¡Sonia, por favor, llévatela! ¡No puedo más! ¡Hasta me da cosa tocarla!
Rosa estaba temblando. La niña lloraba desconsolada en sus brazos.
Sonia cogió a su sobrina y asintió.
Vale. Pero esto es decisión tuya, ¿luego no me pongas pegas?
No, ¿qué pegas ni qué pegas? ¡Llévatela, no la quiero!
La pequeña había nacido hacía solo un mes. Desde el principio del embarazo, Rosa no parecía estar bien. Sonia lo achacaba al final del embarazo, que cualquier cosa puede ser, ya sabes. Rosa llevaba más de siete años viuda. Sus hijos mayores ya eran adultos y vivían fuera. Un viaje relámpago a la costa, un par de días de locura y aquel embarazo inesperado les pilló a todos por sorpresa. Rosa no era nada de hacer locuras, por eso primero parecía contenta. Pero después Sonia empezó a notar esos cambios: de repente le entraban ansias por comprarle ropita a la niña, buscar carrito, y a la semana siguiente no podías sacarle palabra, como si se hubiera encerrado en sí misma.
Ya justo antes de dar a luz, Rosa dejó de contestar llamadas. Ni a la madre, ni a la hermana, ni siquiera a sus hijos. Sonia sospechó y fue al hospital, donde pilló a Rosa a punto de firmar el abandono de la niña.
Rosa, ¿pero qué haces? ¿Estás loca?
No lo sé, Sonia, no siento nada. Es como si fuera de otra persona.
¡Pero cómo va a ser de otra persona! ¡Es tu hija!
Pues no la siento mía, Rosa se giró.
Sonia tiró de lo más fuerte: se trajo a su madre de Burgos. Rosa, sin mucha convicción, aceptó quedarse con la niña. Su madre la convenció para que Rosa se fuera a vivir con ella una temporada, con la excusa de ayudarle los primeros días. Pero la verdad era para tenerla entre algodones. Rosa cuidaba a la niña por rutina, sin arrimarse más de lo justo y necesario. El nombre se lo puso la abuela, y los brazos que la acunaban fueron los de su tía.
Rosa, me la llevo. Me voy a encargar yo, pero dentro de poco ¿a quién va a llamar mamá?
Me da igual. Siempre que no sea a mí.
En una semana arreglaron todo el papeleo y Sonia fue oficialmente la tutora de su sobrina. Rosa se marchó a Sevilla.
La pequeña Inés era un terremoto y siempre risueña. Habló pronto, y también echó a andar antes de lo esperado. Era Sonia a quien llamaba mamá.
Pasaron doce años.
Mamá, que hoy me han puesto tres sobresalientes, y mañana vamos al cine con la clase gritó la niña nada más entrar por la puerta.
¿Es ella?
Sí, Rosa. Solo te pido
Buenas tardes, soy Inés. ¿Y usted?
En la puerta de la cocina estaba una chica alta, con unos ojazos que iban de la mujer sentada a la mesa a la madre que estaba blanca frente a la ventana.
Yo soy Rosa. Soy tu madre, Inés.
¡Te lo pedí! Sonia, enfadada, miró a su hermana y fue a acercarse a la niña. Inés, cariño, te lo explico
No hace falta, mamá. Vamos a escucharla. Entonces, usted dice que es mi madre. ¿Y qué?
He venido a por ti. Quiero que vengas a vivir conmigo.
¿Para qué?
Porque eres mi hija.
No, no lo soy. Yo solo tengo una madre, la que tengo aquí, y no necesito otra. Y sinceramente, espero no volver a verla nunca más. Inés se dio la vuelta y salió de la cocina.
Sonia se dejó caer en la silla, sin fuerzas.
¿Ves a lo que has llegado?
De momento, a nada. Pero lo voy a conseguir, créeme. Si hace falta, por vía judicial.
¿Pero para qué ahora, Rosa? Si tú misma la entregaste, no la quisiste ver. Nadie entendió nunca por qué. Y ahora, después de tanto tiempo, ¿vienes y pretendes que se lance a tus brazos? Perdóname, pero lo mejor será que te vayas un rato con mamá y luego hablamos. Yo quiero estar con mi hija.
¡Con mi sobrina! replicó Rosa, levantándose.
Sonia solo suspiró. Cerró la puerta y fue al cuarto de Inés.
Inés, cielo
Espera, mamá. Antes de que digas nada, quiero contarte algo. Ya sé todo. Hace un año, ¿te acuerdas que hicimos limpieza en casa de la abuela? Encontré los papeles de la tutela. Al principio me enfadé muchísimo porque no me habíais contado nada, luego pensé en buscarla para preguntarle ¿por qué?. Pero después, me di cuenta que no lo necesito. Tú eres mi madre. No quiero otra.
Inés, cariño, no te voy a soltar jamás.
Ni te lo permitiría rió Inés. ¿Te acuerdas de mi compañero Mateo? Llama a su madre, que es abogada de familia.
Mira, hija, tampoco corras tanto en hacerte adulta. Todo lo resuelve ella. Yo sigo siendo la madre, ¿eh? Sonia rio también y abrazó a la niña. Llamaremos, claro, todo se arreglará.
Después vino el follón de abogados y juzgados, pero al final, todo se quedó como estaba. El juez tuvo en cuenta lo que Inés sentía, y ella no quiso por nada vivir con su madre biológica ni reconocerla.
Las dos hermanas salieron juntas del juzgado.
Por fin, parece que esto se ha acabado suspiró Sonia. ¿Y ahora, qué harás?
Me iré, Sonia. No quiero molestar. Ayudaré, no digas que no. A Inés le he abierto una cuenta hace tiempo, los papeles los tiene mamá. Todo para ella.
¿Pero por qué todo esto, Rosa? ¿Y por qué la abandonaste?
No fue por un romance, Sonia, ni siquiera algo bonito. Fue una noche en el Retiro, ya tarde.
Sonia se quedó sin palabras.
¿Y te lo has callado todos estos años?
No se podía arreglar. Por eso callé. Al principio ni sospechaba el embarazo, pensé que sería la menopausia y después ya era tarde. No le cuentes nada a Inés. Ese no es su problema. Es mío. Igual algún día me perdona.
Sonia abrazó a su hermana y las dos miraron hacia donde estaban abuela e Inés, cogidas de la mano.
A veces de lo peor acaba saliendo algo precioso. ¡Qué bonita es! Las lágrimas se le escapaban a Rosa y, por primera vez en muchos años, Sonia vio a su hermana sonreír.




