¡Ya no puedo más contigo!… Que si como mal…, que si visto fatal…, ¡vamos, que todo lo hago del revés…

¡Qué harta me tienes! … Ni comes como Dios manda…, ni te vistes como una persona decente…, y, en fin, ¡nada haces bien! la voz de Pablo se quebró en un grito.
¡Pero si tú no vales para nada! … Ni sabes ganar pesetas en condiciones… ¡Nunca ayudas en casa! sollozó Carmen, …y tampoco hay hijos… añadió queda y dolorosamente.

Pelusa, una gata blanca y canela, ya con sus diez años, se había encaramado sobre el armario, desde donde observaba en silencio otra de aquellas tragedias familiares. Ella sabía, con esa certeza que sólo les pertenece a los animales, que papá y mamá se amaban de verdad… Por eso no lograba captar por qué se decían palabras tan amargas, de esas que duelen a todos en casa.

Mamá, aún llorando, se encerró en la habitación y papá comenzó a fumar un cigarro tras otro en la terraza.

Pelusa, viendo cómo su familia se deshacía ante sus ojos, se puso a pensar: Hace falta que en esta casa vuelva la felicidad… Y la felicidad son los niños… De algún sitio habrá que traer niños…

Ella misma no podía tener crías, pues hacía años que la habían esterilizado, y mamá… los médicos decían que sí, pero por una extraña razón nunca llegaba el deseado embarazo…

A la mañana siguiente, en cuanto los padres se marcharon a trabajar, Pelusa, por primera vez en su vida, saltó por la ventana del patio interior para visitar a su vecina, Zarpa, con la intención de pedir consejo.

¿Y para qué queréis niños?, bufó Zarpa, ahí tienes a los míos, y yo siempre ando buscándome un rincón para escaparme de ellos…, que si te llenan la cara de carmín, que si te estrujan tanto que no puedes ni respirar…

Pelusa suspiró: Nosotros queremos niños buenos… sólo que no sé dónde conseguirlos…

Pues mira, ahí en la calle, la Gata Trini ha tenido camada… cinco mininos de distintos colores…, dijo Zarpa reflexionando, ya puedes elegir…

Pelusa, arriesgándose, se deslizó de balcón en balcón hasta bajar a la calle. Con el corazón nervioso, se coló por entre las rejas de la ventana del sótano y llamó con cautela:

Trini, ¿puedes salir un minuto, por favor…?

Desde el fondo del sótano se oía un desesperado chillido.

Pelusa, avanzando con precaución y mirando en todas direcciones, se deslizó hasta los quejidos agudos. Bajo el radiador, sobre un puñado de piedrecillas, se acurrucaban cinco gatitos ciegos, de todos los colores, buscando en el aire, llamando a su madre a gritos. Pelusa olió uno a uno: claramente, Trini llevaba al menos tres días sin aparecer, y los pequeños no habían probado bocado…

Conmovida hasta casi llorar, pero con resolución, Pelusa trasladó uno por uno a los gatitos hasta la entrada del portal. Mientras trataba de mantener el inquieto y hambriento grupo junto a ella, se tumbó al lado con ojos ansiosos hacia el patio, esperando a que papá y mamá regresaran.

Pablo, que había recogido a Carmen del trabajo sin decir palabra, llegó junto a ella a casa. Al acercarse al portal, quedaron asombrados: en el escalón estaba su Pelusa, (cabe decir que jamás había salido sola a la calle), y cinco cachorritos multicolores intentaban mamar de ella maullando.

¿Pero esto qué es? balbució Pablo.
Es un milagro… murmuró Carmen, y abrazando a la gata y los mininos, corrieron escaleras arriba.

Ya en casa, contemplando a la abnegada Pelusa en una caja con los pequeños, Pablo preguntó:
Y ahora, ¿qué hacemos con ellos?
Les daré biberón…, cuando crezcan, los daremos en adopción…, avisaré a mis amigas…, respondió Carmen en voz baja.

Tres meses más tarde, Carmen, aún sin creerse lo ocurrido, sentada acariciando a su manada felina, repetía una y otra vez mirando al vacío: Esto no puede ser, no puede ser…

Pero después se echaban a llorar de alegría los dos, Pablo la alzaba en brazos y no paraban de hablar y reír:
¡No fue en vano terminar la casa!
Sí, a los niños les vendrá bien el aire del campo…
¡Y que corran también los gatitos por el jardín!
¡Aquí cabremos todos!
¡Te quiero!
¡Y yo a ti más todavía!

La sabia Pelusa enjugó una lágrima: la vida, despacio, comenzaba a arreglarsePelusa, acurrucada junto a los mininos, ronroneaba con fuerza, como celebrando su pequeño y propio milagro familiar. A veces los humanos se asomaban a la cajita donde reposaban sus adoptados retoños, y Pelusa sentía que en sus miradas volvía algo cálido, una antigua alegría compartida. Había logrado algo inesperado: no sólo traer niños a la casa, sino encender otra vez la esperanza.

Las tardes, llenas de revoloteos y carreras de colas esponjosas por el pasillo, se convirtieron en risa y juegos, y la ternura se esparcía como motas de polvo al sol. Pablo y Carmen aprendieron a preparar biberones con manos torpes, reían cuando los revoltosos se trepaban a la cama, y, poco a poco, los días grises fueron cediendo casi sin darse cuenta ante la promesa de un futuro distinto.

Y así, una noche, mientras afuera llovía y dentro dormían todos abrazados, Pelusa abrió los ojos al sentir que, entre sueños, Carmen murmuraba: Gracias, pequeña… nos devolviste la familia.

Pelusa ronroneó suavemente, segura de que, al fin, la felicidad había regresado a su hogar. Y con el corazón ligero, se quedó dormida, soñando con un jardín lleno de pequeños y grandes corriendo juntos bajo un sol sin fin.

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MagistrUm
¡Ya no puedo más contigo!… Que si como mal…, que si visto fatal…, ¡vamos, que todo lo hago del revés…