario. Tú disfruta de tus ahorros, yo prefiero vivir el presente. Alquilo un piso para los niños y para mí con mi sueldo, que no es menor que el tuyo. Y me compraré la ropa que necesitemos y, más importante aún, podré usar la lavadora de día, encender la luz en la cocina sin remordimientos y gastar en servilletas y en el papel higiénico más suave del supermercado, sin mirar si están de oferta.

¡Pero no podrás ahorrar nada!, exclamó, espantado.

Quizás no, Iván. O quizás sí. A lo mejor hasta guardo tus pensiones de manutención para los niños, aunque lo más seguro es que no. Prefiero gastarlo todo. Y los fines de semana, los niños estarán contigo y tu madre. Imagínate cuánto ahorraré entonces. Yo aprovecharé para ir al teatro, a museos, quizás a comerme unas tapas en La Latina. Y en verano viajaré. Puede que a la Costa del Sol, quizás al norte ya lo decidiré, cuando me libere.

Noté cómo el miedo le nublaba la cara. No por mí, ni por los niños; por él mismo. Por la idea de perder todo lo que creía estar guardando.

A propósito, Iván, añadí, ahora más segura que nunca, ese dinero de la cuenta común, lo vamos a repartir a partes iguales. Lo voy a gastar también, sí, todo lo reunido en estos quince años. No voy a ahorrar para la vida, Iván. Voy a empezar a vivirla.

Él apenas podía articular palabra, petrificado ante mi decisión.

No sabes cuál es mi verdadero sueño, Iván, le confesé antes de irme. Que el día en que me toque irme para siempre, mi cuenta esté a cero. Así, sabré que todo lo que tuve, lo gasté en mí y en vivir.

A los dos meses firmamos los papeles del divorcio.

Rate article
MagistrUm
Valeria fregaba los platos en la cocina cuando entró Iván. Antes de hacerlo, apagó la luz. — Todaví…