¡Cómo se atreve! ¡Sin pedir permiso! ¡Sin consultar nada! ¿Pero en qué cabeza cabe venir a la casa de otro y hacer de dueña y señora? ¡Qué falta de respeto! Madre mía, ¿qué he hecho yo para merecer esto? Toda la vida cuidando de ella, ¡y así me lo agradece! ¡Es que ni siquiera me considera como persona! Me detuve para limpiarme las lágrimas que ya asomaban. Ahora resulta que no le gusta mi vida… ¡Que se mirara la suya! Encerrada en ese piso diminuto de Vallecas, creyéndose que ha encontrado la felicidad. Ni marido en condiciones, ni trabajo decente: eso de trabajar desde casa que ni entiendo. ¿De qué vive esa chica? ¡Y encima pretende darme lecciones! ¡Si yo ya he olvidado cosas que ella ni se imagina!
Ese último pensamiento me hizo levantarme bruscamente del sillón. Fui a la cocina, puse agua a hervir y me acerqué a la ventana.
Mientras observaba el perfil del Madrid navideño, con sus luces festivas brillando por toda la Castellana, me eché a llorar de nuevo:
Todo el mundo preparando la Nochevieja… y yo, aquí, sin nada que celebrar. Sola, más sola que la una…
No me di ni cuenta cuándo el silbido de la tetera llenó la cocina. Estaba sumida en los recuerdos…
Yo tenía veinte años cuando mi madre, con cuarenta y cinco, decidió traer otro hijo al mundo.
La verdad, no entendía ese capricho suyo.
No quiero que te quedes sola en la vida decía mamá, explicándome su decisión. Es maravilloso tener una hermana, ya lo verás. Lo entenderás más adelante.
Lo entiendo perfectamente le respondí sin mucho interés, pero que quede claro: yo con la niña no me voy a liar. ¡Bastante tengo con mi vida!
Ahora tu vida ya no es solo tuya me sonrió mi madre con dulzura.
Sus palabras fueron premonitorias. A los tres años de nacer Lucía, mi madre falleció.
Mi padre ya había muerto antes.
Toda la responsabilidad de la pequeña recayó sobre mí, que de pronto me encontré ejerciendo de madre y hermana a la vez. Durante muchos años, Lucía me llamó mamá sin darse cuenta.
Y así, nunca llegué a casarme. No era por culpa de Lucía; simplemente, nunca apareció ese hombre capaz de conquistarme de verdad. Tampoco es que tuviera muchas oportunidades: casa, trabajo, mi hermana, otra vez casa, trabajo, mi hermana…
Crecí de golpe tras la muerte de mis padres y dediqué mi vida entera a Lucía: la crié, la eduqué.
Ahora Lucía ya es una mujer. Vive sola en Chamberí, organizando su boda con Jorge.
Viene mucho a verme: somos muy unidas, aunque nos llevemos una década y seamos tan distintas.
Yo, por ejemplo, soy más bien de guardar todo. Mi piso en Tetuán parece un almacén de trastos: si buscas bien, todavía encuentras la bata que usaba cuando era delgada, hará cosa de diez años. O recibos de la luz en pesetas de cuando empezaba el milenio.
En la cocina tengo más de una taza con el filo roto, cazuelas de esmalte desconchadas, sartenes ya sin mango… Hace siglos que no las uso, pero no las tiro. Me da pena, por si acaso.
Tampoco he reformado nunca el piso, ni siquiera para hacer un lavado de cara. Y no es que no tenga euros ahorrados, es que los papeles pintados todavía aguantan. Así he vivido: ahorrando por Lucía y renunciando a mi propio bienestar.
Lucía es lo contrario: risueña, decidida. Su piso está despejado, solo lo imprescindible.
Ella misma se puso la norma: Si algo no lo usas en un año, fuera con ello.
Por eso su casa es luminosa, respira vida, se siente ligera.
Cuántas veces me habrá dicho:
Venga, Carmen, vamos a renovar tu casa. De paso hacemos limpieza, que las cosas te van a acabar echando a ti.
Yo no pienso tirar nada, ni hacer reforma alguna contestaba yo, más testaruda que nunca.
¿Pero cómo que no? ¡Si cuando entras parece un almacén! ¡Esos papeles ya piden auxilio! Y no imaginas la energía que se va acumulando en tanto cacharro… ¡Así es fácil acabar enferma! insistía ella.
Pero yo, una vez más, me negaba en redondo.
Y entonces, Lucía se empeñó en cambiarlo todo a su manera. Una sorpresa. Escogió el recibidor, que estaba menos cargado y sería más sencillo.
Una semana antes de Nochevieja, aprovechando que yo tenía guardia de 24 horas en el ambulatorio, Lucía y Jorge vinieron con sus llaves, quitaron el papel viejo y empapelaron las paredes con uno verde claro de dibujo dorado.
Colocaron todo de nuevo, temiendo mover mis pertenencias, y se marcharon.
Yo, sin saber nada, llegué y… ¡me salí otra vez al descansillo! Pensé que me había equivocado de piso.
Miré la puerta: era la mía…
Entré de nuevo.
Y lo supe enseguida.
¡Lucía!
¿¡Qué derecho tenía para hacer esto!?
La llamé y le canté las cuarenta, colgándole sin esperar respuesta.
A la media hora vino ella.
¿Quién te dio permiso? la recibí, fría como el hielo.
Carmen, quería darte una sorpresa intentó justificarse. Mira qué bonito ha quedado: limpio, luminoso, se respira otra alegría.
¡No vuelvas a adueñarte de mi casa! yo no paraba de soltar reproches.
Palabras duras, sin filtro, llovieron sobre Lucía.
Hasta que no pudo más.
Ya está. Quédate con tu desastre, vive como quieras. Pero yo aquí no piso más.
¿Te duele tanto la verdad? ¿Por eso huyes?
Solo me das pena me dijo bajito, y se marchó.
Llevaba una semana sin llamar. Jamás habíamos estado tanto tiempo así de enfadadas. Y encima, Nochevieja encima. ¿De verdad íbamos a recibir el año cada una por su lado?
Salí al recibidor, me senté en el banquito.
La verdad, sí que es más amplio ahora, pensé, y me imaginé a Lucía y Jorge midiendo, pegando sin una arruga, esforzándose para que me gustara… ¿Por qué he sido así? Ahora es mucho mejor. Más luz, y algo me alegra el corazón. ¿Y si tenía razón mi hermana?
El teléfono sonó de pronto…
Carmen… escuché la voz de Lucía, sollozando al otro lado, perdóname. No quise hacerte daño. Al contrario: quería verte feliz…
Nada, hija mía, ni estoy enfadada ni hay nada que perdonar se me rompió la voz también, de tanta emoción. Tienes razón, los papeles son preciosos. Y después de fiestas, te dejo que me ayudes a poner orden. Si quieres, claro.
¡Por supuesto! ¡Si me hace ilusión! ¿Y esta noche? Es Nochevieja… No quiero estar sin ti.
Yo tampoco…
Pues prepárate, que en mi casa está ya todo listo: el abeto, las luces, las velas, como te gusta. Nada de agobio, que todo está cocinado. No quiero que salgas como loca a comprar nada. Creía de verdad que volveríamos a estar juntas para celebrar el año nuevo. Prepara una bolsa, sin prisa. Jorge pasa a recogerte.
Volví a mirar por la ventana. Ahora Madrid brillaba distinto, lleno de esperanza.
Miraba y pensaba: Gracias, mamá… por darme a mi hermana.






